sábado, 14 de mayo de 2016

En el piso de abajo

El Sr. Castro se había levantado temprano esa mañana para ir al banco, había retirado una cantidad bastante grande de plata para pagar el alquiler del departamento en el que vivía y ahora se dirigía a la inmobiliaria. Llevaba algunos días de retraso en el pago, por lo que la urgencia de desembarazarse de ella era cada vez mayor. Unos días antes, lo habían llamado para avisarle que estaba demorado y que lo estarían esperando ese día para concretar el asunto.

Le disgustaba enormemente andar con tal cantidad por la calle, cualquiera podía intentar arrebatarle la maleta sin que pudiera hacer nada, o podría justo ser ese día, el día de pago, el que eligiera algún delincuente para implicarlo en un asalto. En esas desventuras se entretenía pensando de camino al lugar cada vez que alguien se le cruzaba o que pasaba delante de algún local, y trataba de combinar su estado de permanente alerta con una actitud de forzada naturalidad.

Tranquilamente, pensaba, podría efectuar el pago en cómodas cuotas, -cómodas para él, por supuesto-, de ese modo no andaría cargando demasiado dinero y así podría juntar con tiempo la suma. Sin embargo, era consciente de que no era así como se manejaban las cosas en ese rubro, de modo que lo único que podía hacer era lamentarse de haber alquilado en una zona tan cara sólo para poder estar cerca del trabajo.

Cuando llegó a la inmobiliaria, corroboró como siempre el número del edificio al cual estaba entrando, ya que por esa zona de oficinas todos los edificios eran parecidos; lo mismo hizo con la placa del portero, donde indicaba en qué piso atendía quién. Todas estas medidas tenían la función de evitarle la vergüenza –cosa que odiaba pasar- de llamar por error a otro lugar.

Para llegar a la oficina, primero debía llamar del portero a la inmobiliaria para que lo dejaran entrar al edificio, luego, debía subir por un ascensor hasta el cuarto piso porque las escaleras estaban clausuradas, y finalmente, tenía que volver a llamar a otro portero, exclusivo de la oficina número uno, para poder realmente “haber llegado”. Este simple trámite le parecía agotador, pero había ido tantas veces que lo hacía de manera mecánica.

Esa mañana, el edificio estaba extrañamente concurrido, y justo cuando se dirigía a tocar el portero, encontró a un anciano bien vestido del otro lado de la reja que parecía tener problemas para abrirla y salir del lugar.

-Buenos días, señor. –Dijo Castro, siempre bien dispuesto a ayudar. -¿Tiene problemas con la reja?

-Buenos días, no consigo abrirla…

-A ver… toque de nuevo. –Al momento en que el anciano presionó la llave que quitaba el seguro a la puerta, el Sr. Castro empujó la reja y esta se abrió sin problemas. Castro creyó que el anciano había estado empujando en lugar de tirar, o bien, no tenía la suficiente fuerza para destrabar semejante puerta.

-Muchas gracias, ¿Qué tenía?

-Hay que empujar, es decir, desde adentro hay que tirar. No es nada, no es nada…

-Ahora usted puede entrar, nos vemos.

Castro se quedó allí parado pensando si lo correcto era cerrar nuevamente la puerta y llamar a la inmobiliaria para que ellos le abrieran o si, ya que el anciano le había dejado abierto, entrar directamente. Recordó que otras veces ya había estado en esa situación y no lo había pensado mucho y, en vista de lo último que el anciano le había dicho antes de irse, resolvió pasar de todos modos. Nada mejor que ahorrarse uno de los pasos del trámite.

Frente al ascensor, una mujer bajaba justo cuando a él le tocaba usarlo, ¡Qué conveniente! No tendría que llamarlo y esperarlo. La mujer balbuceo algunas palabras antes de irse, algo sobre dejar la puerta abierta…o no dejar la puerta del ascensor abierta… no lo sabía, la verdad era que ni siquiera le prestó atención a sus palabras, solo quería terminar con aquello rápido.

Presionó el número cuatro, y cuando el ascensor comenzó a andar, se dedicó a arreglarse el cuello de la camisa en el espejo que tenía la pared de atrás. Cuando terminó, se volvió para ver por dónde iba, pero no tenía idea, los pisos se veían todos iguales, tampoco había ninguna señalización, ningún número que indicara que piso era cada uno. Maldijo las malas construcciones argentinas, las cosas dejadas a medias. Finalmente, el ascensor se detuvo en un piso donde otra mujer ya lo estaba esperando, Castro no demoró en preguntar.

-¿Qué piso es este? ¿El cuarto?

-Sí -dijo la señora, entrando, y él se apresuró a salir, como si al entrar la mujer pudiese accionarse al instante el mecanismo y se viera arrastrado a acompañarla a la planta baja otra vez.

Una vez que salió, no se fijó mas en el ascensor, por fin había llegado a esa suerte de rellano-pasillo donde se veían solo dos puertas correspondientes a los departamentos uno y dos del cuarto piso. Llamó al portero del departamento uno y una voz de hombre le respondió:

-¿Sí?

-Soy Castro, vengo por el pago del alquiler.

-¿Quién?

-CASTRO. Vengo por el pago del alquiler. –Se había tenido que acercar más al auricular y esto le había irritado un poco. Pensó que había sido bastante claro la primera vez.

-En un momento lo atiendo.

Era la primera vez que le hacían esperar en la puerta, generalmente lo hacían pasar a un pequeño vestíbulo y le decían que esperara allí. Así que ¿Qué más podía hacer que mirar el lugar donde se encontraba?. Ya lo había visto otras tantas veces, estaba igual a la primera vez que había ido, sin embargo, le parecía que tenía algo raro, ¿La escalera no debía estar cerrada? Recordaba que había una reja que la cerraba, tal vez ya la habían abierto. Y la ventana… ¿Tenía un vidrio con diseño? Le parecía que no, no lo recordaba bien, pero estaba seguro de que había podido mirar hacia el exterior en su primera visita sin que el vidrio se lo dificultara.

Estaba por acercarse a la ventana cuando alguien abrió la puerta. Un hombre mayor –otro anciano, se podría decir –salió, le cedió el paso para que entrara y cerró la puerta tras de sí. El Sr. Castro lo miró irse hasta que una joven muchacha apareció por el otro extremo y le dijo:

-¿Viene a pagar el alquiler?

-Sí, señorita.

-Espere un momento, aquí.

Ahora sí era como lo usual. Se sentó un momento en los sillones de forro rojo oscuro y como no había nada con que entretenerse, se contentó con observar cada detalle del cuadro que tenía delante de él. La decoración de la habitación era muy simple, los cuadros retrataban naturaleza muerta y parecían dibujados por algún aprendiz de dibujo puesto que algunos objetos mostraban una perspectiva muy básica pero correcta y otros, como el florero donde sobresalía un ramo generoso, carecía completamente de ella. El dibujo era muy geométrico y plano. Recordó entonces que había otro cuadro con una técnica distinta en la pared tras de sí, uno más realista, mejor dibujado, pero cuando volteó a verlo, no lo encontró. Qué raro, pensó, ¿por qué motivo habría sido movido? Tal vez no lo recordaba bien y en realidad nunca había habido un cuadro allí. Se fijó mejor, pero no, no se equivocaba, ahí estaba el clavo con el cuadro ausente.

-Ahora podemos atenderlo. Pase, sientesé.

Castro pasó a la habitación contigua, una especie de cubículo improvisado con una división de madera que lo separaba de un pasillo y bloqueaba la visión a las otras habitaciones. Él sabía qué había del otro lado porque ya lo habían hecho pasar en otras visitas, cuando quien solía atenderlo no estaba disponible. La muchacha joven, para su sorpresa, se sentó en el escritorio frente a él. Ella lo atendería en esta ocasión. Podía sentir voces de hombres hablando en la otra habitación, así que pensó que el encargado de atenderlo estaría ocupado.

-¿Su nombre?

-Castro –repitió por tercera vez, un poco cansado de la situación. La muchacha lo buscó en la base de datos de la computadora.

-Sí, ¿Ernesto? –Asintió con la cabeza. –El importe es de tres mil dólares.

-¿Tres mil? ¿Está segura? Me parece que hace unos meses aumentó a tres mil quinientos…si no me equivoco.

La muchacha volvió a revisar las planillas de colores que figuraban en la pantalla, Castro trataba de espiar que decía, pero apenas distinguía los garabatos de las letras a la distancia que se encontraba.

-¡Ah! Es cierto, aquí está anotado el pago de las expensas. Tiene usted razón, muchas gracias por avisarme. –Ahora ella lo miraba realmente agradecida, quien sabe que le habrían dicho sus jefes si esa plata hubiese faltado. Castro se sintió orgulloso de sí mismo, infló su pecho para decir un “no es nada” que le restaba importancia a la situación, sabía que probablemente otro se hubiese aprovechado, ya que después de todo, quinientos dólares eran bastante plata, pero él tenía principios que respetar, él era eso, buena gente.

La muchacha se puso a completar el recibo y mientras tanto, el Sr. Castro sacó los billetes, los contó y los depositó en la mesa, frente a la chica, para que ella también pudiese contarlos cuando terminara. -Mire, -le dijo -he traído las últimas facturas de la luz y el gas, ¿podría anotarlas ahí, por favor?

La chica lo miró confusa, quizás no había entendido a que se refería él, trató de explicarle:

-Cuando traigo las facturas, ellos me anotan cuales son, ahí, en el recibo, para tener la constancia de que las dejé…

-¡Sí, sí, claro! Déjeme ver… -Recibió las facturas, pero cuando se disponía a anotarlo, aún hacía vagar la punta de la lapicera por la superficie de la hoja como si no supiera qué hacer. –Disculpe, es que soy nueva, voy a ir a preguntar cómo debe anotarse. –Se excusó, y salió del pequeño cubículo para dirigirse a las voces de los hombres que discutían del otro lado de la pared de madera. Durante un momento no se escuchó nada más, las voces cesaron por completo. Al cabo de un ratito, la chica volvió con las facturas ya anotadas en el recibo.

-Listo, ¿Ve? Lo he anotado aquí –le dijo señalándole un punto en el papel. Castro lo recibió contento de que ese papeleo terminara por fin.

-Muy bien. Hasta luego.

-¡Hasta luego! ¡Que tenga un buen día!

La muchacha había sido muy agradable y bastante cordial, pero a él lo único que le importaba era poder ir a ocuparse de otros asuntos. Salir del lugar fue de lo más sencillo, Ascensor, escalera, reja de salida. Esta vez, no había que pedir permiso a nadie, por lo que abandonó el lugar con bastante prisa.

Estaba feliz de poder salir de allí, ahora iría a su departamento tranquilo. Incluso, estaba tan contento de no sentir ya el peso de tanto dinero encima, que decidió hacer el camino de regreso a pie. Su mente era libre de ocuparse en cualquier cosa. Sin el estado de alerta permanente, cada persona que pasaba le parecía alguien agradable y no un potencial carterista.

Cuando por fin llegaba a su casa, y se disponía a relajarse, su teléfono celular comenzó a sonar. “¿Quién será en este momento?” pensó, considerando a quien sea que lo llamaba, una persona bastante inoportuna. Algunos nombres del trabajo le saltaron a la mente mientras buscaba el celular, sin embargo, le daba igual quien fuera mientras no resultara ser alguien de la agencia telefónica para proponerle alguna molesta promoción.

El número era desconocido pero por la característica, era de la zona. -¿Hola?

-Hola, ¿Ernesto Castro? Lo llamo de la inmobiliaria para notificarle que ha sobrepasado el límite de tolerancia para el pago del alquiler.

-¿Cómo dice? –Castro no lo creía –Acabo de pagarlo, recién vuelvo de su oficina. –Dijo, pensando que los de la inmobiliaria eran unos imbéciles por no estar enterados de lo que pasaba en sus oficinas.

-No señor, no lo hemos recibido hoy. Estoy muy segura. –La mujer que llamaba no sonaba para nada como la que lo había llamado la vez anterior, ni como la muchacha joven que lo había atendido.

-¡Pero si acá tengo el recibo! –Dijo, hurgando en sus bolsillos hasta dar con él –Mire, voy a llevarlo para que vean que efectivamente acabo de estar en su…

Castro miró sorprendido el recibo, tenía algo extraño, observó con más detenimiento la firma y la impresión: parecían una fotocopia. La chica que lo había atendido había escrito con una lapicera negra que se camuflaba con la tinta, pero que mirado con detenimientoalcanzaba a distinguirse de esta.

…¿Señor Castro? …-resonaba una vocecilla por el celular que colgaba en su mano.

Poco a poco, las cosas en las que se había fijado ese día pensándolas como algo normal, le volvían a la mente con un nuevo significado: las personas con las que se había topado antes de entrar a la oficina; el viejito que le había ahorrado la llamada al portero; la mujer que le había indicado el piso en el que se encontraba; la ventana que estaba diferente; el cuadro faltante; la muchacha nueva… Los pisos que eran todos iguales en un edificio que era igual a otros tantos.

Podía imaginarse víctima de algo mucho más grande que un simple robo exprés en la calle o incluso, un asalto a una tienda, esto era un crimen más organizado.

Tomó el celular y marcó el número que figuraba de “la otra inmobiliaria” en su registro de llamadas. Una grabación le pegó en la cara como cachetada “El numero solicitado no pertenece a un abonado en servicio”. Pensó en cuánto había demorado en llegar a su casa y si ese tiempo sería suficiente para que aquellos otros desbarajustaran todo su teatrito.

Sintiéndose impotente, volvió a mirar el papelucho que sostenía arrugado en la mano. Vio que la suma del importe había sido anotada con más presión que el resto de las palabras en el recibo y recordó la simpatía y efusividad con la que la muchacha se había despedido de él, con esa sonrisa tan agradecida…

-¡QUÉ HIJA DE P…!



Mayo.2016
R. M. L. Avena