El
Sr. Castro se había levantado temprano esa mañana para ir al banco, había
retirado una cantidad bastante grande de plata para pagar el alquiler del
departamento en el que vivía y ahora se dirigía a la inmobiliaria. Llevaba
algunos días de retraso en el pago, por lo que la urgencia de desembarazarse de
ella era cada vez mayor. Unos días antes, lo habían llamado para avisarle que
estaba demorado y que lo estarían esperando ese día para concretar el asunto.
Le
disgustaba enormemente andar con tal cantidad por la calle, cualquiera podía
intentar arrebatarle la maleta sin que pudiera hacer nada, o podría justo ser
ese día, el día de pago, el que eligiera algún delincuente para implicarlo en
un asalto. En esas desventuras se entretenía pensando de camino al lugar cada
vez que alguien se le cruzaba o que pasaba delante de algún local, y trataba de
combinar su estado de permanente alerta con una actitud de forzada naturalidad.
Tranquilamente,
pensaba, podría efectuar el pago en cómodas cuotas, -cómodas para él, por
supuesto-, de ese modo no andaría cargando demasiado dinero y así podría juntar
con tiempo la suma. Sin embargo, era consciente de que no era así como se manejaban
las cosas en ese rubro, de modo que lo único que podía hacer era lamentarse de
haber alquilado en una zona tan cara sólo para poder estar cerca del trabajo.
Cuando
llegó a la inmobiliaria, corroboró como siempre el número del edificio al cual
estaba entrando, ya que por esa zona de oficinas todos los edificios eran
parecidos; lo mismo hizo con la placa del portero, donde indicaba en qué piso
atendía quién. Todas estas medidas tenían la función de evitarle la vergüenza
–cosa que odiaba pasar- de llamar por error a otro lugar.
Para
llegar a la oficina, primero debía llamar del portero a la inmobiliaria para
que lo dejaran entrar al edificio, luego, debía subir por un ascensor hasta el
cuarto piso porque las escaleras estaban clausuradas, y finalmente, tenía que
volver a llamar a otro portero, exclusivo de la oficina número uno, para poder
realmente “haber llegado”. Este simple trámite le parecía agotador, pero había
ido tantas veces que lo hacía de manera mecánica.
Esa
mañana, el edificio estaba extrañamente concurrido, y justo cuando se dirigía a
tocar el portero, encontró a un anciano bien vestido del otro lado de la reja
que parecía tener problemas para abrirla y salir del lugar.
-Buenos
días, señor. –Dijo Castro, siempre bien dispuesto a ayudar. -¿Tiene problemas
con la reja?
-Buenos
días, no consigo abrirla…
-A
ver… toque de nuevo. –Al momento en que el anciano presionó la llave que
quitaba el seguro a la puerta, el Sr. Castro empujó la reja y esta se abrió sin
problemas. Castro creyó que el anciano había estado empujando en lugar de
tirar, o bien, no tenía la suficiente fuerza para destrabar semejante puerta.
-Muchas
gracias, ¿Qué tenía?
-Hay
que empujar, es decir, desde adentro hay que tirar. No es nada, no es nada…
-Ahora
usted puede entrar, nos vemos.
Castro
se quedó allí parado pensando si lo correcto era cerrar nuevamente la puerta y
llamar a la inmobiliaria para que ellos le abrieran o si, ya que el anciano le
había dejado abierto, entrar directamente. Recordó que otras veces ya había estado
en esa situación y no lo había pensado mucho y, en vista de lo último que el
anciano le había dicho antes de irse, resolvió pasar de todos modos. Nada mejor
que ahorrarse uno de los pasos del trámite.
Frente
al ascensor, una mujer bajaba justo cuando a él le tocaba usarlo, ¡Qué
conveniente! No tendría que llamarlo y esperarlo. La mujer balbuceo algunas
palabras antes de irse, algo sobre dejar la puerta abierta…o no dejar la puerta
del ascensor abierta… no lo sabía, la verdad era que ni siquiera le prestó
atención a sus palabras, solo quería terminar con aquello rápido.
Presionó
el número cuatro, y cuando el ascensor comenzó a andar, se dedicó a arreglarse
el cuello de la camisa en el espejo que tenía la pared de atrás. Cuando terminó,
se volvió para ver por dónde iba, pero no tenía idea, los pisos se veían todos
iguales, tampoco había ninguna señalización, ningún número que indicara que
piso era cada uno. Maldijo las malas construcciones argentinas, las cosas
dejadas a medias. Finalmente, el ascensor se detuvo en un piso donde otra mujer
ya lo estaba esperando, Castro no demoró en preguntar.
-¿Qué
piso es este? ¿El cuarto?
-Sí
-dijo la señora, entrando, y él se apresuró a salir, como si al entrar la mujer
pudiese accionarse al instante el mecanismo y se viera arrastrado a acompañarla
a la planta baja otra vez.
Una
vez que salió, no se fijó mas en el ascensor, por fin había llegado a esa
suerte de rellano-pasillo donde se veían solo dos puertas correspondientes a
los departamentos uno y dos del cuarto piso. Llamó al portero del departamento
uno y una voz de hombre le respondió:
-¿Sí?
-Soy
Castro, vengo por el pago del alquiler.
-¿Quién?
-CASTRO.
Vengo por el pago del alquiler. –Se había tenido que acercar más al auricular y
esto le había irritado un poco. Pensó que había sido bastante claro la primera
vez.
-En
un momento lo atiendo.
Era
la primera vez que le hacían esperar en la puerta, generalmente lo hacían pasar
a un pequeño vestíbulo y le decían que esperara allí. Así que ¿Qué más podía
hacer que mirar el lugar donde se encontraba?. Ya lo había visto otras tantas
veces, estaba igual a la primera vez que había ido, sin embargo, le parecía que
tenía algo raro, ¿La escalera no debía estar cerrada? Recordaba que había una
reja que la cerraba, tal vez ya la habían abierto. Y la ventana… ¿Tenía un
vidrio con diseño? Le parecía que no, no lo recordaba bien, pero estaba seguro
de que había podido mirar hacia el exterior en su primera visita sin que el
vidrio se lo dificultara.
Estaba
por acercarse a la ventana cuando alguien abrió la puerta. Un hombre mayor
–otro anciano, se podría decir –salió, le cedió el paso para que entrara y
cerró la puerta tras de sí. El Sr. Castro lo miró irse hasta que una joven
muchacha apareció por el otro extremo y le dijo:
-¿Viene
a pagar el alquiler?
-Sí,
señorita.
-Espere
un momento, aquí.
Ahora
sí era como lo usual. Se sentó un momento en los sillones de forro rojo oscuro
y como no había nada con que entretenerse, se contentó con observar cada
detalle del cuadro que tenía delante de él. La decoración de la habitación era
muy simple, los cuadros retrataban naturaleza muerta y parecían dibujados por
algún aprendiz de dibujo puesto que algunos objetos mostraban una perspectiva
muy básica pero correcta y otros, como el florero donde sobresalía un ramo generoso,
carecía completamente de ella. El dibujo era muy geométrico y plano. Recordó
entonces que había otro cuadro con una técnica distinta en la pared tras de sí,
uno más realista, mejor dibujado, pero cuando volteó a verlo, no lo encontró.
Qué raro, pensó, ¿por qué motivo habría sido movido? Tal vez no lo recordaba
bien y en realidad nunca había habido un cuadro allí. Se fijó mejor, pero no,
no se equivocaba, ahí estaba el clavo con el cuadro ausente.
-Ahora
podemos atenderlo. Pase, sientesé.
Castro
pasó a la habitación contigua, una especie de cubículo improvisado con una
división de madera que lo separaba de un pasillo y bloqueaba la visión a las
otras habitaciones. Él sabía qué había del otro lado porque ya lo habían hecho
pasar en otras visitas, cuando quien solía atenderlo no estaba disponible. La
muchacha joven, para su sorpresa, se sentó en el escritorio frente a él. Ella
lo atendería en esta ocasión. Podía sentir voces de hombres hablando en la otra
habitación, así que pensó que el encargado de atenderlo estaría ocupado.
-¿Su
nombre?
-Castro
–repitió por tercera vez, un poco cansado de la situación. La muchacha lo buscó
en la base de datos de la computadora.
-Sí,
¿Ernesto? –Asintió con la cabeza. –El importe es de tres mil dólares.
-¿Tres
mil? ¿Está segura? Me parece que hace unos meses aumentó a tres mil
quinientos…si no me equivoco.
La
muchacha volvió a revisar las planillas de colores que figuraban en la pantalla,
Castro trataba de espiar que decía, pero apenas distinguía los garabatos de las
letras a la distancia que se encontraba.
-¡Ah!
Es cierto, aquí está anotado el pago de las expensas. Tiene usted razón, muchas
gracias por avisarme. –Ahora ella lo miraba realmente agradecida, quien sabe
que le habrían dicho sus jefes si esa plata hubiese faltado. Castro se sintió
orgulloso de sí mismo, infló su pecho para decir un “no es nada” que le restaba
importancia a la situación, sabía que probablemente otro se hubiese
aprovechado, ya que después de todo, quinientos dólares eran bastante plata,
pero él tenía principios que respetar, él era eso, buena gente.
La
muchacha se puso a completar el recibo y mientras tanto, el Sr. Castro sacó los
billetes, los contó y los depositó en la mesa, frente a la chica, para que ella
también pudiese contarlos cuando terminara. -Mire, -le dijo -he traído las
últimas facturas de la luz y el gas, ¿podría anotarlas ahí, por favor?
La
chica lo miró confusa, quizás no había entendido a que se refería él, trató de
explicarle:
-Cuando
traigo las facturas, ellos me anotan cuales son, ahí, en el recibo, para tener
la constancia de que las dejé…
-¡Sí,
sí, claro! Déjeme ver… -Recibió las facturas, pero cuando se disponía a
anotarlo, aún hacía vagar la punta de la lapicera por la superficie de la hoja
como si no supiera qué hacer. –Disculpe, es que soy nueva, voy a ir a preguntar
cómo debe anotarse. –Se excusó, y salió del pequeño cubículo para dirigirse a
las voces de los hombres que discutían del otro lado de la pared de madera.
Durante un momento no se escuchó nada más, las voces cesaron por completo. Al
cabo de un ratito, la chica volvió con las facturas ya anotadas en el recibo.
-Listo,
¿Ve? Lo he anotado aquí –le dijo señalándole un punto en el papel. Castro lo
recibió contento de que ese papeleo terminara por fin.
-Muy
bien. Hasta luego.
-¡Hasta
luego! ¡Que tenga un buen día!
La
muchacha había sido muy agradable y bastante cordial, pero a él lo único que le
importaba era poder ir a ocuparse de otros asuntos. Salir del lugar fue de lo
más sencillo, Ascensor, escalera, reja de salida. Esta vez, no había que pedir
permiso a nadie, por lo que abandonó el lugar con bastante prisa.
Estaba
feliz de poder salir de allí, ahora iría a su departamento tranquilo. Incluso,
estaba tan contento de no sentir ya el peso de tanto dinero encima, que decidió
hacer el camino de regreso a pie. Su mente era libre de ocuparse en cualquier
cosa. Sin el estado de alerta permanente, cada persona que pasaba le parecía
alguien agradable y no un potencial carterista.
Cuando
por fin llegaba a su casa, y se disponía a relajarse, su teléfono celular
comenzó a sonar. “¿Quién será en este momento?” pensó, considerando a quien sea
que lo llamaba, una persona bastante inoportuna. Algunos nombres del trabajo le
saltaron a la mente mientras buscaba el celular, sin embargo, le daba igual
quien fuera mientras no resultara ser alguien de la agencia telefónica para
proponerle alguna molesta promoción.
El
número era desconocido pero por la característica, era de la zona. -¿Hola?
-Hola,
¿Ernesto Castro? Lo llamo de la inmobiliaria para notificarle que ha
sobrepasado el límite de tolerancia para el pago del alquiler.
-¿Cómo
dice? –Castro no lo creía –Acabo de pagarlo, recién vuelvo de su oficina. –Dijo,
pensando que los de la inmobiliaria eran unos imbéciles por no estar enterados
de lo que pasaba en sus oficinas.
-No
señor, no lo hemos recibido hoy. Estoy muy segura. –La mujer que llamaba no
sonaba para nada como la que lo había llamado la vez anterior, ni como la
muchacha joven que lo había atendido.
-¡Pero
si acá tengo el recibo! –Dijo, hurgando en sus bolsillos hasta dar con él
–Mire, voy a llevarlo para que vean que efectivamente acabo de estar en su…
Castro
miró sorprendido el recibo, tenía algo extraño, observó con más detenimiento la
firma y la impresión: parecían una fotocopia. La chica que lo había atendido
había escrito con una lapicera negra que se camuflaba con la tinta, pero que
mirado con detenimientoalcanzaba a distinguirse de esta.
…¿Señor
Castro? …-resonaba una vocecilla por el celular que colgaba en su mano.
Poco
a poco, las cosas en las que se había fijado ese día pensándolas como algo
normal, le volvían a la mente con un nuevo significado: las personas con las
que se había topado antes de entrar a la oficina; el viejito que le había ahorrado
la llamada al portero; la mujer que le había indicado el piso en el que se
encontraba; la ventana que estaba diferente; el cuadro faltante; la muchacha nueva…
Los pisos que eran todos iguales en un edificio que era igual a otros tantos.
Podía
imaginarse víctima de algo mucho más grande que un simple robo exprés en la
calle o incluso, un asalto a una tienda, esto era un crimen más organizado.
Tomó
el celular y marcó el número que figuraba de “la otra inmobiliaria” en su
registro de llamadas. Una grabación le pegó en la cara como cachetada “El
numero solicitado no pertenece a un abonado en servicio”. Pensó en cuánto había
demorado en llegar a su casa y si ese tiempo sería suficiente para que aquellos
otros desbarajustaran todo su teatrito.
Sintiéndose
impotente, volvió a mirar el papelucho que sostenía arrugado en la mano. Vio
que la suma del importe había sido anotada con
más presión que el resto de las palabras en el recibo y recordó la simpatía y
efusividad con la que la muchacha se había despedido de él, con esa sonrisa tan
agradecida…
-¡QUÉ
HIJA DE P…!
Mayo.2016
R. M. L. Avena
R. M. L. Avena