lunes, 27 de noviembre de 2017

Libros 2017

   Estudiar la Licenciatura en Letras es muy lindo si te gusta leer, escribir, pero aun más conocer tu propio idioma. Con gusto descubrí que a mi ¡me encanta todo eso! Sin embargo, no es todo color de rosas. La verdad es que, después de un tiempo de cursado, la emoción, la expectativa y la dicha de conocer y leer tantos autores, clásicos o no, conocidos o no, propuestos por los programas de las cátedras, acaba volviéndose una obligación y una necesidad que uno no siempre esta con ánimos de afrontar.

   Así fue que, luego de tres años de cursado -más o menos-, yo pasé a ser una persona que siempre tenía un libro en la mesita de luz, a una que nunca leía y dejaba todo a la mitad...¿qué digo? Ni siquiera a la mitad. Entre lo que yo quería leer y lo que debía leer, intentaba leer lo que debía, y acababa por no leer nada. Con el tiempo, eso me tiró bastante el animo por el piso, porque leer siempre fue uno de mis mayores placeres, mi evasión, mi evocación, ...mi vocación. En algún momento me di cuenta de lo que pasaba y se volvió una prioridad para mi el tratar de agarrarle otra vez el gusto a la lectura más allá de lo que me exigía la facultad.

   Me propuse leer por placer, al menos un libro al mes. Me costó bastante poder engancharme, y dejé muchos muchos libros a la mitad. Pero este año, por fin conseguí lo que tanto quería: leer, leer, leer, engancharme, leer y leer.

   Este 2017, los libros que leí completos:

1.     El castillo ambulante, de Diana Wynne Jones (Nro 1 de la Trilogía de Howl)

   Sophie, vive con el peso de ser la mayor de tres hermanas: la que nunca va a casarse con un príncipe, ni salir a buscar fortuna. En lugar de eso, se ha resignado a su aburrido destino: tener una vida tranquila cuidando la sombrerería de su madre. Sin embargo, la tienda no está precisamente en un lugar apacible, hay rumores en el pueblo de que la bruja Calamidad y el terrible brujo Howl andan rondando el páramo. Un día, una visita inesperada llega a la tienda cuando Sophie se encuentra sola y para su desgracia, este cliente se va con algo más que un sombrero…

2.     El castillo en el aire, de Diana Wynne Jones (Nro 2 de la Trilogía de Howl)

   En un mercado de Zanzib, un joven llamado Abdullah hereda de su padre una tienda de alfombras. A pesar de que lleva una vida decente ejerciendo su oficio, su sueño es estar muy lejos de allí, con una hermosa esposa y un montón de lujos. Sin embargo, lo único que obtiene cada día es lidiar con la familia política de su padre, que lo odia, o negociar con clientes extraños que le ofrecen alfombras viejas como si fueran mágicas. Así vive él, hasta que un día -o una noche- sus sueños empiezan a hacerse misteriosamente realidad…

3.     La casa de los mil pasillos, de Diana Wynne Jones (Nro 3 de la Trilogía de Howl)

   La joven Charmain es una chica un tanto descuidada, un tanto floja, que lo único que hace todo el día es leer, dado que sus padres la educaron apartándola de todo lo que para ellos no era respetable. Un día, su tía Sempronia los visita para solicitarla como casera de su tío abuelo William…que es un mago. Con el pesar de sus padres y sin el más mínimo interés, Charmain parte a cuidar un lugar que no es para nada lo que parece ser.


Valoración personal: Amo esta saga. Quizás mi favorito sea El castillo ambulante, porque ya conocía de antes la genial adaptación de Hayao Miyazaki y estudio Ghibli (que recomiendo con igual entusiasmo), o porque me gusta mucho como la autora se inspira en los clásicos cuentos para niños de los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen para crear su Ingary, además de la forma en la que narra la magia o la presencia tan sutil del romance; todo ello contribuye a que sea un libro que volvería a leer miles de veces. Respecto a los otros dos, no menos mágicos ni menos interesantes, me gustaron mucho también, El castillo en el aire rememora los cuentos de Las mil y una noche. En todos, la lectura es sencilla y amena, apasionante, con muchas aventuras y un desenlace que no te esperarías para nada. Cada historia no tiene nada que ver la una con la otra y al mismo tiempo tiene un hilo común. Disfruté mucho leyéndolas y encontrando esa conexión.

4.     Stardust, de Neil Gaiman

   El pueblo de Muro recibe su nombre por un muro que divide al mundo común del mundo mágico. Nunca nadie pasa de un lado a otro, y nunca nadie debería atravesarlo, es por eso que siempre hay dos centinelas encargados de cuidar la abertura. Sin embargo, cada 9 años la prohibición se levanta y la gente del pueblo y de todo el mundo disfruta de una feria mágica que viene especialmente a Muro para instalarse. 

Valoración personal: Llegué a este libro siguiendo una conexión invisible con la saga anterior. Tanto Diana como Neil parecían haberse inspirado en el mismo poema Canción, de John Donne. Ya conocía la película Stardust (2007), dirigida por Matthew Vaughn (que me gustaba, pero no me fascinaba) y conocía a Neil Gaiman como autor de Sandman y favorito de algunos de mis amigos (yo nunca lo había leído), así que el libro mismo se autorecomendaba. Fue un interesante hallazgo, Stardust es una novela juvenil con un tono más maduro, es agradable ver cómo el protagonista adolescente va creciendo a medida que avanza la trama. Afortunadamente, se aleja bastante de la interpretación que le dio Vaughn, que hace de Victoria una muchacha caprichosa y desagradable -en el libro, Victoria solo se comporta acorde a su edad e incluso es uno de mis personajes favoritos- y volvió el romance entre Tristan e Yvainne un final hollywoodense.

5.     El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett

Mary es una niña maleducada, caprichosa y muy solitaria, culpa de una terrible epidemia de cólera que acaba con todos los habitantes de su mansión en la India, se queda más sola aún, sin padres y olvidada. Es llevada entonces con el único miembro de su familia que aún vive, un tío viudo y tan solitario como ella. En su nuevo hogar, debe aprender a comportarse educadamente y a hacer amigos por primera vez. 

Valoración personal: Igual de agradable que su película y su serie de anime. Lo leí de un tirón, no me duró nada, quizás porque es muy cortita, pero también porque es entrañable. 

6.     Una princesa de Marte, de Edgar Rice Burroughs (Nro 1 de la Saga de Marte)

   Los papeles póstumos del capitán John Carter narran las emocionantes aventuras en las que se vio envuelto tras ir en busca de una mina de oro con un colega. En una situación riesgosa en la que era acechado por los apaches, dio con una cueva extraña que lo transportó, de una forma maravillosa e inexplicable, a un nuevo mundo nunca antes visto: Barsoom. John Carter deberá aprender a sobrevivir en la belicosa Marte, entre los gigantescos hombres verdes, los abominables monos blancos y una hermosa princesa roja, siempre al borde de la muerte. 

7.     Los dioses de Marte, de Edgar Rice Burroughs (Nro 2 de la Saga de Marte)

   El segundo viaje a Marte, o Barsoom como le dicen los nativos, es todavía más terrible ahora que John Carter a aparecido en un idílico prado, que de idílico no tiene nada. Repleto de monstruos cien veces más sanguinarios que los que había conocido la primera vez y de los fatídicos monos blancos, solo el encuentro con un viejo amigo y su siempre palpitante sangre de guerrero y de soldado de Virginia, lo sacaran de esa trampa mortal en la que ha caído, para ir en busca de la felicidad que fue obligado a abandonar en Helium, la ciudad de los hombres rojos.

Valoración personal: Si te gusta la acción y la aventura, este libro es para vos. Después de ver la película que hizo Disney, me pareció que el mundo de Barsoom era tan complejo y elaborado que estaba segura de que se habrían basado en un libro para hacerlo jajaja.... y así fue. Ni más ni menos que una saga del mismo autor de Tarzan. Así que pase un año entero recopilando la saga completa (son 11 libros) y por fin este año pude empezarla a leer. Me gustó mucho.....el primer libro. Debo confesar que para el segundo ya estaba bastante hastiada. Imagínense que el tercero ya no lo quise terminar. Decidí dejarlo para cuando tenga ganas de nuevo, ya que si bien me interesa leer toda la historia del fabuloso John Carter, es demasiado tedioso. ¿Por qué tedioso? John Carter nunca descansa, constantemente se ve en peligro de muerte, he perdido la cuenta de cuantas veces "se creyó en las ultimas y se salvó de milagro". Burroughs sabe manejar la tensión, de eso no hay dudas, pero las tramas en los tres libros que leí eran todas similares. Además, nunca le voy a perdonar que haya obviado la situación final del segundo libro y no la haya continuado en el tercero como debía (aunque nunca supe si la explicaba mas adelante...). En fin, esta saga es muy buena para leer....pero no de un tirón.

8.     La noche de los tiempos, de René Barjavel

   En el punto número 612 de la Antártida, un grupo de científicos hace un descubrimiento que podría ser el más grande de toda la humanidad. Simon, el médico a cargo, solo quería volver a su amada Paris y disfrutar de un café caliente por las mañanas, pero tuvo que quedarse en ese frío infernal por tres meses más por pedido de un amigo. Más tarde, agradecería el haberse quedado a presenciar el descubrimiento que fue, no solo el del mundo, sino el más grande de su vida también. (Me abstengo de decir algo más que pueda arruinar la emoción de descubrirlo con la lectura).

Valoración personal: Este libro es el que más recomiendo. Es, sin lugar a dudas, el mejor que he leído este año. Me desconcertaba bastante tener dos ideas totalmente alejadas de lo que era la historia, por un lado, la descripción de la contratapa daba una introducción propia de la ciencia ficción, pero por el otro había leído que era romántica. ¿Cómo iba a volverse romántica una expedición científica? Mientras menos supe de qué iba la historia, más disfrute de su lectura, porque fui maravillándome  y cuestionándome junto con los mismos personajes, de las cosas que iban descubriendo. 


   Los que dejé a la mitad :( 

1.     Una ciudad flotante, de Julio Verne
2.    El señor de la guerra de Marte, de Edgar Rice Burroughs (Nro 3 de la Saga de Marte)



   No los había ido anotando así que no se si se me escapa alguno...





lunes, 23 de octubre de 2017

Hoy esta boca no me pertenece

Hoy esta boca no me pertenece,
no canta mis penas sino las de ella.
Cada palabra en mi lengua florece,

y dice: “La noche apenas empieza,
yo he soñado despierta con dormir
y he cerrado mis ojos con tristeza

en vano. Mis lagrimas he soltado
y estas piernas, como tierra seca,
agrietadas, con ellas he mojado.

El tiempo me escuece en la eterna espera,
el olvido me aterra más que morir.
Nunca más será mi vida como era.”

Le he prestado mi voz y mí hablar,
y ahora que me los ha devuelto,
me ha quedado agrio el paladar.


23.Oct.2017
R. M. L. Avena

lunes, 9 de octubre de 2017

La mujer que tejía

Un crujido sonó al otro lado de la ventana. El viento arreciaba y los árboles alrededor de la casa se zarandeaban con tanta violencia que parecía que sus raíces no conseguirían aferrarse a la tierra ni un segundo más. A causa de esto, una rama baja se golpeaba contra el marco y los cristales; quizás ese crujido provenía de allí, porque daba la sensación de que el viento solo buscaba arrancarla.
Mientras tanto, en el interior de la pequeña habitación, levemente iluminada por unas candelas y un brasero, una mujer tejía a dos agujas, arrodillada sobre sus piernas. Imperturbable, apenas parecía notar el vendaval que anunciaba la tormenta que ya estaba encima de ella…
Aquel crujido se coló por las hendijas de la madera y la habitación entera se sacudió con el viento.

“Moroso anudado.
Inacabado.”

Susurró una tenue voz muy cerca de su oído. La mujer siguió tejiendo como si no la hubiese escuchado, solo el ondular de unos mechones de pelo negro que caían sobre su cara fueron el único indicio de que algo había ocurrido, como si alguien los hubiese soplado.
La voz rozó su otra mejilla y como el beso furtivo de un amante, otra vez susurró:

“Si el tiempo se acaba,
mi ofrenda es dada.”

Los labios rojos de la mujer se abrieron un poco, las manos enlazaban la lana con firmeza, pero su voz temblaba cuando le contestó:
-Todavía no se ha cumplido el plazo, por favor… tenga paciencia.
El terror daba vueltas en la pequeña habitación, se posaba en cada esquina oscura, pero lo que más le gustaba era envolver a la mujer y danzar en el aire que respiraba. Se acercaba mucho, demasiado, cuando quería hablarle. Las cosas que el miedo decía, solo pertenecían a sí mismo y a la mujer.

“El hijo perdido
la hundió en olvido.”

Luego de esas heladas palabras que se escurrieron por la nuca de ella, la tempestad se fue de la habitación por donde había llegado, llevándose consigo el candor de las velas y el crujido de la habitación. Afuera, el viento por fin había amainado, dejando paso a una apacible lluvia. Y en la habitación, la mujer, que seguía tejiendo, manchaba la prenda con unas silenciosas lágrimas.

Los días se sucedían uno tras otro, la mujer apenas abandonaba la piecita para cumplir con sus necesidades más básicas. Su familia, que compartía la casa con ella, la cuidaba con devoción, pero al igual que la gente del pueblo, estaban convencidos de que había enloquecido, ya que cada día con sus noches, ella tejía fervorosamente esa colcha, como si su vida se fuese en ello.
Aunque constantemente habían intentado hacerla desistir de sus caprichos, nada de lo que dijeron hizo que la mujer abandonara su faena, por lo que poco a poco, se cansaron de insistir, quedándose la mujer, cada vez más sola.
En ocasiones, en su mutismo y reclusión le llegaban algunos fragmentos de sonidos del exterior, las risas de los niños, los pasos de sus padres o hermanos, los susurros… pero era como si formaran parte de un mundo al que ella no podía pertenecer.
-Escuché a papá y a mamá que hace mucho hubo alguien.
-Está ahí…
-…venía un niño, pero lo perdió y desde entonces …está así.
-Shh… ¡Te va a oír!
-No pasa nada, es como si no escuchara.
Y ella realmente no escuchaba.
-¡Niñas! –Gritó de pronto, la madre -¡A destender la ropa, se viene una tormenta!
Los pasos se alejaron a prisa, risueños, y ella se estremeció.
De nuevo, el viento llegaba a la casa más fuerte que de costumbre, queriendo arrancar los árboles y los techos; se atosigaba el cielo con nubes y la oscuridad llegaba sin ocasos. Todo crujía, pero más lo hacía su ventana, y ella, después de mucho tiempo, volvía a sentirse acompañada.

“Nunca hubo tal amor.
Vuelca ese dolor.”

Unos dedos largos acariciaron la piel de su rostro, lentamente recorrieron su perfil y se posaron en sus labios secos. Luego, tomaron los mechones blancos de su pelo y los acomodaron detrás de su oreja, con delicadeza.

“Hálito de vida,
alma hecha mía.”

La mujer revoleó con desesperación una mano contra su cara, tratando de alejar la odiosa caricia que el terrible le hacía, pero en lugar de apartarlo, chicoteó el aire y solo consiguió golpearse a sí misma. Le daba asco sentir su aliento tan cera de su rostro.
-Nunca debí… nunca debí habértelo pedido.
Aquella resolución que la había mantenido tantos años aferrada a sus agujas, se desvanecía como los copos de nieve frente al sol del invierno. Así derrotada, por primera vez en mucho tiempo, hizo a un lado el tejido y se llevó las manos a la cara para sostener sus lágrimas. El extraño serpenteaba a su alrededor, esa abnegación era la ofrenda que había estado esperando por tan largos años.
-¡Lo lamento tanto, hijo! –Gritó la mujer entre sollozos. Un sonido parecido a una tétrica risa se apropió de la habitación, mientras tanto, afuera, la tormenta se lanzaba atropelladamente contra la tierra. Podía sentirse como las personas correteaban alrededor de la casa, tapando aberturas y protegiendo su hogar.
El insidioso no contenía su regocijo y, siguiendo el ritmo del balanceo de la mujer, había comenzado a bailar en la habitación.

“Mujer despechada,
Visión nublada.

La dejó en olvido
Su amor perdido.

Un niño se gesta
Ahogado en pena.

La vida de ambos,
Se habría quitado…”

Totalmente excitado con su llanto, el obscuro se arremolinaba en cada recodo, inflaba su pecho hasta el cielo raso, o se enredaba como un ovillo frente al rostro tapado. En aquel ambiente enrarecido por su presencia, su felicidad era casi palpable.

“Yo, dios benévolo,
quité su dolor.

Ríndeme culto,
rendida al luto”

Entonces, el atroz se hizo madeja de hilos negros frente a ella. El momento de la inmolación había llegado. Pero justo cuando comenzaba el último dístico, la mujer extendió sus brazos a ambos lados con presteza y golpeó sus palmas con demasiada rabia frente a su nariz.

¡PAF!

 El golpe resonó muy fuerte en el silencio de la habitación. No había llanto, las arrugas de la mujer estaban totalmente secas. Al cabo de un rato, comenzaron a sentirse unos pasos que avanzaban con prisa por el pasillo y se detenían frente a la habitación. La puerta se abrió y un hombre apareció en el umbral.
-Mamá, ¿Está bien? –dijo. –Sentí un golpe, ¿Qué pasó?
-No ha sido nada, hijo. Una mosca solamente.
Su hijo sonrío, aliviado.
-La estábamos esperando para cenar, ¿Ya viene?
Ella asintió. Se asió de la mano que le ofrecían y con mucha dificultad, se puso en pie. Sus piernas estaban entumecidas, como si hubiese pasado años sentada sobre ellas. De ese modo, salieron de la habitación hacia el comedor y mientras el hombre le daba la espalda, la vieja refregó la palma de sus manó contra sus nalgas, limpiándoselas con la tela de la falda.

FIN

5.Oct.2017

R. M. L. Avena

lunes, 11 de septiembre de 2017

Flor Marchita

Siembra la luna cada gajo de alma,
cuando sus lamentos tajan lo oscuro
y le quitan a la noche la calma.

Ni un sueño inmaduro perfiguro
rondando las sombras de su almohada
que el insomnio cubrió con su cianuro.

Y si alza al cielorraso una mirada,
que estando acompañada es solitaria,
ya de pétalos, mi cama, está colmada.

¡Mi propio descanso, por ella, daría!
Mientras tanto, como marchita una flor,
así mi alma desojada se vería,
cada noche, lo que dure su dolor.

10.Sept.2017
R. M. L. Avena


lunes, 31 de julio de 2017

Arrancar, arrugar y encestar.

    Buenos días a todos los que leen, sea a mí o no, decidí escribir esta entrada porque hace poco, tuve la necesidad de releer los cuentos que he estado escribiendo en los último siete u ocho años. El hacerlo me hizo darme cuenta, con gran desagrado, que estaban lejos de hacerme sentir todo el afecto y orgullo que les había tenido hasta ese momento: mis cuentos son basura.

    Sí, tal cual, basura. Así lo vi y lo sentí en mi ánimo como cachetada. Bueno... no quiero ser totalmente injusta con el esfuerzo y sentimiento que he puesto en ellos, están bien para una principiante. Pero ser un intento de aficionada no era el destino que quería para ellos. 

    Afortunadamente, si bien pude hundirme en esta revelación y después salir de algún pozo haciendo como si nada hubiera pasado, tuve la fortuna de darme cuenta que esto era lo mejor que me podría haber pasado. Como escritora, ya no quiero ser catalogada como principiante, ni siquiera por mi misma. Quiero ser capaz de reconocer a mis propios cuentos como tales y, a su vez, que la gente pueda considerarlos así también. 

    Esta repentina baja autoestima que me vino al releerlos fue una suerte de bendición, ya que incluso había llegado a pensar que mis cuentos eran perfectos... ¡PERFECTOS! ¿Lo creen? No quiero cometer nunca el error de pasar de la humildad del iniciado a la pedantería y al orgullo obstinado del "avanzado", porque estas actitudes no son las que me van a permitir mejorar y van a impedir que alcance los ideales que más anhelo para mis cuentos.

    Si bien escribir cuentos nunca dejó de ser para mi un área de práctica y experimentación, cada tanto me siento caer en las trampas de la costumbre y los clichés de mis propias zonas de confort, por eso, esta entrada tiene como motivo informar que durante un tiempo voy a tratar de abandonarme a la ardua tarea de mejorar mi escritura, renovando completamente (o lo más completamente que pueda) mi estilo.

    A su vez, en este momento de "re-creación" de mi misma como escritora, en el cual voy a tratar de pulir y generar nuevos cuentos, probablemente los cuentos que haga no vean la luz por este medio. Me reservo, por ahora, los motivos por los que no quiero publicarlos y espero que esta búsqueda del perfeccionamiento estilístico no me tome mucho tiempo.

    Esto no quiere decir que voy a dejar el blog abandonado, sin embargo, no puedo precisar que destino le espera. 

    Muchas gracias por leer hasta el final. Nos vemos en el próximo post ;)

viernes, 2 de junio de 2017

Limpieza

Una argolla blanca, perfectamente marcada, rodeaba el dedo anular de su delgada y huesuda mano. Ella la observaba, volteándola alternativamente para descubrir ya su palma, ya su dorso, como si intentara convencerse de que el metal no aparecería de pronto en una de esas vueltas.

-Me falta mi anillo –le dijo.

-¿Qué? –contestó Antonio, que realmente no había entendido, ya que en ese momento estaba ocupado al otro lado de la habitación, buscando un interruptor para encender las luces de la casa. Cuando por fin dio con uno, luego de haber tropezado con algunos muebles y haberse cubierto de telarañas mientras tanteaba las paredes, una avejentada luz amarilla llenó la sala decorada al gusto de los años 40. Estaba todo cubierto de tierra, pero para vivir por apenas unas cuantas horas era bastante aceptable. –Qué bien que la pasaban los viejos, ¿eh? –Pasó el dedo por una mesa de tocadiscos y después lo limpió en los vaqueros, pero al notar que Alicia no respondía y permanecía de pie en el umbral del zaguán, aún mirando fijamente su mano, repitió -¿Qué dijiste?

-Que perdí mi anillo.

-Ah… bueno… En Uruguay te compro otro.

-Es que este no era cualquier anillo, era la alianza.

Antonio no supo que más decir. Suspiro derrotado, le pareció que lo mejor era cambiar de tema. -No pasa nada… ¿Por qué no vamos a buscar la pieza? Así podemos dormir un poco, deberíamos estar saliendo en unas horas.

Caminaron por un pasillo largo hasta llegar casi al final, hacia un lado estaba el baño, enorme y con azulejos incluso en el techo, y hacia el otro, la habitación que buscaban. Los dueños de la casa les habían indicado que, aunque hacía años que no se usaba, esa pieza estaba bien provista de sábanas y colchas como para soportar un invierno sin calefacción. Antonio dejó las maletas en el suelo y abrió todas las puertas del armario hasta encontrar las frazadas, sacó dos y las extendió sobre la cama matrimonial, entonces vio que frente a esta había un hermoso toilette con espejo, cubierto de una fina capa de polvo  –como todo lo que había en la casa –y se acercó para limpiar la superficie del vidrio con la manga del jersey. –Vas a poder peinarte frente al espejo –le dijo, mirándola sonriente, pero justo en ese momento, ella se había llevado las manos al rostro para cubrir un gesto de angustia. -¿Qué pasa? –le dijo y se apresuró a llegar a su lado para abrazarla. Durante todo el viaje hasta la casa, Alicia se había mostrado bien dispuesta de ánimo, por eso no entendía por qué de repente había cambiado su actitud.

-¡Pero!…si es solo un anillo, nada más.

Alicia no contestó, Antonio intentó husmear su rostro, pero ella todavía se lo tapaba con las manos -¿Estás llorando? –preguntó sigiloso, pero ante su persistente silencio, decidió retomar el asunto del anillo. -¿Por qué no lo buscamos? Quizás lo dejaste en la maleta y no te diste cuenta, ¿Lo buscamos? Dale. –dijo, contento de ver que por fin levantaba la cabeza y lo miraba.

Puso cada uno su bolso y maleta sobre la cama, eran pequeños y no contenían muchas cosas, solo lo necesario para una escapada de último minuto, ya que ese viaje a Uruguay no había estado en sus planes, ni siquiera a futuro. Comenzaron a hurgar todo, la muda de ropa, los pocos elementos de higiene personal, los documentos, la plata y, en el caso de Alicia, algunas fotos y objetos con valor sentimental que había alcanzado a manotear antes de salir, pero el anillo no aparecía por ninguna parte.

-No pasa nada, no pasa nada. –Le repetía a cada momento Antonio, y por ningún motivo dejaba de sonreír. –Seguro se cayó al piso en alguna sacudida, –le decía y se arrodillaba para mirar debajo de la cama o de otro mueble –pero está tan lleno de tierra que no lo veo. –Entonces Alicia fruncía sus labios finos, y no decía nada.

No pasó mucho tiempo hasta que su búsqueda los llevó al gabinete del patio en el que se guardaban los trastos de la limpieza. Mientras Antonio iba por las piezas con un lampazo viejo, Alicia lo seguía con un plumero y algún trapo, pero solamente sacudía en las zonas donde él se lo pedía. Al cabo de una hora, ya no quedaba habitación que no hubiesen recorrido, la casa entera era un ajetreo, cualquiera que hubiese pasado frente a ella en ese momento habría jurado que la casona estaba habitada por más gente de la que en realidad había.

-¡Mirá esto! ¿Cuántos años tendrá? Debe ser más viejo que la injusticia…-decía Antonio. Se habían detenido en una de las habitaciones donde se guardaban viejas pertenencias de los dueños. A él no le importó abrir unos cuantos cajones y sacar todo lo que había en ellos, pero Alicia, que no estaba muy cómoda con la situación, permanecía parada a unos pasos suyos sin tocar nada, todavía con un gesto de desagrado en el rostro y con las ojeras más marcadas que nunca.

-Qué jóvenes estaban acá. ¿Esto es Italia? No tenía idea de que habían estado ahí…

-Antonio.

-Acá hay fotos del carnaval, tenés que ver estos disfraces, Alicia.

-¡Antonio! –dijo ella con dureza. Por fin, él hizo a un lado todas las fotos y la miró. –El anillo no está acá, no está. Lo olvidé en la casa… nuestra casa. –Se apresuró a aclarar –Cuando salimos... lo dejé en la mesita de luz. –Hundió de nuevo su cara entre sus manos con un prolongado sollozo. -No alcancé a traerlo… -las palabras apenas le salían. –Y ahora… nunca más vamos a…a poder volver a buscarlo.

Antonio se levantó y la abrazó una vez más, ahora las ojeras estaban en su cara. Alicia hipaba entre sus brazos y vomitaba todas esas palabras que la habían estado enfermando.

-Marita… ¿Qué va a ser de Marita? ¡Tiene 10 años nada más! ¿Por qué se los tuvieron que llevar? Si nos hubiesen avisado antes que ellos venían… -Alicia continuaba deshaciéndose en lágrimas y Antonio la apretaba más contra su pecho -…si nos hubiesen ido a buscar primero a nosotros... ¿Cómo podemos irnos así, sin más y dejar todo atrás? ¡Dejarlos a todos! Yo no puedo, Antonio, no puedo…
Se quedaron así abrazados hasta que ella se calmó. Mientas tanto, al este, el horizonte clareaba y las nubes se teñían de dorado, anunciando la proximidad del amanecer, y un poco más al sur, por la calle de tierra, dos autos se dirigían a gran velocidad hacia la casa iluminada, Antonio solo veía la lejana polvareda que levantaban, por la ventana.

-Perdón –dijo Alicia –Por mi culpa no pudimos dormir nada.

-No pasa nada –repitió Antonio por enésima vez –. Por lo menos, cuando Ernesto y Marcela vuelvan, van a encontrar la casa limpia. –Y sonrió.

1.Jun.2007

R. M. L. Avena

martes, 25 de abril de 2017

Crujen las hojas


Crujen las hojas secas, amarillas
Rojas, marrones, naranjas del árbol
Cuando las pisa la silla de ruedas.

¿Cuántos años sin que las cubra el sol?
La delgadez que alguna vez fue vigor
Le ha cedido a sus brotes el control.

Y yo ¿Qué puedo hacer con el sabor
Que amarga mi boca y corazón?
Lo inexorable es mi único opositor.

Cuando está el otoño, el sol pierde el calor
Y las decisiones se toman con brío.
Dice ella, “Tanto sin ver este color”
Y yo sonrío, solamente sonrío.



Marzo.2017

R. M. L. Avena

jueves, 30 de marzo de 2017

30/Mar/2017 - Desde el suelo

   Cuento 10: Desde el suelo


  -¿Qué estás haciendo? –dijo la mujer, mirándolo enojada. Se la veía tan amenazadora que el chico no se atrevió a seguir rasguñándose el brazo. -¡Echa leña al fuego! –ordenó despiadadamente, quizás así se le quitaba las ganas de hacer tonterías.

   El chico hizo caso de mala gana, ya que no podía negarse. Se miró el brazo donde se había estado arañando, la piel estaba enrojecida y le ardía, pero el tatuaje estaba intacto. Fue a buscar leños afuera de la cabaña, arrastrando los pies. No le gustaba caminar, por eso casi nunca caminaba si podía evitarlo, pero la vieja había atado muy bien sus cadenas y no sabía cómo romperlas.

    -¡Haz bien tu trabajo! –Gritó desde adentro la voz enfurecida de la mujer. –¡Y ni se te ocurra hacer algo para escapar! ¡No vas a llegar muy lejos con esos tatuajes!

   El muchacho estaba enrabiado, pero la vieja tenía razón y eso era lo que más le molestaba. Miró el cielo ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Semanas? ¿Un mes? Extrañaba mucho mojarse con las gotas de las nubes o dormir la siesta desde la copa de algún árbol muy alto y frondoso. ¿A sus compañeros? A ellos no los extrañaba mucho, siempre había sido bastante solitario.

   Luego de dar la vuelta a la cabaña, se dirigió al tacho donde arrojaban los leños recién cortados, pero no había ninguno, “Vieja bruja,” pensó el chico, “ya sabías que no había nada”. Siguió arrastrándose hasta un pequeño cobertizo donde guardaban las herramientas, buscó un hacha pequeña y caminó a duras penas hacia el bosque.

   La mujer siempre lo castigaba haciéndole buscar la leña porque sabía que él odiaba el trabajo duro. En realidad, lo odiaba porque nunca lo había necesitado para vivir, vivía como los pájaros, haciéndose nidos en los árboles y comiendo los frutos que ellos daban, así que su contextura era pequeña y delgada, no apta para esas labores, pero la vieja era bastante egoísta, como cualquier humano, y si podía ahorrarse el trabajo, se lo ahorraba.

   El muchacho llegó hasta una zona donde los árboles caídos formaban un claro, busco todas las ramas pequeñas y las apiló, pero cuando se acabaron, no le quedó otra que tratar de hachar un tronco más grande. Tal hazaña le costaba horrores y le tomaba siempre toda una tarde hacerlo, porque no tenía mucha fuerza. Sin embargo, en todo ese tiempo la mujer nunca iba a controlar si se había escapado, parecía que confiaba mucho en sus artes, aunque él tampoco había intentado escapar en realidad, le daba un poco de miedo que la vieja se enterara y tomara represalias, pero cada vez tenía más ganas de hacerlo, y algún día, quizás, lo hacía.

   En eso ocupaba sus pensamientos cuando fue interrumpido:

   -¡Hey! –gritó alguien desde arriba. -¿Qué estás haciendo?

   El muchacho miró hacia donde venía la voz y vio a una chica de más o menos su edad deslizándose por las ramas de un árbol con la gracia de un felino. Sintió un poco de envidia, ella podía, pensó, él también quería eso. -¡Oh, no! –Gritó la chica cuando estuvo cerca de él. -¿Qué tienen tus alas? ¡Están muy descuidadas! ¿Y qué son estas cosas? -Dijo, refiriéndose a todos los tatuajes que le rodeaban las piernas, los brazos y la base de las alas.

   Las alas de la chica se desplegaban y se cerraban cada vez que lanzaba exclamaciones de asombro.

   -No es nada, unas marcas que me hice. –dijo indiferente. No quería su lástima, no tenía por qué decirle a qué se debían. Ella podía ir por el cielo, saltar de rama en rama, y él tenía que soportar a la vieja que lo amarraba al suelo como si fuese un vulgar humano.

   -Déjame ayudarte, acá tengo algo para las plumas, esto las va a limpiar un poco. –Sacó un frasco con un bálsamo de una bolsa que colgaba de sus caderas.

   -¡No me toques! –gritó enojado, aunque no era enojo en realidad, sino frustración. Ella se apartó un poco asustada, mirándolo con lástima, justo lo que él no quería que hiciera. Sintió más rabia por eso, pero entonces se le ocurrió algo y esta se le pasó. –Bueno… sí hay algo con lo que podrías ayudarme. –le dijo, timidamente.

   -¿Qué es?

   -Tengo que llevar estos leños a una cabaña de por aquí, pero estoy muy débil y enfermo y no puedo cargarlos a todos, ¿Podrías ayudarme a llevarlos? Así me ahorraría de hacer dos viajes, y podría descansar mejor mis alas.

   -¡Claro! –dijo ella, muy contenta de poder serle útil de alguna forma, e hizo una pila de troncos y la levantó; el chico recogió lo que quedaba y se dirigieron hacia la cabaña. Durante el trayecto, la chica se contuvo de preguntar para qué quería los leños o cuál era esa enfermedad que le impedía extender las alas, ya lo había hecho enojar bastante y ella solo tenía buenas intenciones.

   Por suerte, la cabaña no estaba muy lejos. Cuando llegaron, la chica se posó en un pino lejós de aquella y miró todo lo que la rodeaba con sumo cuidado, nunca había estado tan cerca de un nido de humanos. El chico notó la cautela con la que ella se movía, la misma que a él le había faltado tiempo atrás, y pensó que sería divertido asustarla un poco, así que la instó a avanzar.

   -No pasa nada, la mujer que vive aquí me da frutos rojos a cambio de leña. Es buena persona.

   -¿Seguro?

   -Sí –dijo él con una firmeza y una sonrisa de lo más falsa. Ella no se dio cuenta de que mentía, bajó del árbol y dejó los troncos junto a los suyos.

   -¡Volví! –Gritó el chico –¡Traje lo que me pedía, salga por favor!

   La puerta de la cabaña se abrió de golpe y la vieja salió cojeando echa una furia, creía que le había enseñado al muchacho a no andar haciendo barullo fuera de su casa, pero cuando vió que el chico no estaba solo, una siniestra sonrisa se le dibujó en su rostro.

   No les dio tiempo de reaccionar. La bruja corrió hacia la chica mientras recitaba unas palabras en otra lengua, formando una ventisca que la arremolinaba frente a ella, impidiéndole escapar. La muchacha, totalmente asustada, aleteaba frenéticamente y extendía los brazos hacia el chico, que también miraba aterrado lo que estaba pasando y en el frenesí, había caído al suelo.

   -¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! –gritaba entrecortadamente.

   El muchacho solo miraba con profundo horror como se repetía su desgracia. Se había sentido incapaz de moverse hasta que notó que sus tatuajes se desteñían un poco, mientras que la chica iba marcándose con unos exactamente igual. Parecía que la magia de la bruja no era tan poderosa como ella creía, pensó, esta era su oportunidad. No quiso desperdiciarla, solo tenía que alejarse lo suficiente para que el alcance de su magia ya no lo afectara. Salió corriendo hacia el bosque antes de desplegar sus enormes alas con gran regocijo. Ni siquiera se volteó a mirar a la chica. Era un pequeño sacrificio, ella a cambio de mi, pensó, la bruja iba a estar contenta, él libre, y la chica… bueno, se acostumbraría, como debió acostumbrarse él.

   Sintió el viento, las gotas de las nubes, el vértigo de la altura, todas las sensaciones que tanto añoraba lo invadieron en un segundo, pero también, en un segundo se desvanecieron. Comenzó a perder altura, no entendía que pasaba, miró hacia atrás y vio que iba dejando un rastro. ¡Sus alas se estaban desplumando completamente! La impresión fue tan grande que se desmayó mientras caía en picada entre unos pinos.

   Despertó una cuantas horas más tarde, ya era pasada la media noche, tardó un rato en acostumbrarse a la luz de una farola que lo alumbraba. La chica que había querido ayudarlo más temprano, la sostenía cerca de su cara y lo miraba inexpresiva.

   -Te dije que no ibas a llegar muy lejos si escapabas –dijo la vieja socarronamente. Lo agarró del talón y se lo llevó arrastrando hasta la cabaña. Atrás los seguía la chica con la farola, solo desde el suelo él pudo ver que del rostro sin expresión de ella caían gruesas lágrimas, iguales a las suyas.

Marzo.2017
R. M. L. Avena

miércoles, 22 de marzo de 2017

19/Marzo/2017 -Albor

Cuento 9 -"Albor"

     Las noches nunca habían sido tan claras como esa noche.

Pero no era la luna “como un farol” de los poetas, ni las estrellas que escapaban a la contaminación lo que la provocaban. Eran aquellas enormes esferas que crecían como pústulas en el firmamento. Al principio, la gente había creído que las estrellas “se veían más brillantes esa noche” y más de una se había dejado encandilar por las palabras tan bien pronunciadas que venían a continuación, aún sabiéndolas irresponsables. Pero con el pasar de los días, estas luminiscencias habían ido creciendo hasta un punto alarmante en el que era imposible seguir confundiéndolas con estrellas. Fue entonces cuando llegó la alerta a las ciudades y consumió a sus habitantes en una histeria colectiva.

Sin embargo, en ese pueblito donde las primicias llegaban con demora y si alguien se interesaba en ellas era por casualidad, la intranquilidad era tan sosegada que la gente había terminado por aceptar los bólidos como un mero detalle en el paisaje. Por eso, esa noche no era más que otra noche de verano, aunque en pleno julio.

Mariano prácticamente había huido de casa de sus padres con el pequeño Julián. Claro que su hermana, totalmente resignada a sus caprichos, no hubiese puesto resistencia si simplemente le hubiese dicho que se lo llevaba al campo, pero avisar le quitaba la gracia a un buen rapto.

Caminaron entre las plantaciones de manzanos un buen trecho. Cada tanto, Mariano cortaba pequeñas manzanitas verdes que brotaban de los árboles trastornados que los jornaleros se empeñaban en seguir cuidando –a pesar de ser una cosecha perdida- y las arrojaba lo más lejos que podía, al otro lado del vallado; por su parte, Julián había encontrado una rama y la asestaba contra todos los yuyos altos que se le cruzaban.

-Es la primera vez que salgo a esta hora –decía emocionado. -¿Dónde vamos?

-Voy a mostrarte el amanecer.

-Ahh… –Eso no era algo que entusiasmara mucho a un niño de 8 años, pero la idea de salir tan tarde de la casa y sin permiso de su madre era suficiente para mantenerlo caminando como un perrito faldero tras su tío.

Cuando llegaron a una zona donde las plantaciones se habían terminado y se extendía, frente a ellos, un descampado desde el que podía divisarse el horizonte sin ninguna hilera de álamos que se interpusiera, Mariano detuvo la marcha y se sentó en una champa de chipica. Con un gesto de la mano, le indicó a Julián que hiciera lo propio a su lado.

-¿Qué son? –Le dijo Julián, cuando se cansó del silencio.

-Quién sabe.

-La seño dice que son otros soles que Dios mandó porque con uno solo no era suficiente.

Mariano soltó una risita burlona, pero respondió –No sé, quizá tu seño tenga razón.

El calor era agobiante, por la cara de los dos muchachos habían comenzado a caer gotas de sudor que se evaporaban antes de tocar la tierra seca.

-¿Qué hacías cuando tenías mi edad? –parecía que Julián no soportaba mucho tiempo callado.

-Nos íbamos al río y nos tirábamos desde el puente. Era genial para los días calurosos como el de hoy.

-¡Podríamos hacer eso mañana! ¿Creés que mi mamá me deje? Le voy a preguntar. Si no, vos podés convencerla, nunca te dice nada.

-Hey, hey, hey, bajá un cambio, no vamos a poder ir mañana.

-¿Por qué no? –dijo, haciendo pucheros. –¿Te volvés a la ciudad?

Mariano lo miró un momento y se lo pensó mejor. –No, ya no voy a volver. Bueno, está bien, mañana vamos.

-¿Por qué no vas a volver? ¿Ya terminaste de estudiar?

-No… pero me hubiera gustado terminar de estudiar. –Y antes de que Julián pudiese volver a preguntar, señaló el horizonte y distrajo su atención. -¡Mirá! Está amaneciendo.

Ahora sí, Julían dejó que se hiciera el silencio. Algo parecía salir por el horizonte, pero era difícil verlo, la luz de las pústulas cegaban su vista, se restregó el brazo por la cara, como si eso pudiese hacer que su visión mejorara; Mariano pasó el suyo por la frente, el calor había comenzado a quemar la punta de los yuyos, le dijo algo a Julián, pero no se escuchó. Un destello verde se vislumbró durante un segundo en el horizonte y amaneció.

Los días nunca habían sido tan oscuros como lo fue aquel.

R. M. L. Avena

Marzo.2017