jueves, 30 de marzo de 2017

30/Mar/2017 - Desde el suelo

   Cuento 10: Desde el suelo


  -¿Qué estás haciendo? –dijo la mujer, mirándolo enojada. Se la veía tan amenazadora que el chico no se atrevió a seguir rasguñándose el brazo. -¡Echa leña al fuego! –ordenó despiadadamente, quizás así se le quitaba las ganas de hacer tonterías.

   El chico hizo caso de mala gana, ya que no podía negarse. Se miró el brazo donde se había estado arañando, la piel estaba enrojecida y le ardía, pero el tatuaje estaba intacto. Fue a buscar leños afuera de la cabaña, arrastrando los pies. No le gustaba caminar, por eso casi nunca caminaba si podía evitarlo, pero la vieja había atado muy bien sus cadenas y no sabía cómo romperlas.

    -¡Haz bien tu trabajo! –Gritó desde adentro la voz enfurecida de la mujer. –¡Y ni se te ocurra hacer algo para escapar! ¡No vas a llegar muy lejos con esos tatuajes!

   El muchacho estaba enrabiado, pero la vieja tenía razón y eso era lo que más le molestaba. Miró el cielo ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Semanas? ¿Un mes? Extrañaba mucho mojarse con las gotas de las nubes o dormir la siesta desde la copa de algún árbol muy alto y frondoso. ¿A sus compañeros? A ellos no los extrañaba mucho, siempre había sido bastante solitario.

   Luego de dar la vuelta a la cabaña, se dirigió al tacho donde arrojaban los leños recién cortados, pero no había ninguno, “Vieja bruja,” pensó el chico, “ya sabías que no había nada”. Siguió arrastrándose hasta un pequeño cobertizo donde guardaban las herramientas, buscó un hacha pequeña y caminó a duras penas hacia el bosque.

   La mujer siempre lo castigaba haciéndole buscar la leña porque sabía que él odiaba el trabajo duro. En realidad, lo odiaba porque nunca lo había necesitado para vivir, vivía como los pájaros, haciéndose nidos en los árboles y comiendo los frutos que ellos daban, así que su contextura era pequeña y delgada, no apta para esas labores, pero la vieja era bastante egoísta, como cualquier humano, y si podía ahorrarse el trabajo, se lo ahorraba.

   El muchacho llegó hasta una zona donde los árboles caídos formaban un claro, busco todas las ramas pequeñas y las apiló, pero cuando se acabaron, no le quedó otra que tratar de hachar un tronco más grande. Tal hazaña le costaba horrores y le tomaba siempre toda una tarde hacerlo, porque no tenía mucha fuerza. Sin embargo, en todo ese tiempo la mujer nunca iba a controlar si se había escapado, parecía que confiaba mucho en sus artes, aunque él tampoco había intentado escapar en realidad, le daba un poco de miedo que la vieja se enterara y tomara represalias, pero cada vez tenía más ganas de hacerlo, y algún día, quizás, lo hacía.

   En eso ocupaba sus pensamientos cuando fue interrumpido:

   -¡Hey! –gritó alguien desde arriba. -¿Qué estás haciendo?

   El muchacho miró hacia donde venía la voz y vio a una chica de más o menos su edad deslizándose por las ramas de un árbol con la gracia de un felino. Sintió un poco de envidia, ella podía, pensó, él también quería eso. -¡Oh, no! –Gritó la chica cuando estuvo cerca de él. -¿Qué tienen tus alas? ¡Están muy descuidadas! ¿Y qué son estas cosas? -Dijo, refiriéndose a todos los tatuajes que le rodeaban las piernas, los brazos y la base de las alas.

   Las alas de la chica se desplegaban y se cerraban cada vez que lanzaba exclamaciones de asombro.

   -No es nada, unas marcas que me hice. –dijo indiferente. No quería su lástima, no tenía por qué decirle a qué se debían. Ella podía ir por el cielo, saltar de rama en rama, y él tenía que soportar a la vieja que lo amarraba al suelo como si fuese un vulgar humano.

   -Déjame ayudarte, acá tengo algo para las plumas, esto las va a limpiar un poco. –Sacó un frasco con un bálsamo de una bolsa que colgaba de sus caderas.

   -¡No me toques! –gritó enojado, aunque no era enojo en realidad, sino frustración. Ella se apartó un poco asustada, mirándolo con lástima, justo lo que él no quería que hiciera. Sintió más rabia por eso, pero entonces se le ocurrió algo y esta se le pasó. –Bueno… sí hay algo con lo que podrías ayudarme. –le dijo, timidamente.

   -¿Qué es?

   -Tengo que llevar estos leños a una cabaña de por aquí, pero estoy muy débil y enfermo y no puedo cargarlos a todos, ¿Podrías ayudarme a llevarlos? Así me ahorraría de hacer dos viajes, y podría descansar mejor mis alas.

   -¡Claro! –dijo ella, muy contenta de poder serle útil de alguna forma, e hizo una pila de troncos y la levantó; el chico recogió lo que quedaba y se dirigieron hacia la cabaña. Durante el trayecto, la chica se contuvo de preguntar para qué quería los leños o cuál era esa enfermedad que le impedía extender las alas, ya lo había hecho enojar bastante y ella solo tenía buenas intenciones.

   Por suerte, la cabaña no estaba muy lejos. Cuando llegaron, la chica se posó en un pino lejós de aquella y miró todo lo que la rodeaba con sumo cuidado, nunca había estado tan cerca de un nido de humanos. El chico notó la cautela con la que ella se movía, la misma que a él le había faltado tiempo atrás, y pensó que sería divertido asustarla un poco, así que la instó a avanzar.

   -No pasa nada, la mujer que vive aquí me da frutos rojos a cambio de leña. Es buena persona.

   -¿Seguro?

   -Sí –dijo él con una firmeza y una sonrisa de lo más falsa. Ella no se dio cuenta de que mentía, bajó del árbol y dejó los troncos junto a los suyos.

   -¡Volví! –Gritó el chico –¡Traje lo que me pedía, salga por favor!

   La puerta de la cabaña se abrió de golpe y la vieja salió cojeando echa una furia, creía que le había enseñado al muchacho a no andar haciendo barullo fuera de su casa, pero cuando vió que el chico no estaba solo, una siniestra sonrisa se le dibujó en su rostro.

   No les dio tiempo de reaccionar. La bruja corrió hacia la chica mientras recitaba unas palabras en otra lengua, formando una ventisca que la arremolinaba frente a ella, impidiéndole escapar. La muchacha, totalmente asustada, aleteaba frenéticamente y extendía los brazos hacia el chico, que también miraba aterrado lo que estaba pasando y en el frenesí, había caído al suelo.

   -¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! –gritaba entrecortadamente.

   El muchacho solo miraba con profundo horror como se repetía su desgracia. Se había sentido incapaz de moverse hasta que notó que sus tatuajes se desteñían un poco, mientras que la chica iba marcándose con unos exactamente igual. Parecía que la magia de la bruja no era tan poderosa como ella creía, pensó, esta era su oportunidad. No quiso desperdiciarla, solo tenía que alejarse lo suficiente para que el alcance de su magia ya no lo afectara. Salió corriendo hacia el bosque antes de desplegar sus enormes alas con gran regocijo. Ni siquiera se volteó a mirar a la chica. Era un pequeño sacrificio, ella a cambio de mi, pensó, la bruja iba a estar contenta, él libre, y la chica… bueno, se acostumbraría, como debió acostumbrarse él.

   Sintió el viento, las gotas de las nubes, el vértigo de la altura, todas las sensaciones que tanto añoraba lo invadieron en un segundo, pero también, en un segundo se desvanecieron. Comenzó a perder altura, no entendía que pasaba, miró hacia atrás y vio que iba dejando un rastro. ¡Sus alas se estaban desplumando completamente! La impresión fue tan grande que se desmayó mientras caía en picada entre unos pinos.

   Despertó una cuantas horas más tarde, ya era pasada la media noche, tardó un rato en acostumbrarse a la luz de una farola que lo alumbraba. La chica que había querido ayudarlo más temprano, la sostenía cerca de su cara y lo miraba inexpresiva.

   -Te dije que no ibas a llegar muy lejos si escapabas –dijo la vieja socarronamente. Lo agarró del talón y se lo llevó arrastrando hasta la cabaña. Atrás los seguía la chica con la farola, solo desde el suelo él pudo ver que del rostro sin expresión de ella caían gruesas lágrimas, iguales a las suyas.

Marzo.2017
R. M. L. Avena

miércoles, 22 de marzo de 2017

19/Marzo/2017 -Albor

Cuento 9 -"Albor"

     Las noches nunca habían sido tan claras como esa noche.

Pero no era la luna “como un farol” de los poetas, ni las estrellas que escapaban a la contaminación lo que la provocaban. Eran aquellas enormes esferas que crecían como pústulas en el firmamento. Al principio, la gente había creído que las estrellas “se veían más brillantes esa noche” y más de una se había dejado encandilar por las palabras tan bien pronunciadas que venían a continuación, aún sabiéndolas irresponsables. Pero con el pasar de los días, estas luminiscencias habían ido creciendo hasta un punto alarmante en el que era imposible seguir confundiéndolas con estrellas. Fue entonces cuando llegó la alerta a las ciudades y consumió a sus habitantes en una histeria colectiva.

Sin embargo, en ese pueblito donde las primicias llegaban con demora y si alguien se interesaba en ellas era por casualidad, la intranquilidad era tan sosegada que la gente había terminado por aceptar los bólidos como un mero detalle en el paisaje. Por eso, esa noche no era más que otra noche de verano, aunque en pleno julio.

Mariano prácticamente había huido de casa de sus padres con el pequeño Julián. Claro que su hermana, totalmente resignada a sus caprichos, no hubiese puesto resistencia si simplemente le hubiese dicho que se lo llevaba al campo, pero avisar le quitaba la gracia a un buen rapto.

Caminaron entre las plantaciones de manzanos un buen trecho. Cada tanto, Mariano cortaba pequeñas manzanitas verdes que brotaban de los árboles trastornados que los jornaleros se empeñaban en seguir cuidando –a pesar de ser una cosecha perdida- y las arrojaba lo más lejos que podía, al otro lado del vallado; por su parte, Julián había encontrado una rama y la asestaba contra todos los yuyos altos que se le cruzaban.

-Es la primera vez que salgo a esta hora –decía emocionado. -¿Dónde vamos?

-Voy a mostrarte el amanecer.

-Ahh… –Eso no era algo que entusiasmara mucho a un niño de 8 años, pero la idea de salir tan tarde de la casa y sin permiso de su madre era suficiente para mantenerlo caminando como un perrito faldero tras su tío.

Cuando llegaron a una zona donde las plantaciones se habían terminado y se extendía, frente a ellos, un descampado desde el que podía divisarse el horizonte sin ninguna hilera de álamos que se interpusiera, Mariano detuvo la marcha y se sentó en una champa de chipica. Con un gesto de la mano, le indicó a Julián que hiciera lo propio a su lado.

-¿Qué son? –Le dijo Julián, cuando se cansó del silencio.

-Quién sabe.

-La seño dice que son otros soles que Dios mandó porque con uno solo no era suficiente.

Mariano soltó una risita burlona, pero respondió –No sé, quizá tu seño tenga razón.

El calor era agobiante, por la cara de los dos muchachos habían comenzado a caer gotas de sudor que se evaporaban antes de tocar la tierra seca.

-¿Qué hacías cuando tenías mi edad? –parecía que Julián no soportaba mucho tiempo callado.

-Nos íbamos al río y nos tirábamos desde el puente. Era genial para los días calurosos como el de hoy.

-¡Podríamos hacer eso mañana! ¿Creés que mi mamá me deje? Le voy a preguntar. Si no, vos podés convencerla, nunca te dice nada.

-Hey, hey, hey, bajá un cambio, no vamos a poder ir mañana.

-¿Por qué no? –dijo, haciendo pucheros. –¿Te volvés a la ciudad?

Mariano lo miró un momento y se lo pensó mejor. –No, ya no voy a volver. Bueno, está bien, mañana vamos.

-¿Por qué no vas a volver? ¿Ya terminaste de estudiar?

-No… pero me hubiera gustado terminar de estudiar. –Y antes de que Julián pudiese volver a preguntar, señaló el horizonte y distrajo su atención. -¡Mirá! Está amaneciendo.

Ahora sí, Julían dejó que se hiciera el silencio. Algo parecía salir por el horizonte, pero era difícil verlo, la luz de las pústulas cegaban su vista, se restregó el brazo por la cara, como si eso pudiese hacer que su visión mejorara; Mariano pasó el suyo por la frente, el calor había comenzado a quemar la punta de los yuyos, le dijo algo a Julián, pero no se escuchó. Un destello verde se vislumbró durante un segundo en el horizonte y amaneció.

Los días nunca habían sido tan oscuros como lo fue aquel.

R. M. L. Avena

Marzo.2017

sábado, 11 de marzo de 2017

11/Marzo/2017 - Tunuyán


Poesía 8: Tunuyán


Regresé otra vez a un sur olvidado,
A mirar un cielo harto de estrellas
A lindar una montaña nevada.

¿Por qué querría vivir en querellas
Con quién fui y volver donde no soy nada?
De cada yo alterna que hubo, huí de ellas.

Pero en un segundo fui repatriada,
A delinear un cordón de vereda,
A henchir sentidos de vida añorada.

Bastó un segundo. La niñez se queda,
La vida después de ella se olvida,
Todo ese tiempo atorado que queda
En solo un abrazo de despedida.


R. M. L. Avena

Marzo.2017

viernes, 3 de marzo de 2017

Sputnik

Cumplidas dos hora del despegue, un estimativo 22 de febrero de 1965, Alexei K. controlaba que todo el sistema operara acorde al plan de los ingenieros. No había nada de qué preocuparse, él tenía todo bajo control. De ese modo se limitaba a responder en las escuetas interacciones con la base, ya que se le exigía dar prioridad a los informes sobre su salud y el mantenimiento del transbordador durante el periodo de comunicación radial. Cubrir él solo esas obligaciones de incisivo chequeo, que hubieran correspondido a dos personas, quedó bajo su entera responsabilidad luego de que la cosmonauta que debiera acompañarlo fuera removida de la misión a último momento, a causa de una súbita enfermedad, sin dar tiempo a los científicos de buscarle un sustituto.

Gradualmente, el transbordador había dejado la blancura de la Tierra y había comenzado a penetrar en una inmensa extrañeza enajenadora. Las agujas, como siempre, marcaban los números esperados. La oscuridad adquiría un nuevo significado en la inmensidad del espacio exterior, como si la Tierra fuera ajena al universo circundante y la que en ella se manifestara fuera en realidad, una especie de terror infantil. El cosmonauta miraba por el ojo de buey como el planeta se alejaba y recordaba las palabras de Gagarin, la vista era hermosa, en efecto, pero lo que podía ver en torno al planeta, no tenía nombre.

12 horas transcurrieron con él respetando una impecable rutina, sin ningún desperfecto apreciable. Los físicos, ingenieros y el mismo Alexei K. estaban orgullosos del desempeño de la Voskhod; todo marcha a buen puerto, pensaba extasiado, los vientos imaginarios del espacio les eran favorables. Gracias a esa tranquilidad que le traía el cumplimiento adecuado de su deber, la certeza del éxito y la soledad del viaje, pasaba cada nueva hora divagando sobre aspectos filosóficos de su vida o del género humano. Y así, su primer “día” en órbita concluyó y satisfecho, se fue a dormir.

Si bien era difícil inducirse el sueño al no haber cambios de iluminación, el entrenamiento especial en los simuladores de la Tierra lo habían preparado para esta nueva situación y luego de unos momentos, estaba sumido en el mundo onírico.

TONC.

Alexei despertó bruscamente. La chapa de metal había transmitido claramente el sonido de un golpe en la escotilla. Se dirigió al sitio para hacer los escrutinios correspondientes dentro de la cabina, sin embargo, no encontró nada fuera de lugar y puesto que, pasado unos minutos, el eco del ruido empezó a perder fuerza en su cabeza, se fue a dormir preguntándose si no lo habría soñado. Al despertar, desestimó el suceso y no se molestó en informarlo a la base.

Pero ocurrió que, cumplidas las 37 horas del lanzamiento, cuando estaba nuevamente por dormirse, el ruido metálico volvió a repetirse en el mismo lugar.

Esta vez, azorado, convencido de que no había imaginado ni soñado aquel ruido, revisó todo el armatoste con la mayor escrupulosidad, pero aún sin encontrar la causa. Lo único que le quedaba por considerar era que el golpe hubiese venido de afuera. Seguramente, algún resto de los cohetes auxiliares se había quedado adherido a la cobertura en el momento del desprendimiento, o tal vez, en esos momentos se encontraba atravesando una ruta de asteroides y alguno pequeño había golpeado el lado derecho de la nave. Se convenció de los hechos y dado que no tenía como constatarlos, trató de descansar un rato más antes de que lo contactaran de la Tierra.

Pero ya no hubo forma de que pudiera dormir.

TONC TONC TONC, resonaba insistentemente en la escotilla. El ruido se repitió en una serie de cuatro intervalos de 15 minutos cada uno y era tan parecido al que hacían las visitas en la puerta de su casa en la Tierra, que empezó a sospechar que el efecto anecoico de la nave lo estaba perturbando. Afortunadamente, tras la cuarta repetición, los golpeteos se cortaron tan bruscamente como habían empezado y Alexei pudo dormir en paz.

Despertó un par de horas después con el pitido de la radio y la titilante luz roja en el panel. Maldijo entre dientes y corrió a contactarse con la agencia espacial. No sabía desde cuando habían estado tratando de comunicarse con él. Lo primero que hizo fue notificarlos sobre los extraños ruidos que había estado sintiendo, con la esperanza de que desde la base pudieran brindarle alguna explicación, pero todo lo que le dijeron fue que la Voskhod no mostraba ninguna anomalía. Le hicieron algunas preguntas sobre las características del ruido y otras cosas más y le pidieron que conservara la calma, llevaba muchas horas en la soledad e ingravidez y lo más probable era que se tratara de un pico de estrés.

Él también lo creyó así, ya que el sonido no había vuelto a oírse. ¿Y si realmente había sido un producto de su mente cansada? Su examen físico y el rendimiento de su cuerpo a las exposiciones adversas habían sido tan favorables que le extrañaba estar sufriendo tan pronto los trastornos espaciales, como si fuera un novicio. Se volvió a su asiento y se ajustó los cintos de seguridad, se propuso continuar el viaje practicando algunas técnicas de relajación.

Justo en el momento en que expiraba, exhalaba y trataba de dejar su mente en blanco, la titilante luz roja y el pitido volvieron a producirse en el panel, y el cosmonauta se desabrochó los cinturones y saltó de su asiento casi al instante. Era la base otra vez, llamándolo para avisarle que habían encontrado un desperfecto, pensó. Pero cuando activó la comunicación, apenas pudo escuchar lo que le decían a causa de una inusual interferencia.

No era la base: podía oír la voz ahogada de una mujer dando algunas indicaciones.

-¿Hola? Hay demasiada interferencia –Él le decía.

-Tod- ba-…La velocidad-…sup-.. –respondía la mujer.

Se oía bastante mal, y no parecía que ella lo escuchara en realidad.

-¿Puede repetir? –Le decía una y otra vez, pero la mujer continuaba dando detalles del estado del transbordador que apenas se escuchaban. Finalmente, la comunicación se cortó y Alexei quedó con los auriculares en la mano, sin entender que había ocurrido.

Trató de continuar con lo que había estado haciendo antes de ser interrumpido, pero esa no fue la última vez que la inusual sintonización se produjo. Durante las siguientes 7 horas, la inexplicable llamada vino a reemplazar el molesto ruido metálico. Alexei no podía discernir cuándo se trataba de la base y cuando de la mujer, lo que lo ponía cada vez más nervioso. De nada le servía pedir ayuda a los científicos, que aseguraban con firmeza que sus registros radiofónicos no habían captado nada de lo que él afirmaba escuchar. ¿Estaba enloqueciendo? No, los sistemas de grabación que habían instalado no debían de estar funcionando bien, tenía que recordar notificar eso en la próxima comunicación con la agencia.

De pronto, en algunas llamadas de la mujer, a veces la interferencia menguaba y era capaz de entender claramente frases cortas que ella repetía con asiduidad. Algunas sin mucho sentido como “Hace demasiado calor” “Algo se mueve” “No está funcionando”, y otras preocupantes como “Misión Voskhod” “Aquí Duscha ¿Me oyen? …” “Aborten la misión”, que lo conmocionaban.

¿Había oído bien? Él sabía quién era la mujer. Duscha era la compañera que debía acompañarlo en el viaje. ¿Duscha era? Tal vez se equivocaba, no estaba seguro, ¿era Duscha realmente? Quizá la mente le jugaba una mala pasada y en realidad se llamaba Dasha o Dascha. Pero no era eso lo que más lo angustiaba, sino que ella decía estar ahí, en la Voskhod que él mismo abordaba. ¿O era otra Voskhod? Eso no era posible. Esas conjeturas solo lograban dejarlo más intranquilo. ¿Y por qué quería que abortaran la misión?

Tantas preguntas sin respuestas lo estaban extenuando. De repente, ya no estaba seguro de nada y se preguntaba si ese no era algún otro efecto no registrado del síndrome de adaptación ¿O era un principio de ebullición?.... Probablemente no, pero revisó su traje por la dudas.

Cumplidas las 98 horas del lanzamiento, el transbordador había alcanzado el punto culmine del viaje y comenzaba a dar la vuelta hacia la base terrestre. El cosmonauta ya no sabía qué más hacer para mantener el estrés a raya. Ahora, su mente imaginaba que algo provocaba ruidos en el módulo de instrumentos y servicios, los objetos parecían moverse solos, e incluso en la propia cabina las cosas se caían sin motivo. Alexei se esforzaba por ignorar todas aquellas cosas, atribuyéndolas al excesivo cansancio, ya que le costaba mucho conciliar el sueño a causa de la aberrante oscuridad, aún cuando en un inicio ese no había sido un problema. El cambio de ciclo lo estaban desgastando, pensaba. Pero la verdad era que cada vez que lograba dormirse, era atormentado por terribles pesadillas donde Duscha aparecía en la cabina rogándole por ayuda y antes de que él pudiera hacer algo, esta moría por la descompresión, entonces él despertaba ardiendo en fiebre y ya no podía volver a dormir.

Eventualmente, dejó de responder a la luz roja y pitidos de la radio, perdiendo  el contacto con la agencia espacial. Estaba completamente aterrado, creyéndose gravemente enfermo, apenas podía discernir la vigilia del sueño y sus pesadillas habían comenzado a producirse a cualquier hora: en un rincón de la cabina, la figura de una mujer se manifestaba como una sombra y caminaba hacía el panel de control, él solo podía gritarle desde un rincón opuesto que lo dejara solo.

Finalmente, la Voskhod aterrizó en la estación terrestre luego de 196 horas de viaje. En la agencia espacial, todo el personal la esperaba expectante. La muerte del cosmonauta era algo que no podían permitirse, atentaba contra futuros proyectos. Para evitar la prensa indeseada en el momento de abrir el transbordador, emitieron un comunicado anunciando que la Voskhod había formado parte de una misión no tripulada a la que llamaron Kosmos 57, y que lamentablemente, había padecido un desperfecto y se había destruido mientras orbitaba el planeta. Nadie volvió a mencionar a Alexei K., pero no faltaba quién se preguntara que había sido de él y qué hallarían en el interior de la nave al abrir la escotilla.

Por fin, la chapa de metal corroída un poco por la atmósfera, cayó y dejó ver a los científicos, el interior del transbordador. Era un desastre. Todos los objetos estaban desparramados, algunos cables habían sido arrancados, todo estaba muy maltratado, como si en su interior se hubiese librado una batalla, y en una esquina, acurrucado en posición fetal, el cosmonauta dado por muerto.

El hecho provocó que la gente corra de un lado a otro por la estación, pidiendo médicos, haciendo llamadas, constatando registros, todos estaban sorprendidos, ya que cuando se había cortado la comunicación, las esperanzas de hallarlo con vida habían dado de bruces contra el suelo.

Lograron sacarlo con dificultad de la cápsula, ya que no quería salir, lo único que hacía cuando le hablaban era preguntar por Duscha.

-Duscha Duscha –decía y lanzaba un borbotón de murmullos inentendibles.

Un joven pasante que había tenido la fortuna de asistir la llegada de la Voskhod, pasó justo por su lado cuando lo llevaban para asistirlo y lo escuchó mencionar a la mujer.

-¿La señorita Duscha V. era su compañera, verdad? Usted estaba en la misión cuando la velaron. Lo siento mucho.

Alexei K. ni siquiera lo escucho, siguió mirando al frente inmutable y murmurando quién sabe qué cosas onerosas sobre una tal Duscha en una oscuridad aberrante.


R. M. L. Avena

2.Marzo.2017