El
frío.
El
frío nunca desaparecía y sin embargo, ellos no podían sentirlo.
Acurrucados
en el fondo de una caverna, aquel grupo pequeño de gente veía crecer entre
ellos la desesperación y el desconsuelo al comprender que eran los últimos
sobrevivientes de su raza, el resultado de la caída de toda una civilización. Millones
de años de avances y retrocesos; de guerras, cultura, tecnología, religión y
sociedad… de historia. Reducidos a polvo y nada. Lo único que les quedaba de su
anterior vida eran ellos mismos y el frío.
Entre
toda esa desesperación y desconsuelo la ira comenzó a alimentarse también y,
dentro de ellos, se expandió como oleadas de calor que aumentaban y disminuían
como el oleaje se acerca y se aleja de la ribera.
Todas
las peleas contenidas, la impotencia de ver caer muertos a familiares y amigos
sin poder reaccionar, y la vergonzosa huida que pudo salvarlos, engendraron el
odio. Ese odio, que no abandonó nunca más sus pensamientos y sus cuerpos,
canalizó en arrebatada ira y fue para algunos la única salida y el único
resguardo que encontraron para su gente.
Entre
todas esas miradas devastadas, ella sobresalía por sus grandes ojos. Su
perspicacia y sensibilidad le habían permitido ver todas estas emociones
encontradas dentro suyo, reflejadas a gran escala en los rostros de todos los
sobrevivientes. La estremecían.
Completamente
sola, merodeaba entre aquellas familias incompletas observando cada cambio que
se producía sin dejar de reconocer en aquellas caras desconocidas a su propia
familia. Imaginarlas en su misma situación o aún peor, no poder imaginarlas
siquiera, la hacían temblar.
En
todo aquel mar de quejas y lamentos, los ojos de ella se detenían solo para
observarlo a él, Iíguish. Aquel muchacho fuerte y jovial que conoció alguna
vez, ahora se quemaba en una ardiente llama de ira.
La
caverna misma era un revoltijo entre caídos e incendiados, unos querían
enterrarse en esas cuevas profundas con sus penas y los otros exigían
levantarse y cobrar venganza.
Escuchó
los gritos. Los sollozos entrecortados se mezclaron con los aullidos rabiosos.
Ellos querían el pago, querían salir a cazar y hacer de sus exterminadores sus
presas. Querían desayunar sangre ese día.
Por
fin, la pelea terminó, ambos creyéronse vencedores, partieron furiosos a la
guerra los unos y se resguardaron temerosos en la cueva los otros. Desde el
fondo, vió a Iíguish entre el tumulto que salía de la caverna muy decidido. Un
remolino de sensaciones se desató en su interior; el miedo, la angustia y su
propio odio se debatieron el puesto principal. En el fondo, ella era una caída,
quería quedarse en lo profundo de la tierra y no volver a la superficie nunca
más. No quería volver a ver al monstruo que la había arrancado de su familia y
de su vida y quería que Iíguish lo deseara tanto como lo deseaba ella. Sin
embargo, Iíguish era de otra madera.
En
la superficie, la tierra absorbía cuanto podía de la escasa luz solar que le
llegaba. Las estepas, peñascos, montañas, valles, todos los accidentes
geográficos eran una uniforme extensión de blanca nieve que nunca había dejado
conocer lo que era la vegetación, y sus bosques, eran de estalagmitas y
estalactitas.
El
silencio allí era total, era el constante silbido del viento que nunca cesaba.
El único movimiento que se percibía era el de la nieve cuando las tormentas,
como a dunas en los desiertos, las acumulaba en nuevos recodos.
Los
depredadores caminaban lentamente por la explanada blanca. Eran torpes, pero no
necesitaban agilidad, les bastaba con su piel metálica y dura, que brillaba con
intensidad y que en vez de romperse, se maleaba; y con sus armas, de tecnología
superior. Hundían sus pesados pies demasiados centímetros en la nieve, apenas
resistían las bajas temperaturas o el viento contrario que siempre abatía como
una constante.
Los
monstruos hablaban. También tenían una lengua, una civilización, un hogar al
cual volver. Estaban cansados, bromeaban sobre lugares mejores para estar en
comparación con ese, sobre brebajes ideales para sentirse mejores y calientes
al instante, o contaban cuanto extrañaban a sus familias y cuantos años de
viaje sideral los separaba de ellas.
Aunque
incomprensible, ellos decían:
“Vamos
muchachos, no podemos dejar ninguno con vida. Ese es todo nuestro trabajo.”
“Este
planeta será nuestro manantial,”, decía otro, “hay tanta agua como para llenar
todos los mares otra vez.”
“También
podría ser nuestro congelador industrial.”
Algunos
rieron sin muchas ganas.
De
este modo transcurría gran parte de su camino, hasta que se vieron obligados a
detenerse.
Varias
siluetas blancuzcas se marcaban en el horizonte, asomando entre las formaciones
rocosas. Buscándolos. Esperándolos. Esta vez, no se confundían con la nieve
gracias a los débiles rayos de un sol que amanecía.
Unas
manos frías se apoyaron en el cuerpo aún caliente. Iíguish, con un último soplo
de sentidos, se dejo tocar, ya sin miedo. Alguien lo dio vuelta y le sacudió la
nieve del rostro. La sangre gris que salía a borbotones de la herida abierta volvía agua la nieve de alrededor.
Abrió
los ojos apenas, los párpados le pesaban como si fuesen cortinas de hierro.
Cuando logró enfocar la vista, la vió, inclinada sobre su rostro, con los ojos
tan abiertos como platos y el rostro tan apacible como si allí no hubiese
ocurrido nada. Se dejó arrastrar por la última oleada que menguaba y volvía a
la mar, por una tranquilidad que solo la certeza de la muerte puede traer, y
agradecido de que fuera ella lo último que vieran sus ojos, susurró algo
inaudible y se desvaneció.
Ella
supo por sus labios que el sonido perdido fue su propio nombre, y al saber,
gruesos goterones cayeron sin detenerse por sus mejillas, descolgados de sus
pestañas, que llegaban a Iíguish vueltos cristal.
Y
el frío, el helado frío que siempre había estado allí, arremetió con furia en
su pecho y caló hasta lo más hondo de su alma como nunca antes lo había hecho.
Alzó
su rostro al cielo y gritó todo su dolor, que había desbordado por fin. Y el
grito, hielo silbante, llegó a los oídos humanos que se acercaban siguiendo
victoriosos el rastro de los incendiados que habían derretido la nieve mientras
caían, pero todo lo que ellos oyeron fue el silencio del viento del lugar.
Marzo.2015
R. M. L. Avena