martes, 31 de marzo de 2015

El grito en el viento

El frío.
El frío nunca desaparecía y sin embargo, ellos no podían sentirlo.
Acurrucados en el fondo de una caverna, aquel grupo pequeño de gente veía crecer entre ellos la desesperación y el desconsuelo al comprender que eran los últimos sobrevivientes de su raza, el resultado de la caída de toda una civilización. Millones de años de avances y retrocesos; de guerras, cultura, tecnología, religión y sociedad… de historia. Reducidos a polvo y nada. Lo único que les quedaba de su anterior vida eran ellos mismos y el frío.
Entre toda esa desesperación y desconsuelo la ira comenzó a alimentarse también y, dentro de ellos, se expandió como oleadas de calor que aumentaban y disminuían como el oleaje se acerca y se aleja de la ribera.
Todas las peleas contenidas, la impotencia de ver caer muertos a familiares y amigos sin poder reaccionar, y la vergonzosa huida que pudo salvarlos, engendraron el odio. Ese odio, que no abandonó nunca más sus pensamientos y sus cuerpos, canalizó en arrebatada ira y fue para algunos la única salida y el único resguardo que encontraron para su gente.
Entre todas esas miradas devastadas, ella sobresalía por sus grandes ojos. Su perspicacia y sensibilidad le habían permitido ver todas estas emociones encontradas dentro suyo, reflejadas a gran escala en los rostros de todos los sobrevivientes. La estremecían.
Completamente sola, merodeaba entre aquellas familias incompletas observando cada cambio que se producía sin dejar de reconocer en aquellas caras desconocidas a su propia familia. Imaginarlas en su misma situación o aún peor, no poder imaginarlas siquiera, la hacían temblar.
En todo aquel mar de quejas y lamentos, los ojos de ella se detenían solo para observarlo a él, Iíguish. Aquel muchacho fuerte y jovial que conoció alguna vez, ahora se quemaba en una ardiente llama de ira.
La caverna misma era un revoltijo entre caídos e incendiados, unos querían enterrarse en esas cuevas profundas con sus penas y los otros exigían levantarse y cobrar venganza.
Escuchó los gritos. Los sollozos entrecortados se mezclaron con los aullidos rabiosos. Ellos querían el pago, querían salir a cazar y hacer de sus exterminadores sus presas. Querían desayunar sangre ese día.
Por fin, la pelea terminó, ambos creyéronse vencedores, partieron furiosos a la guerra los unos y se resguardaron temerosos en la cueva los otros. Desde el fondo, vió a Iíguish entre el tumulto que salía de la caverna muy decidido. Un remolino de sensaciones se desató en su interior; el miedo, la angustia y su propio odio se debatieron el puesto principal. En el fondo, ella era una caída, quería quedarse en lo profundo de la tierra y no volver a la superficie nunca más. No quería volver a ver al monstruo que la había arrancado de su familia y de su vida y quería que Iíguish lo deseara tanto como lo deseaba ella. Sin embargo, Iíguish era de otra madera.

En la superficie, la tierra absorbía cuanto podía de la escasa luz solar que le llegaba. Las estepas, peñascos, montañas, valles, todos los accidentes geográficos eran una uniforme extensión de blanca nieve que nunca había dejado conocer lo que era la vegetación, y sus bosques, eran de estalagmitas y estalactitas.
El silencio allí era total, era el constante silbido del viento que nunca cesaba. El único movimiento que se percibía era el de la nieve cuando las tormentas, como a dunas en los desiertos, las acumulaba en nuevos recodos.
Los depredadores caminaban lentamente por la explanada blanca. Eran torpes, pero no necesitaban agilidad, les bastaba con su piel metálica y dura, que brillaba con intensidad y que en vez de romperse, se maleaba; y con sus armas, de tecnología superior. Hundían sus pesados pies demasiados centímetros en la nieve, apenas resistían las bajas temperaturas o el viento contrario que siempre abatía como una constante.
Los monstruos hablaban. También tenían una lengua, una civilización, un hogar al cual volver. Estaban cansados, bromeaban sobre lugares mejores para estar en comparación con ese, sobre brebajes ideales para sentirse mejores y calientes al instante, o contaban cuanto extrañaban a sus familias y cuantos años de viaje sideral los separaba de ellas.
Aunque incomprensible, ellos decían:
“Vamos muchachos, no podemos dejar ninguno con vida. Ese es todo nuestro trabajo.”
“Este planeta será nuestro manantial,”, decía otro, “hay tanta agua como para llenar todos los mares otra vez.”
“También podría ser nuestro congelador industrial.”
Algunos rieron sin muchas ganas.
De este modo transcurría gran parte de su camino, hasta que se vieron obligados a detenerse.
Varias siluetas blancuzcas se marcaban en el horizonte, asomando entre las formaciones rocosas. Buscándolos. Esperándolos. Esta vez, no se confundían con la nieve gracias a los débiles rayos de un sol que amanecía.

Unas manos frías se apoyaron en el cuerpo aún caliente. Iíguish, con un último soplo de sentidos, se dejo tocar, ya sin miedo. Alguien lo dio vuelta y le sacudió la nieve del rostro. La sangre gris que salía a borbotones de la herida abierta volvía agua la nieve de alrededor.
Abrió los ojos apenas, los párpados le pesaban como si fuesen cortinas de hierro. Cuando logró enfocar la vista, la vió, inclinada sobre su rostro, con los ojos tan abiertos como platos y el rostro tan apacible como si allí no hubiese ocurrido nada. Se dejó arrastrar por la última oleada que menguaba y volvía a la mar, por una tranquilidad que solo la certeza de la muerte puede traer, y agradecido de que fuera ella lo último que vieran sus ojos, susurró algo inaudible y se desvaneció.
Ella supo por sus labios que el sonido perdido fue su propio nombre, y al saber, gruesos goterones cayeron sin detenerse por sus mejillas, descolgados de sus pestañas, que llegaban a Iíguish vueltos cristal.
Y el frío, el helado frío que siempre había estado allí, arremetió con furia en su pecho y caló hasta lo más hondo de su alma como nunca antes lo había hecho.
Alzó su rostro al cielo y gritó todo su dolor, que había desbordado por fin. Y el grito, hielo silbante, llegó a los oídos humanos que se acercaban siguiendo victoriosos el rastro de los incendiados que habían derretido la nieve mientras caían, pero todo lo que ellos oyeron fue el silencio del viento del lugar.

Marzo.2015

R. M. L. Avena

jueves, 19 de marzo de 2015

Luz y oscuridad


Luz.
Encendió el fósforo en tan solo un segundo y la claridad se expandió lentamente desde el extremo carmesí, como dibujada, como coloreada por una mano hábil en una circunferencia perfecta que alcanzó apenas sus pestañas y rozó levemente la piel de su cara. Pintó a una de marrón y a la otra de un sonrosado vital.
Índice y pulgar, juntos, trazaron un nombre en la oscuridad y el fuego residual quedó micrométricos segundos suspendido en el aire. Siendo ese nombre.
Siendo todo lo que implicaba ese nombre.
Oscuridad.
Sus pensamientos la apabullaban. ¿Y si…? Pero no. Algunos cruces casuales y ella había quedado totalmente prendada de él. Algunas charlas y ya no podía dejar de ver lo que se había fijado en su retina con tanta fuerza. ¿Y si sentía él lo mismo cuando se la cruzaba? Pensaba… Pero no. Era imposible. Sentía que era imposible que alguien se fijase en ella.
Luz.
Otro fósforo raspó veloz el borde de la caja.
El reflejo de la luz era el mismo que sus ojos. No iba a pensar nada más… Su corazón latía sin pausa y no podía dormir. Las sensaciones eran placenteras. Ahora solo veía la llama azul como fascinada, pululaba en el vacío oscuro de la habitación, retenida por un trozo de madera. ¿Y si la dejaba volar?
Oscuridad.
Sopló fuerte el cerillo antes de que se consumiera el palito y alcanzara sus dedos. Se sentía tonta. Recordaba la última vez que habían hablado y las cosas que le había dicho. Eran pocas, pero suficientes como para avergonzarse de ellas.
No había colores, no había vida, no había verdad en tanta oscuridad, pero podía sentir el calor asentarse en sus mejillas y la angustia aplastar su pecho con tanta intensidad, que casi podía creer que realmente estaba el mundo allí, detrás del manto negro.
Luz.
Su vista se aclimataba de nuevo a la vida y todas aquellas sensaciones se perdían como si nunca hubiesen existido. Apenas podía recordarlas. Ahora pensaba ¿Volveré a verlo mañana?
Su hermana se removió en la cama de al lado y ante el temor de despertarla, sopló con todo su entusiasmo y se entregó a posibles sueños agradables.
Oscuridad.
El último fósforo de la noche se apagó. Intermitente, como su corazón.
Marzo 2015
R. M. L. Avena