Yo estaba en mi habitación
Limpiando de cada estante
El polvo depositado
En mi biblioteca grande,
Cuando vi en ella labrado
Un muy extraño pasaje:
“Óigame usted la advertencia
Esta que le estoy por hacer,
Huya de cada palabra,
Pero antes, atiéndame”
Así, con algo de enigma,
rezaba la prima frase
y yo continué lectura
con renovado coraje:
“De los muebles que usted tiene
Soy la que en su interior trae
Mil murmullos para escuchar
Y mi sapiencia es tan grande
Que a todos puedo recordar.
“No creas lo que se sabe
de la historia aterradora
del monstruo cosido a partes,
él solo quería un poco
del afecto de su padre,
y si mató a la familia
de aquel que lo despreciase
no fue en verdad su culpa,
sino de un destino infame.
“Siempre es más trágico el amor
De Píramo y Tisbe en parte,
O Romeo y Julieta mejor
pero lo piensa, ignorante,
el que nunca escuchó hablar
de Elea, la que envenena,
sin darse cuenta del error,
a su tan preciado amante
que hasta el final la siguió.
“Puedo contarte de un viaje
que nunca se realizó,
de un pájaro que fue padre
y del miedo que sufrió.
Al infierno obtuvo un pase,
Entre perfidias se hundió
Pero, de su acto cobarde,
una esperanza anhelante
y oportuna, lo apartó.
“Usted siguió adelante,
Pese al defecto que tengo
De contarle los finales
A desgraciados lectores
Que de escucharme se placen.”
Llegó a su fin el relato
pero para mí era tarde,
el libro que me tenía
atrapada con su enganche,
la taimada biblioteca
de muchas voces parlante
lo arruinó sin enterarse.