El
príncipe caminaba con el candelabro en la mano guiando a la bella princesa por
las tétricas paredes de fría piedra. Alta, fría y oscura piedra. Tan alta y tan
oscura era que los recovecos y el techo no se alcanzaban a distinguir. Ese
pasillo tan sombrío erizaba la piel de la jovencita, sin embargo, el príncipe
parecía no tener miedo, él era valiente y fuerte.
Aunque
ella caminaba con la cabeza alta, alzando su vestido para no pisarlo y con un paso
seguro que no demostraba que en su corazón sentía todo lo contrario, por dentro
lo único que deseaba era salir de aquel lugar cuanto antes y entregaba toda su
confianza al hombre que había ido a rescatarla. En momentos como esos ella
quería ser como él: valiente, fuerte y seguro, no la frágil mujer que no sabía
como defenderse y que tampoco había podido sacarla de allí.
Seguían
un camino que no podía descifrar, todas las habitaciones y los pasillos eran
iguales para ella. Cada tanto, alguna puerta aparecía a su lado y ella temía
que la maciza madera crujiera, se abriera, y algo saliera del interior de la
habitación y los engullera sin darles tiempo para evitarlo. Sus pasos resonaban
ensordecedoramente, cada pequeño ruido que hacían le daba la sensación de que estaban
conduciendo a un silencioso monstruo hacia ellos.
¿Cuánto
tiempo llevaban caminando? Mucho sin duda, era enorme ese castillo, sus pies le
dolían, se cansaba más cuando tenían que bajar alguna escalera. El príncipe no
mostraba debilidad, solo podía ver su refulgurante espalda, su silueta se
marcaba con la luz de la vela y podía imaginar un rostro apacible y
concentrado.
Pronto,
los posibles enemigos silenciosos dejaron de preocuparla, nada había
interferido sus caminos en todo ese tiempo y esa terrible ausencia era lo que
ahora la atormentaba.
Solo
ahora podía preguntarse con horror cómo había podido estar encerrada allí tanto
tiempo, desconociendo todo lo que la rodeaba, quiénes habitaban el castillo o
quién le dejaba el alimento que siempre encontraba en su pieza al despertar. Comenzó
a temblar. Con el temblor vino también el hielo desgarrador que cuajaba en su
piel, se le erizaban los pelos en sus brazos desnudos…le parecía sentir un
aliento gélido en su nuca, pero cuando volteaba bruscamente se encontraba con
un vacío y una profundidad infernales.
Añoraba
la luz del sol. El lugar donde la confinaban era muy parecido a su antigua
habitación, nunca había sido privada de las comodidades a las que estaba
acostumbrada más que con el encierro y la soledad, hasta podía admitir que el lugar
era confortable. Por eso, cuando notó que aquellos rectángulos oscuros en las
paredes eran ventanas tapiadas que no tenían ninguna hendija por la que pudiera
colarse la luz, comenzó a desear volver al cuarto en la torre donde había sido
encontrada.
Descendían
cada vez más, y aunque le parecía que ya deberían haber encontrado la salida,
no se animaba a dirigirle la palabra a su salvador, porque si había podido
entrar y rescatarla, seguro tenía más idea que ella de donde se encontraban.
Con
la última escalera, incluso las ventanas desaparecieron, y la sospecha de dónde
estaban aumentaba en su corazón junto con su desesperación.
Bajo
tierra.
¿Cuál
fue el momento exacto en que lo supo? No podía precisarlo. Ningún sonido salía
de la boca de la dama, silenciosas lágrimas caían incontrolables por sus
mejillas. Cuando llegaron al final del corredor, a una única cárcel con
antorchas ubicadas a los costados de la puerta abierta y el príncipe asomó el
candelabro a ellas y las encendió, la cálida luz que bañó el recinto confirmó
en un breve instante los pensamientos de la princesa. Así supo ella de golpe
quiénes eran, por qué nadie se había cruzado con ellos y qué era lo que la
había incomodado todo ese tiempo.
Entonces
el príncipe volteó hacia ella, y sin darle tiempo a reaccionar, con una atroz
sonrisa, la engulló y arrojó sus restos al montón de cráneos con largas
cabelleras y huesos pequeños que adornaban el lugar y que había sido lo último
que la princesa había podido ver.
R.
M. L. Avena