jueves, 30 de octubre de 2014

La princesa atormentada

El príncipe caminaba con el candelabro en la mano guiando a la bella princesa por las tétricas paredes de fría piedra. Alta, fría y oscura piedra. Tan alta y tan oscura era que los recovecos y el techo no se alcanzaban a distinguir. Ese pasillo tan sombrío erizaba la piel de la jovencita, sin embargo, el príncipe parecía no tener miedo, él era valiente y fuerte.
Aunque ella caminaba con la cabeza alta, alzando su vestido para no pisarlo y con un paso seguro que no demostraba que en su corazón sentía todo lo contrario, por dentro lo único que deseaba era salir de aquel lugar cuanto antes y entregaba toda su confianza al hombre que había ido a rescatarla. En momentos como esos ella quería ser como él: valiente, fuerte y seguro, no la frágil mujer que no sabía como defenderse y que tampoco había podido sacarla de allí.
Seguían un camino que no podía descifrar, todas las habitaciones y los pasillos eran iguales para ella. Cada tanto, alguna puerta aparecía a su lado y ella temía que la maciza madera crujiera, se abriera, y algo saliera del interior de la habitación y los engullera sin darles tiempo para evitarlo. Sus pasos resonaban ensordecedoramente, cada pequeño ruido que hacían le daba la sensación de que estaban conduciendo a un silencioso monstruo hacia ellos.
¿Cuánto tiempo llevaban caminando? Mucho sin duda, era enorme ese castillo, sus pies le dolían, se cansaba más cuando tenían que bajar alguna escalera. El príncipe no mostraba debilidad, solo podía ver su refulgurante espalda, su silueta se marcaba con la luz de la vela y podía imaginar un rostro apacible y concentrado.
Pronto, los posibles enemigos silenciosos dejaron de preocuparla, nada había interferido sus caminos en todo ese tiempo y esa terrible ausencia era lo que ahora la atormentaba.
Solo ahora podía preguntarse con horror cómo había podido estar encerrada allí tanto tiempo, desconociendo todo lo que la rodeaba, quiénes habitaban el castillo o quién le dejaba el alimento que siempre encontraba en su pieza al despertar. Comenzó a temblar. Con el temblor vino también el hielo desgarrador que cuajaba en su piel, se le erizaban los pelos en sus brazos desnudos…le parecía sentir un aliento gélido en su nuca, pero cuando volteaba bruscamente se encontraba con un vacío y una profundidad infernales.
Añoraba la luz del sol. El lugar donde la confinaban era muy parecido a su antigua habitación, nunca había sido privada de las comodidades a las que estaba acostumbrada más que con el encierro y la soledad, hasta podía admitir que el lugar era confortable. Por eso, cuando notó que aquellos rectángulos oscuros en las paredes eran ventanas tapiadas que no tenían ninguna hendija por la que pudiera colarse la luz, comenzó a desear volver al cuarto en la torre donde había sido encontrada.
Descendían cada vez más, y aunque le parecía que ya deberían haber encontrado la salida, no se animaba a dirigirle la palabra a su salvador, porque si había podido entrar y rescatarla, seguro tenía más idea que ella de donde se encontraban.
Con la última escalera, incluso las ventanas desaparecieron, y la sospecha de dónde estaban aumentaba en su corazón junto con su desesperación.
Bajo tierra.
¿Cuál fue el momento exacto en que lo supo? No podía precisarlo. Ningún sonido salía de la boca de la dama, silenciosas lágrimas caían incontrolables por sus mejillas. Cuando llegaron al final del corredor, a una única cárcel con antorchas ubicadas a los costados de la puerta abierta y el príncipe asomó el candelabro a ellas y las encendió, la cálida luz que bañó el recinto confirmó en un breve instante los pensamientos de la princesa. Así supo ella de golpe quiénes eran, por qué nadie se había cruzado con ellos y qué era lo que la había incomodado todo ese tiempo.
Entonces el príncipe volteó hacia ella, y sin darle tiempo a reaccionar, con una atroz sonrisa, la engulló y arrojó sus restos al montón de cráneos con largas cabelleras y huesos pequeños que adornaban el lugar y que había sido lo último que la princesa había podido ver.


                                                                                                             R. M. L. Avena

miércoles, 29 de octubre de 2014

La máquina del tiempo

Siempre quise que, si habría de morir algún día, fuese después de ver dos de los prodigios científicos con los que siempre se fantaseó en la literatura y en el cine, tales son: los autos voladores y las maquinas del tiempo.

Bueno.. tuve la fortuna de nacer en este siglo dorado para la ciencia y como todos sabrán, se avanza tan rápido en la tecnología que no sería extraño que en unos cuantos años más ya circulemos todos por calles de aire y tengamos autos que ademas de enchufarse a la casa, plieguen unas alas que le permitan planear cuando quiera.

Sin embargo, algo totalmente distinto pasa con las maquinas del tiempo.. o mejor dicho, con los viajes interdimensionales de espacio-tiempo. 

Para la ciencia, hasta donde yo sé, no se ha podido conseguir, y la posibilidad de lograrlo todavía es algo cercano a un mito. Algo había sentido yo de un físico obsesionado con ello que trataba, por medio de la repetición indefinida de un experimento, modificar el curso de una pequeñísima partícula... 
Pero, ¿Quién nos asegura que no se llevaran a cabo ya estos viajes?

Mas allá de todo el imaginario detrás de las leyendas urbanas y la incógnita de los misterios científicos, yo creo que es posible encontrar una forma de viajar en el tiempo mucho mas sencilla.

Puedo decir esto únicamente porque realmente la he encontrado.