Alicia se acercó en puntas de pie al Rey Rojo, este dormía
profundamente y, sumido en ese pesado –tan pesado que parecía que soñaban con
gigantes (como los que le había leído, antes
de caer por la madriguera del conejo –el cual no había vuelto a ver después de
que se lo cruzara en los jardines de la reina, donde se llevaba a cabo el
partido de criquet -con flamencos y puercoespines-, y amenazaran con cortarle
la cabeza- y encontrarse con ese maravilloso mundo, en un cuento de hadas, su
hermana) grandes como castillos- sueño, roncaba.