lunes, 23 de octubre de 2017

Hoy esta boca no me pertenece

Hoy esta boca no me pertenece,
no canta mis penas sino las de ella.
Cada palabra en mi lengua florece,

y dice: “La noche apenas empieza,
yo he soñado despierta con dormir
y he cerrado mis ojos con tristeza

en vano. Mis lagrimas he soltado
y estas piernas, como tierra seca,
agrietadas, con ellas he mojado.

El tiempo me escuece en la eterna espera,
el olvido me aterra más que morir.
Nunca más será mi vida como era.”

Le he prestado mi voz y mí hablar,
y ahora que me los ha devuelto,
me ha quedado agrio el paladar.


23.Oct.2017
R. M. L. Avena

lunes, 9 de octubre de 2017

La mujer que tejía

Un crujido sonó al otro lado de la ventana. El viento arreciaba y los árboles alrededor de la casa se zarandeaban con tanta violencia que parecía que sus raíces no conseguirían aferrarse a la tierra ni un segundo más. A causa de esto, una rama baja se golpeaba contra el marco y los cristales; quizás ese crujido provenía de allí, porque daba la sensación de que el viento solo buscaba arrancarla.
Mientras tanto, en el interior de la pequeña habitación, levemente iluminada por unas candelas y un brasero, una mujer tejía a dos agujas, arrodillada sobre sus piernas. Imperturbable, apenas parecía notar el vendaval que anunciaba la tormenta que ya estaba encima de ella…
Aquel crujido se coló por las hendijas de la madera y la habitación entera se sacudió con el viento.

“Moroso anudado.
Inacabado.”

Susurró una tenue voz muy cerca de su oído. La mujer siguió tejiendo como si no la hubiese escuchado, solo el ondular de unos mechones de pelo negro que caían sobre su cara fueron el único indicio de que algo había ocurrido, como si alguien los hubiese soplado.
La voz rozó su otra mejilla y como el beso furtivo de un amante, otra vez susurró:

“Si el tiempo se acaba,
mi ofrenda es dada.”

Los labios rojos de la mujer se abrieron un poco, las manos enlazaban la lana con firmeza, pero su voz temblaba cuando le contestó:
-Todavía no se ha cumplido el plazo, por favor… tenga paciencia.
El terror daba vueltas en la pequeña habitación, se posaba en cada esquina oscura, pero lo que más le gustaba era envolver a la mujer y danzar en el aire que respiraba. Se acercaba mucho, demasiado, cuando quería hablarle. Las cosas que el miedo decía, solo pertenecían a sí mismo y a la mujer.

“El hijo perdido
la hundió en olvido.”

Luego de esas heladas palabras que se escurrieron por la nuca de ella, la tempestad se fue de la habitación por donde había llegado, llevándose consigo el candor de las velas y el crujido de la habitación. Afuera, el viento por fin había amainado, dejando paso a una apacible lluvia. Y en la habitación, la mujer, que seguía tejiendo, manchaba la prenda con unas silenciosas lágrimas.

Los días se sucedían uno tras otro, la mujer apenas abandonaba la piecita para cumplir con sus necesidades más básicas. Su familia, que compartía la casa con ella, la cuidaba con devoción, pero al igual que la gente del pueblo, estaban convencidos de que había enloquecido, ya que cada día con sus noches, ella tejía fervorosamente esa colcha, como si su vida se fuese en ello.
Aunque constantemente habían intentado hacerla desistir de sus caprichos, nada de lo que dijeron hizo que la mujer abandonara su faena, por lo que poco a poco, se cansaron de insistir, quedándose la mujer, cada vez más sola.
En ocasiones, en su mutismo y reclusión le llegaban algunos fragmentos de sonidos del exterior, las risas de los niños, los pasos de sus padres o hermanos, los susurros… pero era como si formaran parte de un mundo al que ella no podía pertenecer.
-Escuché a papá y a mamá que hace mucho hubo alguien.
-Está ahí…
-…venía un niño, pero lo perdió y desde entonces …está así.
-Shh… ¡Te va a oír!
-No pasa nada, es como si no escuchara.
Y ella realmente no escuchaba.
-¡Niñas! –Gritó de pronto, la madre -¡A destender la ropa, se viene una tormenta!
Los pasos se alejaron a prisa, risueños, y ella se estremeció.
De nuevo, el viento llegaba a la casa más fuerte que de costumbre, queriendo arrancar los árboles y los techos; se atosigaba el cielo con nubes y la oscuridad llegaba sin ocasos. Todo crujía, pero más lo hacía su ventana, y ella, después de mucho tiempo, volvía a sentirse acompañada.

“Nunca hubo tal amor.
Vuelca ese dolor.”

Unos dedos largos acariciaron la piel de su rostro, lentamente recorrieron su perfil y se posaron en sus labios secos. Luego, tomaron los mechones blancos de su pelo y los acomodaron detrás de su oreja, con delicadeza.

“Hálito de vida,
alma hecha mía.”

La mujer revoleó con desesperación una mano contra su cara, tratando de alejar la odiosa caricia que el terrible le hacía, pero en lugar de apartarlo, chicoteó el aire y solo consiguió golpearse a sí misma. Le daba asco sentir su aliento tan cera de su rostro.
-Nunca debí… nunca debí habértelo pedido.
Aquella resolución que la había mantenido tantos años aferrada a sus agujas, se desvanecía como los copos de nieve frente al sol del invierno. Así derrotada, por primera vez en mucho tiempo, hizo a un lado el tejido y se llevó las manos a la cara para sostener sus lágrimas. El extraño serpenteaba a su alrededor, esa abnegación era la ofrenda que había estado esperando por tan largos años.
-¡Lo lamento tanto, hijo! –Gritó la mujer entre sollozos. Un sonido parecido a una tétrica risa se apropió de la habitación, mientras tanto, afuera, la tormenta se lanzaba atropelladamente contra la tierra. Podía sentirse como las personas correteaban alrededor de la casa, tapando aberturas y protegiendo su hogar.
El insidioso no contenía su regocijo y, siguiendo el ritmo del balanceo de la mujer, había comenzado a bailar en la habitación.

“Mujer despechada,
Visión nublada.

La dejó en olvido
Su amor perdido.

Un niño se gesta
Ahogado en pena.

La vida de ambos,
Se habría quitado…”

Totalmente excitado con su llanto, el obscuro se arremolinaba en cada recodo, inflaba su pecho hasta el cielo raso, o se enredaba como un ovillo frente al rostro tapado. En aquel ambiente enrarecido por su presencia, su felicidad era casi palpable.

“Yo, dios benévolo,
quité su dolor.

Ríndeme culto,
rendida al luto”

Entonces, el atroz se hizo madeja de hilos negros frente a ella. El momento de la inmolación había llegado. Pero justo cuando comenzaba el último dístico, la mujer extendió sus brazos a ambos lados con presteza y golpeó sus palmas con demasiada rabia frente a su nariz.

¡PAF!

 El golpe resonó muy fuerte en el silencio de la habitación. No había llanto, las arrugas de la mujer estaban totalmente secas. Al cabo de un rato, comenzaron a sentirse unos pasos que avanzaban con prisa por el pasillo y se detenían frente a la habitación. La puerta se abrió y un hombre apareció en el umbral.
-Mamá, ¿Está bien? –dijo. –Sentí un golpe, ¿Qué pasó?
-No ha sido nada, hijo. Una mosca solamente.
Su hijo sonrío, aliviado.
-La estábamos esperando para cenar, ¿Ya viene?
Ella asintió. Se asió de la mano que le ofrecían y con mucha dificultad, se puso en pie. Sus piernas estaban entumecidas, como si hubiese pasado años sentada sobre ellas. De ese modo, salieron de la habitación hacia el comedor y mientras el hombre le daba la espalda, la vieja refregó la palma de sus manó contra sus nalgas, limpiándoselas con la tela de la falda.

FIN

5.Oct.2017

R. M. L. Avena