viernes, 16 de diciembre de 2016

Soneto V


J.I.C.

Como acostumbro, despierto temprano.
Café con leche para desayunar.
Tal vez, me distrae Internet al pasar.
O no, y solo al trabajo me encamino.

El día se hace largo y poco ameno,
estoy cansado, quizás, pero jugar
fútbol durante un rato y tomar
algo después, lo hace más liviano.

Y al dormir, entre el silencio que queda
y mis propios pensamientos, ¿La pienso?
¿La traigo a mi mente cada que pueda?

Y al dormir, el extrañar se me enreda
y hago una y otra vez, siempre, el repaso
de este día que no ha sido de mi vida.


Dic.2016
R. M. L, Avena

Soneto IV

J. I. C.

Je ne sais pas bien parler français encore.
Je peux essayer de décrire comme la lune
Éclaire ou les étoiles sont notre fortune
Et comme les chansons des oiseaux sont sonores.

Mais, je ne peux pas parler de ton regard,
Ni expliquer combien, ton sourire, me plaît
Puisqu'il n’y a pas de langue parfaite
Pour déclarer combien, à toi, je t’égard

Je pourrais trouver des milliers métaphores
Qui s’approchent un peu à tout mes sentiments
Et ainsi te montrer le monde que j’adore.

Malgré il n’y a rien que je peux vraiment
Faire, si pour que l’amour ait sa propre langue
Il faut que je la cherche hors de la Terre seulement


26.Nov.2016
R. M. L. Avena

N. de la A.: No ha sido corregido por un entendido.

__________________________________________
Yo no sé hablar bien francés todavía.
Puedo intentar describir como la luna
Ilumina o las estrellas son nuestra fortuna,
Y como las canciones de los pájaros son sonoras.

Pero no puedo hablar de tu mirada
Ni explicar cuanto tu sonrisa, me gusta
Ya que no hay lenguaje perfecto
Para declarar cuanto, a ti, te estimo.

Podría encontrar millares de metáforas
Que se aproximen un poco a todos mis sentimientos
Y así, mostrarte el mundo que adoro.

Aunque no hay nada que yo pueda realmente
Hacer, para que el amor tenga su propia lengua
Hace falta que la busque únicamente fuera de la Tierra

domingo, 13 de noviembre de 2016

13/ Nov/ 2016 - Negro ocaso

Restricción: Terceto (endecasílabo, rima consonante, encadenado, con serventesio final)


 Poesía 7: "Negro ocaso"

Se cierne sobre aquella un negro ocaso
Que en noche anástera sin luna, acaece.
La más terrible de su vida, acaso.

Ese algo, que en su fuero se estremece,
Por su boca, a morir la lengua incita,
Y ella solo piensa si lo merece.

Pudiera alguien librarla de esta cuita
Que presiona el corazón contra el pecho
Y que, de su vida, todo aire evita.

Pero, nada cura esa asfixia, de hecho,
Ni aquieta lo que por dentro es flagelo,
Ni arranca el corazón de su pecho.
Nadie escapa de sí mismo sin duelo.

R. M. L. Avena

sábado, 12 de noviembre de 2016

11/ Nov/ 2016 - Charla de bufet

Me divertí.


Cuento 6 -"Charla de bufet"


Al otro lado del mar de café, Tadeo.

Cuando ella se acercaba la taza a la nariz, parecía que algún velero podría navegar hasta la gran isla Tadeo que se asomaba en el horizonte de porcelana. Los tripulantes pequeñitos treparían por la barba y definitivamente, construirían sus hogares en la vegetación que crece en su cabeza. Les costaría llegar a la cima, escalando la empinada nariz, o adentrándose en la cavernosa oreja…

-¿Qué vamos a hacer el sábado, al final? ¿Pensaste? –le dijo, luego de dejar el diario a un costado de su taza.

-Emm humm… –le contestó Constanza, y miró por la ventana a la gente que pasaba por la vereda, evadiendo su mirada crítica, mientras daba pequeños sorbos a su café.

-No pensaste. –Tadeo ladeó su cabeza y todos sus pequeñitos habitantes cayeron al vacío.

-No se me ocurre…

Ese sábado, era su cumpleaños. Tadeo quería ayudarla a preparar algo con sus otros amigos, porque ella nunca se lo festejaba, lo dejaba pasar como si se tratara de un día más y eso a él le molestaba.

-Podríamos juntarnos en un restaurante a cenar…

-Sí, sí, me encanta.

-O si no, yo había pensado en pedir unas pizzas, juntarnos en la casa de alguno y...

-Sí, me gusta también.

-Pero, ¿Cuál querés más?

-Ah… Ahí no sé, no me puedo decidir.

Tadeo se sacó los lentes para limpiarlos, recién comenzaba el día y ya se sentía agotado. Ella era la persona más indecisa del mundo entero…o bueno, de Buenos Aires entero, no había por qué exagerar tanto. Constanza sonrió a la mesa, le gustaba como le quedaba la camisa del traje a Tadeo, era muy guapo… se preguntaba por qué no podían ir ambos solos a cenar y ya. Eso realmente le gustaría más, pero no se animaba a pedírselo.

Tadeo comenzó a mirar el reloj de pulsera. Ya casi era esa hora, el momento en el que él se iría a su oficina y ella a la suya y el tiempo de desayuno acabaría.

-Bueno, -dijo, para ganar un poco de tiempo –Todavía no sé qué tema voy a elegir para mi nuevo cuento. Ya no queda mucho para la entrega… ¿Se te ocurre alguna idea? –Tadeo se acercó mucho a ella, tanto que hizo que se quedara tiesa, aguantando la respiración, y le dijo:

-Te conozco bien. Dejá de distraerte, pensá que vamos a hacer y avísame. Tenés hasta las 16. Si no te has decidido para entonces, voy a decidir por vos.

-¿Por qué hasta esa hora?

-Me tengo que ir… -dijó, agarró su portafolios, se acomodó la manga de la camisa bajo el saco y dejo la plata correspondiente a su café con medialunas. –Pagá por mí, que voy tarde.

-Bueno pero ¡Esperá! ¡Es poco tiempo!

Pero Tadeo ya iba saliendo del local, así que Constanza se quedó mirando pensativa y tal vez, un poco triste, un poco aburrida, un poco decepcionada, un poco indecisa, ¡En fin! Con ese sentimiento un poco complejo que a veces no sabemos definir, se quedó mirando los restos del mar de café en el fondo de la taza. Un diminuto sobreviviente naufragaba en una miga de medialunas y alzaba sus brazos para pedir ayuda, cuando un golpe en el ventanal la hizo dar un brinco en el asiento.

Tadeo le golpeaba la ventana y le hacía señas. Ella pudo entender claramente que le decía, en ese lenguaje que se da solo entre amigos, “A las 16 salgo de la oficina y paso a buscarte.” Y partió corriendo a subirse a un taxi que lo estaba esperando un poco más lejos.

El hombrecito quedó a la deriva en el mar, o era Constanza misma la que había quedado a la deriva. Con las mejillas encendidas, tomó una servilleta, de esas que no sirven para limpiar nada, y se puso a escribir con una lapicera que siempre llevaba en el bolso.

-¿Me trae otro café, –le tocó el hombro a una camarera que justo pasaba por su lado -por favor?

 Si se decidiría o no, vería después, pero ese día, sería otro día que llegaría un poco tarde a la oficina.

FIN


R. M. L. Avena

jueves, 10 de noviembre de 2016

9/ Nov/ 2016 - Lluvia de primavera

Cuento 5 -"Lluvia de primavera"


Ya había pasado una hora casi, desde que el silencio había germinado como una niebla entre ambos. Las esféricas gotas de lluvia seguían la cartografía de las hojas y caían a la tierra desde acá, desde allá, desde sus pestañas incluso. El brujo, que caminaba alrededor de los pinos mirando los dibujos de la corteza como si en ellos pudiese leer la historia pasada o el porvenir –ella creía que de hecho, sí podía hacerlo –, se sentó también en las raíces del cedro, cerca suyo.

-¿Qué pasa?

-Nada –Su cara volteó hacia el lado contrario. No entendía por qué él no podía comprenderla, tal vez, porque venían de distintos mundos, o mejor dicho, de distintas formas de pensar ese mismo mundo. Estaba segura de que ya le había dicho lo que la tenía mal, así que no quería tener que estar explicándoselo a cada rato.

-Mirá…

Ella no le prestó atención, ya se imaginaba que haría algún truco mágico para hacerla olvidar, pero no quería olvidar. Lo que sea que le dijera, no haría pasar su tormenta.

Algunos pájaros empezaban a cantar en la lejanía, a la altura de las nubes, sumergidos en las copas de los frondosos árboles. Los rayos del sol, solo algunos, atravesaban el bosque por donde veían la oportunidad y exponían a la vista las diminutas partículas de polvo. Luego de la lluvia, todo el bosque olía mejor.

-Dale, miráme…

Está bien. Tampoco le gustaba resistirse demasiado a él, así que lo miró como le pedía. Hubo un momento en el que el tiempo no avanzó, en el que se miraron mutuamente, ella pensando constantemente. Esperaba oír de nuevo el pedido de que le contara lo que le pasaba, pero no podía saber cómo iba a tratar de convencerla para que se lo dijera esta vez, y también, se debatía si se lo diría, si valía la pena seguir enojada, triste, nublada, borascosa. Luego, él no dijo nada, pero ¡Nada! Y sonrió, con esa sonrisa que se cuela entre la frondosidad del alma algunas veces, y expone a la luz las partículas de uno mismo. Así, arreboló las cumulo nimbus frente a él y ella en respuesta -qué difícil era resistirse- sonrío también.

-¿Ves? Así me gusta que sea. –Le dijo, descaradamente.

Y ella contestó: “¡Qué molesto sos!”, con ceño fingido, porque ya no podía seguir enojada como recién. Una vez más, ella se descuidaba y el brujo, como buen brujo, soltaba su magia.


R. M. L. Avena

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N. de la A.: Léase mientras se escucha a Cecile Corbel. No pude decidirme por ninguna canción, así que lo dejo a su criterio.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

8/ Nov/ 2016 - ¿Gusta un té?

Restricción: Empezar por el final.

Cuento 4: "¿Gusta un té?"

Sir John Campbell murió en las circunstancias más extraordinarias. Ese día, se encontraba en una reunión de amigos con su esposa cuando, sin previo aviso, se desplomó como una viga vieja sobre la alfombra persa de la Sra. Tomson. Todos en la sala se voltearon estupefactos a verlo cuando sintieron el ruido amortiguado de su cuerpo sobre el tejido Kasham. La Sra. Campbell se llevó las manos al pecho y la Sra. Tomson, se desmayó.

 -Conserven la calma. –Dijo el Sr. Tomson con su carrasposa voz, dejando cuidadosamente sobre un plato chino, la tartaleta interrumpida que esperaba retomar poco después. Tocó una campanilla y al instante apareció en el salón su jefe de mayordomos y dos jóvenes muchachas de la servidumbre. Mientras el dueño de casa daba unas instrucciones muy claras a sus empleados, Sir John convulsionaba y manchaba de espuma y sangre el lujoso tejido, hecho que habría provocado otro desmayo de la Sra. Tomson, si esta hubiese estado consciente.

Media hora después del desafortunado evento, la policía de Scotland Yard ya estaba encima del cadáver y la anfitriona era abanicada por varios invitados en un diván. El detective a cargo, Georges Phillips, luego de identificar la causa de la muerte como envenenamiento, decidió que lo más conveniente era realizar un interrogatorio a la concurrencia en el mismo recinto y, disponiendo de una habitación finamente decorada de la casa, decidieron comenzar por la esposa del fallecido.


-¿Por qué alguien querría envenenar a mi esposo? –Dijo la Sra. Campbell sollozando, -Él era muy querido por todos. Ayudó a mucha gente. Nadie en esta habitación le deseaba el mal, estoy segura de eso, ya que todos los aquí presentes son amigos suyos… eran, eran amigos suyos. –Un torrente de lágrimas impidió a la señora Campbell seguir hablando.

-Está bien, señora. ¿Puede decirnos que ha hecho su esposo momentos antes de su muerte?

La mujer se quedó unos momentos pensativa. –Bueno… Antes de…de… eso. Estaban sirviendo el té en el salón, sirvieron a todos menos al señor Campbell, pues yo traía para él un té de anís que le había preparado, ya que desde temprano padecía unos molestos cólicos y se hallaba… usted entenderá, muy indispuesto. Tanto así que, ¡Pobre! Casi no pudo probar bocado en el almuerzo, ¡Y con lo mucho que a él le gustaba el pavo relleno! Bueno, por fortuna nadie lo notó, y pudo distraerse bastante con la charla del señor Mersey, yo en cambio, procuré mantener alejado de él los aperitivos que pudieran tentarlo. Siempre velo por su salud, ya que tiene un estómago muy delicado… ¡Tenía! ¡Díos! Lo tenía…

-Esto es extraño, ¿Dice usted que estuvo pendiente de todo lo que su esposo comía durante el día?

-Claro que sí. Soy una persona muy dedicada. Justo antes de venir a la reunión, incluso convencí al señor Campbell de visitar a nuestro médico familiar. El hombre es el mejor de la región y vive por los alrededores de la ciudad, estaba segura de que le daría a mi esposo un remedio apropiado. Sin embargo, se hallara fuera por asuntos de trabajo y no pudo atendernos. Por fortuna, momentos antes, de camino a su casa, yo había encontrado una planta de anís silvestre y, recordando una vieja receta familiar contra esos dolores, recogí sus frutos para preparar el té a mi esposo.

-Espere un momento, Entonces, ¿No compró Anís en el pueblo?

-No, detective. No hizo falta.


Esa misma noche, Scotland Yard dio por cerrado el caso, sin interrogar a ningún invitado más aparte de la desafortunada Sra. Campbell, que confundió la cicuta con una planta de anís y curó a Sir John Campbell de los cólicos, con la muerte.

FIN


R. M. L. Avena

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N. de la A.: Nuevamente creo haberme precipitado con el final. ¿Un párrafo de final? ¿UNO solo? ¿Acaso enloquecí? Mi peor enemigo es querer quitarme las cosas de encima rápido, sin duda.

lunes, 7 de noviembre de 2016

6/ Nov/ 2016 - Amor no correspondido

Restricción: Comenzar por el final.

Cuento 3: "Amor no correspondido"

   Cuando el muchacho vio la rosa, vio la oportunidad.

   “Es hermosa” le dijo, “como tú” y se la dio.

   Un pétalo cayó cuando la chica la aceptó, ruborizada. Ambos, retomaron el sendero que los había llevado hasta ese jardín de rosas silvestres, vueltos novios. Creyéndose los únicos afortunados de haber hallado semejante lugar, planeaban volver en un año como símbolo de su amor.

  Mientras caminaban y el muchacho lisonjeaba al oído a la chica, pétalo tras pétalo iba desprendiéndose de la rosa, como si aquella no hubiese florecido encantadora esa misma noche, ni hubiesen sus raíces abrazado el suelo con desesperación, al atardecer.

   Cada pétalo, como una lágrima, era vertido al sendero como si marcara el camino que, antes que ellos, alguien más había recorrido.

   El viento que susurraba fresco entre los abedules y pinos, soplaba y parecía decir “..necia… nadie te puede oír…”, pero los recientes novios, que estaban inmersos en íntima charla, no se percataban de que el ambiente cambiaba con cada paso que daban. Y cuando estaban a punto de cruzar la última línea de árboles y llegar al pueblo decoroso, el muchacho dejó atrás la duda, la envolvió entre sus brazos y delicadamente, la besó.

   Arrepentida, la que antes había deseado con toda su alma parecerse a esa jovencita enamorada y había rogado que un poco de magia la cambiara, hizo sangrar con un último esfuerzo, el dedo sonrosado.

   “Ay”, se quejó la chica.

   “¿Qué ocurre?”, el muchacho se apresuró a tomarla de la mano.

   “Me pinché con una espina.” Un hilito de sangre corrió por su dedo y calló a la tierra seca.

   “Pero…¿Qué pasa con esta rosa?” dijo él, mirándola sorprendido.

   “Oh, Díos… mira como está la rosa que me has dado, lo siento.”

   “No te preocupes, no ha sido tu culpa”, le dijo, le quitó la flor de la mano y  la arrojó a la orilla del camino. “Te daré otra mejor”

   Y así, mientras los novios se perdían entre las casas, la rosa, en un suspiro, se marchitó.


FIN



R. M. L. Avena

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N. del A.: Vease "La rosa silvestre", en poesía.

sábado, 5 de noviembre de 2016

5/ Nov/ 2016 -No fue fácil elegir vivir

Hoy mi única restricción es no escribir poco, lo único que quiero es alcanzar a un público especial.


Cuento 2: "No fue fácil elegir vivir"

Para Vir.
Para Fer.

   Cuando aún era joven y todavía no pensaba que haría con mi vida en el futuro, por un lado porque parecía que nunca me alcanzaría y por el otro, porque tampoco importaba lo que quisiera hacer, ya que todo sería posible de lograr; solía sentir que era feliz cuando enterraba los pies en la arena caliente de la playa o cuando me tiraba en el pasto del parque y me encandilaba con el sol. Pero no sé en qué momento, aquello que fue tan propio de mí, se volvió una ilusión infantil y yo dejé de encontrar momentos que me hiciesen sentir de esa manera. Tal vez, pienso, todo comenzó esa vez que fui con Carla al cine…

   Carla era mi mejor amiga durante mi época de secundaría. Recuerdo que ese día era comienzos de primavera y queríamos hacer algo como festejo por el día del estudiante. Yo había salido tarde de mi casa pero todavía podía llegar a tiempo a nuestro punto de reunión. Si corría, podía tratar de alcanzar el micro. A ninguna de las dos nos gustaba entrar después de que hubiesen empezado los trailers, pero no pude evitarlo, por algún motivo, el calor quizá, me había sentido cansada todo el día y mis piernas y brazos no me querían acompañar en el apuro. Como resultado, caí y perdí el micro. Llegué una hora más tarde de lo acordado. Carla se preocupó por mis rodillas raspadas, pero estaba notablemente molesta, la cola en el cine era impresionante y ni con la mejor de las voluntades íbamos a alcanzar nuestra función. Ese día discutimos bastante y nos volvimos temprano a nuestras casas, sintiéndonos cada una un poco culpables por la situación.

   Quizá, si las cosas hubiesen sido de otra manera, habríamos podido seguir siendo amigas, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, yo sentía menos deseos de salir de mi casa y ella poco a poco, había empezado a hacer cosas por su cuenta. Por si fuera poco, con el ingreso a la universidad, las posibilidades de vernos también se habían reducido. Una vez, el mismo día que me quedé totalmente ciega del ojo derecho, me había pedido que nos juntáramos a hablar sobre nuestras diferencias. La discusión fue larga y no llegamos a nada, ese fue el último día que la vi.

   Después de eso, todo se fue sucediendo rápidamente. La primera vez que me internaron estaba bastante asustada, aunque no había querido confesárselo a mi mamá. Me hacía la superada y solo me quejaba de la horrible comida del hospital. Ya ni siquiera me acordaba de mi amiga… excepto esas veces, cuando algunas noches me invadía una angustia incontrolable y pensaba que sería lindo poder llamarla y conversar tranquilas sobre nuestras vidas, como si nada hubiese pasado.

   Así fue como llegó un punto en mi vida en que estudiar se volvió difícil, así como la convivencia en mi casa. Mis papás y mi hermano debían estar pendientes de mí y eso me hacía sentir una carga, pero tampoco veía una solución a este sentimiento. Ahora, en mi agenda no había bailes, citas o salidas como en la de cualquier otra chica, sino que guardaba lugar solo para el psicólogo, la neuróloga y el fisioterapeuta.

   Me estanqué con mi carrera, dejé de ver a mis amigos, me sentía frustrada todo el tiempo. Los días en que veía sinfines de posibilidades en mi futuro, habían quedado muy lejos ya. Mis papás se preocuparon por mí y, por recomendación de mi psicólogo, me llevaron a la playa de vacaciones. Hacía mucho tiempo que no íbamos, tuve que comprarme una maya nueva incluso, pero por primera vez en mucho tiempo, estaba algo entusiasmada.

   Hay quienes dicen que el mar puede curar heridas, que así como alisa la superficie de las piedras, puede hacerlo con las cuitas de las personas. Cuando accedí a ir, nunca imaginé que justo allí, al otro lado del país y tan lejos de mi hogar, cuando mis papás me dejaron sola en la playa por unos momentos, me encontraría de nuevo con Carla.

   Al principio fue un poco incomodo, pero ella se sentó a mi lado y antes de que me diera cuenta, charlábamos de nuestras vidas como si nuestra amistad acabara de empezar. Atardecía y la marea nos mojaba los dedos de los pies. Había llegado un punto en la conversación en el que podíamos reírnos de las locuras de secundaria, entonces, sin previo aviso, comencé a llorar desconsoladamente.

   Carla se quedó de piedra, sin saber qué hacer. Algunas personas pasaban por la orilla y le preguntaban si estaba bien, y yo solo hipaba sin parar. Al final, ya que no podía responderle, me abrazó largo rato hasta que me calmé. Después de eso, me vino al pecho un sentimiento de alivio muy grande, suspiré y me reí de mi misma; Carla, que se había asustado, no me hizo ninguna pregunta y siguió como si nada hubiese pasado.

   Después de que nos despedimos llegaron mis papas. Por suerte, no se dieron cuenta de lo que había pasado, creyeron que mis ojos colorados se debían a la sal del mar y al sol que había tomado. Me pasaron una latita de gaseosa que habían comprado y me dijeron que era hora de irnos. “Ya voy” dije, y enterré los pies en la arena, que esta vez no estaba caliente, sino fresca y acendradora, igual que el mar.


R. M. L. Avena

4/ Nov/ 2016 -Noche de Insomnio

Restricción: 
  • 150 palabras, 
  • narrador en primera persona, 
  • Palabras claves: Noche, laberinto, viaje.

Cuento 1: "Noche de insomnio" 

   Todo estaba en el mismo lugar. Mi gata dormitaba sobre el escritorio de la computadora, los platos de la cena, todavía sobre la mesa. Miré el reloj pulsera y vi que eran las 12 y un minuto. Fui hasta la silla de la computadora y me senté, consternado. Ahora ¿Qué seguía? Miré el reloj de la PC, faltaban 56 minutos. Empecé a buscar palabras en el buscador, revisé las conversaciones de mi celular, jugué algún juego nuevo por unos momentos, hasta que repentinamente, se hacía la 1 de la madrugada y me urgía ir al baño.

   Salí del baño lentamente, fui hasta el comedor. Los platos de la cena estaban en el mismo lugar, la gata todavía dormitando. Caminé hacia la silla de la computadora y me senté, sintiendo fuertemente un déjà vu. Abrí el buscador de Google y, por enésima vez, busqué “¿Cómo salir de un bucle temporal?”

FIN


R. M. L. Avena


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Nota de la Autora: Son 149 palabras, por si se lo preguntaban. No importa si no cumplo con el número exacto, creo que basta con que le ronde cerca y no me pase.

viernes, 4 de noviembre de 2016

365...¿Días? ¡No, cuentos!

   He visto en Internet muchísimas listas donde se recopilan los mejores consejos que un escritor experimentado y de renombrada fama le "regala" a uno menos experimentado y lejos de ser conocido: yo, vos. Todas coinciden en lo mismo: ver la escritura como cualquier otro trabajo, esforzarse, ser metódico, disciplinado, tener voluntad, optimismo y muchísima CONSTANCIA. Cosas que todavía yo no adquiero...
   Sin embargo, más allá de Isaac Asimov, Stephen King, u otro, pocos estimulan los átomos base de mi estructura como lo hacen los consejos de Ray Bradbury. No sé por qué sea. Qué lazo siento que me ata a este escritor, que es como si él me escribiera sin saberlo, y me creara a partir de eso o yo lo escribiera a él, y lo creara a partir de eso también, una suerte de cinta de Moebius de la existencia. Tal vez ese tipo de lazo es el que me lleva a sentir este impulso creador que no puedo detener cuando lo leo.
   Sin alejarme demasiado del tema, el otro día encontré en facebook una cita atribuida a él (no he podido corroborar si es efectivamente de Bradbury), la cual dice:

Escribe un cuento al día. Estadísticamente, es imposible escribir 365 cuentos malos.

    Hoy declaro llevar a cabo esta consigna como un entrenamiento intensivo de escritura. Me propongo escribir un cuento por día, cada día con una restricción distinta, porque no tiene sentido escribir cuentos cortos que sean todos iguales y que no permitan que mejore mi técnica, y además, porque es divertido, ¿Qué mejor motivo que este? Planeo publicarlos en este blog cada día, y cuando no pueda subirlo el mismo día por algún motivo..y bueno, será subido otro, pero sin dejar de escribir. Estaría genial si ustedes existieran, me leyeran, y si vieran que realmente cumplo lo que me he propuesto, al final del año de 365 cuentos, eligieran los mejores en una feroz votación.
   Hoy quiero creerme capaz de ser una mejor escritora, equiparable a los que nombré más arriba.

domingo, 30 de octubre de 2016

Fórmula para escribir un cuento de terror-fantástico

   Hola, lectores invisibles. Estoy en proceso de creación de un cuento fantástico, ¿El tema?...sorpresa (aunque ya lo mencioné en una entrada anterior). Estoy probando diversas técnicas narrativas para ver si me queda bien. Este tipo de cuentos son generalmente en primera persona porque uno tiende a creerle más a la persona que te cuenta directamente lo que le pasó, ¿verdad? Sin embargo a mi no me gusta este tipo de narrador, así que ya veré como lo arreglo... para eso estoy practicando.

   Bien, voy a exponer las pautas a las que me estoy ciñendo para poder crearlo. Estás pautas son producto de mi participación en cursos y seminarios sobre el cuento fantástico. Así que tal vez deba exponer primero la definición del señor Todorov sobre este tipo de cuento:

En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, sílfides, ni vampiros se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos.(...) Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural. (Todorov, Tzvetan. "Definición de lo fantástico" En: Introduccion a la literatura fantástica. 2da edición. México: Premia, 1981. Versión digital)

  Ahora a lo nuestro. Para hacer un cuento de terror, queridos lectores, está es la fórmula que voy a aplicar:

  1. Crear una ambientación perfecta: Es indispensable, para todo cuento de terror, que el lector pueda comprender en qué situación se encuentra el personaje. El ambiente no solo tiene que ser lúgubre, es decir, puede no ser lúgubre, mientras muestre la vulnerabilidad del protagonista y consiga que el lector se sienta involucrado, estará bien.
  2. Aportar datos reales que permitan al lector dudar de la veracidad del relato: No hay nada más aterrador para un lector que saber que aquellos hechos fantásticos pueden incluso sucederle a él.
  3. Generar explicaciones para los fenómenos fantásticos que nunca van a justificar totalmente el hecho:  Este se explica por sí mismo. Uno debe introducir durante todo el texto, posibles explicaciones, hipotéticas, aparentemente reales, que hagan que el protagonista esté por un breve momento convencido de ellas, para finalmente darlas de bruces contra la tierra. Si bien pude haber una explicación racional final que cierre el relato, está NUNCA será realmente la explicación del fenómeno.
  4. Agregar situaciones que pongan en duda la racionalidad del personaje implicado: A esto se le llama VACILACIÓN y es una de las principales características de este género. Se debe inducir la duda en el protagonista (y al mismo tiempo el lector, ya que todo el tiempo el lector debe ser lo mismo que el protagonista, dicho de otro modo, debe identificarse con él), esto se logra por ejemplo, cuando la visión no es buena: niebla, oscuridad; cuando la mente no es totalmente consciente: sueño, somnolencia, fiebre; o cuando hay cosas que alteran la percepción: espejos, espejismos, luces, etc, cualquier cosa que permita esto es aceptada. El protagonista nunca estará totalmente convencido de si se trata de una ilusión, un sueño, un producto de la imaginación o algo más...
Con esto doy por concluidas mis "constricciones" para escribir, espero que les sirvan a ustedes como una tentativa Fórmula para un cuento de terror. si bien están inspiradas en mis lecturas del género y en mis estudios universitarios, no deben considerarse absolutas, probablemente falten pautas a considerar, estas son solo las que yo he tenido en cuenta.

sábado, 30 de julio de 2016

Soneto III

Soneto III
J.I.C.

¿Qué agita mi alma esta noche anástera[1]?
¿Será este invierno en julio latente?
¿Será Caliope en las notas presente
En mi parlante, que el piano genera,

Queriendo que un impulso pidiera
A mis dedos teclear creativamente?
Yo imagino que hay algo en el ambiente,
En la noche, en la nostalgia sincera.

Y vos, en otra sala de otra casa,
Sintiendo como yo el mismo impulso
Con Euterpe que en tu playlist arrasa.

Dos pensando ¿Serán las horas calmas?
Pero no es nada más que lo que pasa,
Una interferencia constructiva de almas

Julio.2016
R. M. L. Avena








[1] Anástero,a: (de origen griego, prefijo an- que indica privación y aster, estrella) Sin estrellas.

domingo, 24 de julio de 2016

Preludio

   Temprano, cuando la luz es diáfana y el sol aún no se muestra, la mujer del servicio abrió la pesada puerta de madera y salió, con abrigo de piel y escoba en mano, a barrer la entrada de la cocina del castillo. Afuera, todo era blanco y virgen.  Entre las montañas nevadas, apenas tocadas por la luz del alba, sintió la inmensidad de aquella naturaleza abriendo un camino frente a ella, uno por nadie tomado, hacia aventuras posibles. Se sintió insignificante, pequeña, pero no impotente, capaz de tirar la escoba hacia atrás y correr por la nieve dejando sus pisadas marcadas como signos de libertad. El sol asomó por el horizonte y ella espabiló. Miro sus manos callosas que estaban moradas por el frío, las calentó con el vapor de su aliento y todo lo barrió.

Julio.2016
R. M. L. Avena


sábado, 14 de mayo de 2016

En el piso de abajo

El Sr. Castro se había levantado temprano esa mañana para ir al banco, había retirado una cantidad bastante grande de plata para pagar el alquiler del departamento en el que vivía y ahora se dirigía a la inmobiliaria. Llevaba algunos días de retraso en el pago, por lo que la urgencia de desembarazarse de ella era cada vez mayor. Unos días antes, lo habían llamado para avisarle que estaba demorado y que lo estarían esperando ese día para concretar el asunto.

Le disgustaba enormemente andar con tal cantidad por la calle, cualquiera podía intentar arrebatarle la maleta sin que pudiera hacer nada, o podría justo ser ese día, el día de pago, el que eligiera algún delincuente para implicarlo en un asalto. En esas desventuras se entretenía pensando de camino al lugar cada vez que alguien se le cruzaba o que pasaba delante de algún local, y trataba de combinar su estado de permanente alerta con una actitud de forzada naturalidad.

Tranquilamente, pensaba, podría efectuar el pago en cómodas cuotas, -cómodas para él, por supuesto-, de ese modo no andaría cargando demasiado dinero y así podría juntar con tiempo la suma. Sin embargo, era consciente de que no era así como se manejaban las cosas en ese rubro, de modo que lo único que podía hacer era lamentarse de haber alquilado en una zona tan cara sólo para poder estar cerca del trabajo.

Cuando llegó a la inmobiliaria, corroboró como siempre el número del edificio al cual estaba entrando, ya que por esa zona de oficinas todos los edificios eran parecidos; lo mismo hizo con la placa del portero, donde indicaba en qué piso atendía quién. Todas estas medidas tenían la función de evitarle la vergüenza –cosa que odiaba pasar- de llamar por error a otro lugar.

Para llegar a la oficina, primero debía llamar del portero a la inmobiliaria para que lo dejaran entrar al edificio, luego, debía subir por un ascensor hasta el cuarto piso porque las escaleras estaban clausuradas, y finalmente, tenía que volver a llamar a otro portero, exclusivo de la oficina número uno, para poder realmente “haber llegado”. Este simple trámite le parecía agotador, pero había ido tantas veces que lo hacía de manera mecánica.

Esa mañana, el edificio estaba extrañamente concurrido, y justo cuando se dirigía a tocar el portero, encontró a un anciano bien vestido del otro lado de la reja que parecía tener problemas para abrirla y salir del lugar.

-Buenos días, señor. –Dijo Castro, siempre bien dispuesto a ayudar. -¿Tiene problemas con la reja?

-Buenos días, no consigo abrirla…

-A ver… toque de nuevo. –Al momento en que el anciano presionó la llave que quitaba el seguro a la puerta, el Sr. Castro empujó la reja y esta se abrió sin problemas. Castro creyó que el anciano había estado empujando en lugar de tirar, o bien, no tenía la suficiente fuerza para destrabar semejante puerta.

-Muchas gracias, ¿Qué tenía?

-Hay que empujar, es decir, desde adentro hay que tirar. No es nada, no es nada…

-Ahora usted puede entrar, nos vemos.

Castro se quedó allí parado pensando si lo correcto era cerrar nuevamente la puerta y llamar a la inmobiliaria para que ellos le abrieran o si, ya que el anciano le había dejado abierto, entrar directamente. Recordó que otras veces ya había estado en esa situación y no lo había pensado mucho y, en vista de lo último que el anciano le había dicho antes de irse, resolvió pasar de todos modos. Nada mejor que ahorrarse uno de los pasos del trámite.

Frente al ascensor, una mujer bajaba justo cuando a él le tocaba usarlo, ¡Qué conveniente! No tendría que llamarlo y esperarlo. La mujer balbuceo algunas palabras antes de irse, algo sobre dejar la puerta abierta…o no dejar la puerta del ascensor abierta… no lo sabía, la verdad era que ni siquiera le prestó atención a sus palabras, solo quería terminar con aquello rápido.

Presionó el número cuatro, y cuando el ascensor comenzó a andar, se dedicó a arreglarse el cuello de la camisa en el espejo que tenía la pared de atrás. Cuando terminó, se volvió para ver por dónde iba, pero no tenía idea, los pisos se veían todos iguales, tampoco había ninguna señalización, ningún número que indicara que piso era cada uno. Maldijo las malas construcciones argentinas, las cosas dejadas a medias. Finalmente, el ascensor se detuvo en un piso donde otra mujer ya lo estaba esperando, Castro no demoró en preguntar.

-¿Qué piso es este? ¿El cuarto?

-Sí -dijo la señora, entrando, y él se apresuró a salir, como si al entrar la mujer pudiese accionarse al instante el mecanismo y se viera arrastrado a acompañarla a la planta baja otra vez.

Una vez que salió, no se fijó mas en el ascensor, por fin había llegado a esa suerte de rellano-pasillo donde se veían solo dos puertas correspondientes a los departamentos uno y dos del cuarto piso. Llamó al portero del departamento uno y una voz de hombre le respondió:

-¿Sí?

-Soy Castro, vengo por el pago del alquiler.

-¿Quién?

-CASTRO. Vengo por el pago del alquiler. –Se había tenido que acercar más al auricular y esto le había irritado un poco. Pensó que había sido bastante claro la primera vez.

-En un momento lo atiendo.

Era la primera vez que le hacían esperar en la puerta, generalmente lo hacían pasar a un pequeño vestíbulo y le decían que esperara allí. Así que ¿Qué más podía hacer que mirar el lugar donde se encontraba?. Ya lo había visto otras tantas veces, estaba igual a la primera vez que había ido, sin embargo, le parecía que tenía algo raro, ¿La escalera no debía estar cerrada? Recordaba que había una reja que la cerraba, tal vez ya la habían abierto. Y la ventana… ¿Tenía un vidrio con diseño? Le parecía que no, no lo recordaba bien, pero estaba seguro de que había podido mirar hacia el exterior en su primera visita sin que el vidrio se lo dificultara.

Estaba por acercarse a la ventana cuando alguien abrió la puerta. Un hombre mayor –otro anciano, se podría decir –salió, le cedió el paso para que entrara y cerró la puerta tras de sí. El Sr. Castro lo miró irse hasta que una joven muchacha apareció por el otro extremo y le dijo:

-¿Viene a pagar el alquiler?

-Sí, señorita.

-Espere un momento, aquí.

Ahora sí era como lo usual. Se sentó un momento en los sillones de forro rojo oscuro y como no había nada con que entretenerse, se contentó con observar cada detalle del cuadro que tenía delante de él. La decoración de la habitación era muy simple, los cuadros retrataban naturaleza muerta y parecían dibujados por algún aprendiz de dibujo puesto que algunos objetos mostraban una perspectiva muy básica pero correcta y otros, como el florero donde sobresalía un ramo generoso, carecía completamente de ella. El dibujo era muy geométrico y plano. Recordó entonces que había otro cuadro con una técnica distinta en la pared tras de sí, uno más realista, mejor dibujado, pero cuando volteó a verlo, no lo encontró. Qué raro, pensó, ¿por qué motivo habría sido movido? Tal vez no lo recordaba bien y en realidad nunca había habido un cuadro allí. Se fijó mejor, pero no, no se equivocaba, ahí estaba el clavo con el cuadro ausente.

-Ahora podemos atenderlo. Pase, sientesé.

Castro pasó a la habitación contigua, una especie de cubículo improvisado con una división de madera que lo separaba de un pasillo y bloqueaba la visión a las otras habitaciones. Él sabía qué había del otro lado porque ya lo habían hecho pasar en otras visitas, cuando quien solía atenderlo no estaba disponible. La muchacha joven, para su sorpresa, se sentó en el escritorio frente a él. Ella lo atendería en esta ocasión. Podía sentir voces de hombres hablando en la otra habitación, así que pensó que el encargado de atenderlo estaría ocupado.

-¿Su nombre?

-Castro –repitió por tercera vez, un poco cansado de la situación. La muchacha lo buscó en la base de datos de la computadora.

-Sí, ¿Ernesto? –Asintió con la cabeza. –El importe es de tres mil dólares.

-¿Tres mil? ¿Está segura? Me parece que hace unos meses aumentó a tres mil quinientos…si no me equivoco.

La muchacha volvió a revisar las planillas de colores que figuraban en la pantalla, Castro trataba de espiar que decía, pero apenas distinguía los garabatos de las letras a la distancia que se encontraba.

-¡Ah! Es cierto, aquí está anotado el pago de las expensas. Tiene usted razón, muchas gracias por avisarme. –Ahora ella lo miraba realmente agradecida, quien sabe que le habrían dicho sus jefes si esa plata hubiese faltado. Castro se sintió orgulloso de sí mismo, infló su pecho para decir un “no es nada” que le restaba importancia a la situación, sabía que probablemente otro se hubiese aprovechado, ya que después de todo, quinientos dólares eran bastante plata, pero él tenía principios que respetar, él era eso, buena gente.

La muchacha se puso a completar el recibo y mientras tanto, el Sr. Castro sacó los billetes, los contó y los depositó en la mesa, frente a la chica, para que ella también pudiese contarlos cuando terminara. -Mire, -le dijo -he traído las últimas facturas de la luz y el gas, ¿podría anotarlas ahí, por favor?

La chica lo miró confusa, quizás no había entendido a que se refería él, trató de explicarle:

-Cuando traigo las facturas, ellos me anotan cuales son, ahí, en el recibo, para tener la constancia de que las dejé…

-¡Sí, sí, claro! Déjeme ver… -Recibió las facturas, pero cuando se disponía a anotarlo, aún hacía vagar la punta de la lapicera por la superficie de la hoja como si no supiera qué hacer. –Disculpe, es que soy nueva, voy a ir a preguntar cómo debe anotarse. –Se excusó, y salió del pequeño cubículo para dirigirse a las voces de los hombres que discutían del otro lado de la pared de madera. Durante un momento no se escuchó nada más, las voces cesaron por completo. Al cabo de un ratito, la chica volvió con las facturas ya anotadas en el recibo.

-Listo, ¿Ve? Lo he anotado aquí –le dijo señalándole un punto en el papel. Castro lo recibió contento de que ese papeleo terminara por fin.

-Muy bien. Hasta luego.

-¡Hasta luego! ¡Que tenga un buen día!

La muchacha había sido muy agradable y bastante cordial, pero a él lo único que le importaba era poder ir a ocuparse de otros asuntos. Salir del lugar fue de lo más sencillo, Ascensor, escalera, reja de salida. Esta vez, no había que pedir permiso a nadie, por lo que abandonó el lugar con bastante prisa.

Estaba feliz de poder salir de allí, ahora iría a su departamento tranquilo. Incluso, estaba tan contento de no sentir ya el peso de tanto dinero encima, que decidió hacer el camino de regreso a pie. Su mente era libre de ocuparse en cualquier cosa. Sin el estado de alerta permanente, cada persona que pasaba le parecía alguien agradable y no un potencial carterista.

Cuando por fin llegaba a su casa, y se disponía a relajarse, su teléfono celular comenzó a sonar. “¿Quién será en este momento?” pensó, considerando a quien sea que lo llamaba, una persona bastante inoportuna. Algunos nombres del trabajo le saltaron a la mente mientras buscaba el celular, sin embargo, le daba igual quien fuera mientras no resultara ser alguien de la agencia telefónica para proponerle alguna molesta promoción.

El número era desconocido pero por la característica, era de la zona. -¿Hola?

-Hola, ¿Ernesto Castro? Lo llamo de la inmobiliaria para notificarle que ha sobrepasado el límite de tolerancia para el pago del alquiler.

-¿Cómo dice? –Castro no lo creía –Acabo de pagarlo, recién vuelvo de su oficina. –Dijo, pensando que los de la inmobiliaria eran unos imbéciles por no estar enterados de lo que pasaba en sus oficinas.

-No señor, no lo hemos recibido hoy. Estoy muy segura. –La mujer que llamaba no sonaba para nada como la que lo había llamado la vez anterior, ni como la muchacha joven que lo había atendido.

-¡Pero si acá tengo el recibo! –Dijo, hurgando en sus bolsillos hasta dar con él –Mire, voy a llevarlo para que vean que efectivamente acabo de estar en su…

Castro miró sorprendido el recibo, tenía algo extraño, observó con más detenimiento la firma y la impresión: parecían una fotocopia. La chica que lo había atendido había escrito con una lapicera negra que se camuflaba con la tinta, pero que mirado con detenimientoalcanzaba a distinguirse de esta.

…¿Señor Castro? …-resonaba una vocecilla por el celular que colgaba en su mano.

Poco a poco, las cosas en las que se había fijado ese día pensándolas como algo normal, le volvían a la mente con un nuevo significado: las personas con las que se había topado antes de entrar a la oficina; el viejito que le había ahorrado la llamada al portero; la mujer que le había indicado el piso en el que se encontraba; la ventana que estaba diferente; el cuadro faltante; la muchacha nueva… Los pisos que eran todos iguales en un edificio que era igual a otros tantos.

Podía imaginarse víctima de algo mucho más grande que un simple robo exprés en la calle o incluso, un asalto a una tienda, esto era un crimen más organizado.

Tomó el celular y marcó el número que figuraba de “la otra inmobiliaria” en su registro de llamadas. Una grabación le pegó en la cara como cachetada “El numero solicitado no pertenece a un abonado en servicio”. Pensó en cuánto había demorado en llegar a su casa y si ese tiempo sería suficiente para que aquellos otros desbarajustaran todo su teatrito.

Sintiéndose impotente, volvió a mirar el papelucho que sostenía arrugado en la mano. Vio que la suma del importe había sido anotada con más presión que el resto de las palabras en el recibo y recordó la simpatía y efusividad con la que la muchacha se había despedido de él, con esa sonrisa tan agradecida…

-¡QUÉ HIJA DE P…!



Mayo.2016
R. M. L. Avena