Me divertí.
Cuento 6 -"Charla de bufet"
Al otro lado del mar de café, Tadeo.
Cuando ella se acercaba la taza a la nariz, parecía
que algún velero podría navegar hasta la gran isla Tadeo que se asomaba en el
horizonte de porcelana. Los tripulantes pequeñitos treparían por la barba y
definitivamente, construirían sus hogares en la vegetación que crece en su
cabeza. Les costaría llegar a la cima, escalando la empinada nariz, o adentrándose
en la cavernosa oreja…
-¿Qué vamos a hacer el sábado, al final? ¿Pensaste?
–le dijo, luego de dejar el diario a un costado de su taza.
-Emm humm… –le contestó Constanza, y miró por la
ventana a la gente que pasaba por la vereda, evadiendo su mirada crítica,
mientras daba pequeños sorbos a su café.
-No pensaste. –Tadeo ladeó su cabeza y todos sus
pequeñitos habitantes cayeron al vacío.
-No se me ocurre…
Ese sábado, era su cumpleaños. Tadeo quería
ayudarla a preparar algo con sus otros amigos, porque ella nunca se lo
festejaba, lo dejaba pasar como si se tratara de un día más y eso a él le
molestaba.
-Podríamos juntarnos en un restaurante a cenar…
-Sí, sí, me encanta.
-O si no, yo había pensado en pedir unas pizzas,
juntarnos en la casa de alguno y...
-Sí, me gusta también.
-Pero, ¿Cuál querés más?
-Ah… Ahí no sé, no me puedo decidir.
Tadeo se sacó los lentes para limpiarlos, recién
comenzaba el día y ya se sentía agotado. Ella era la persona más indecisa del
mundo entero…o bueno, de Buenos Aires entero, no había por qué exagerar tanto. Constanza
sonrió a la mesa, le gustaba como le quedaba la camisa del traje a Tadeo, era
muy guapo… se preguntaba por qué no podían ir ambos solos a cenar y ya. Eso
realmente le gustaría más, pero no se animaba a pedírselo.
Tadeo comenzó a mirar el reloj de pulsera. Ya casi
era esa hora, el momento en el que él se iría a su oficina y ella a la suya y
el tiempo de desayuno acabaría.
-Bueno, -dijo, para ganar un poco de tiempo –Todavía
no sé qué tema voy a elegir para mi nuevo cuento. Ya no queda mucho para la
entrega… ¿Se te ocurre alguna idea? –Tadeo se acercó mucho a ella, tanto que hizo
que se quedara tiesa, aguantando la respiración, y le dijo:
-Te conozco bien. Dejá de distraerte, pensá que
vamos a hacer y avísame. Tenés hasta las 16. Si no te has decidido para
entonces, voy a decidir por vos.
-¿Por qué hasta esa hora?
-Me tengo que ir… -dijó, agarró su portafolios, se
acomodó la manga de la camisa bajo el saco y dejo la plata correspondiente a su
café con medialunas. –Pagá por mí, que voy tarde.
-Bueno pero ¡Esperá! ¡Es poco tiempo!
Pero Tadeo ya iba saliendo del local, así que Constanza
se quedó mirando pensativa y tal vez, un poco triste, un poco aburrida, un poco
decepcionada, un poco indecisa, ¡En fin! Con ese sentimiento un poco complejo
que a veces no sabemos definir, se quedó mirando los restos del mar de café en
el fondo de la taza. Un diminuto sobreviviente naufragaba en una miga de medialunas
y alzaba sus brazos para pedir ayuda, cuando un golpe en el ventanal la hizo
dar un brinco en el asiento.
Tadeo le golpeaba la ventana y le hacía señas. Ella
pudo entender claramente que le decía, en ese lenguaje que se da solo entre
amigos, “A las 16 salgo de la oficina y paso a buscarte.” Y partió corriendo a
subirse a un taxi que lo estaba esperando un poco más lejos.
El hombrecito quedó a la deriva en el mar, o era Constanza
misma la que había quedado a la deriva. Con las mejillas encendidas, tomó una
servilleta, de esas que no sirven para limpiar nada, y se puso a escribir con
una lapicera que siempre llevaba en el bolso.
-¿Me trae otro café, –le tocó el hombro a una
camarera que justo pasaba por su lado -por favor?
Si se
decidiría o no, vería después, pero ese día, sería otro día que llegaría un
poco tarde a la oficina.
FIN
R. M. L. Avena