Una
argolla blanca, perfectamente marcada, rodeaba el dedo anular de su delgada y
huesuda mano. Ella la observaba, volteándola alternativamente para descubrir ya
su palma, ya su dorso, como si intentara convencerse de que el metal no
aparecería de pronto en una de esas vueltas.
-Me
falta mi anillo –le dijo.
-¿Qué?
–contestó Antonio, que realmente no había entendido, ya que en ese momento
estaba ocupado al otro lado de la habitación, buscando un interruptor para
encender las luces de la casa. Cuando por fin dio con uno, luego de haber
tropezado con algunos muebles y haberse cubierto de telarañas mientras tanteaba
las paredes, una avejentada luz amarilla llenó la sala decorada al gusto de los
años 40. Estaba todo cubierto de tierra, pero para vivir por apenas unas
cuantas horas era bastante aceptable. –Qué bien que la pasaban los viejos, ¿eh?
–Pasó el dedo por una mesa de tocadiscos y después lo limpió en los vaqueros,
pero al notar que Alicia no respondía y permanecía de pie en el umbral del
zaguán, aún mirando fijamente su mano, repitió -¿Qué dijiste?
-Que
perdí mi anillo.
-Ah…
bueno… En Uruguay te compro otro.
-Es
que este no era cualquier anillo, era la alianza.
Antonio
no supo que más decir. Suspiro derrotado, le pareció que lo mejor era cambiar de
tema. -No pasa nada… ¿Por qué no vamos a buscar la pieza? Así podemos dormir un
poco, deberíamos estar saliendo en unas horas.
Caminaron
por un pasillo largo hasta llegar casi al final, hacia un lado estaba el baño,
enorme y con azulejos incluso en el techo, y hacia el otro, la habitación que
buscaban. Los dueños de la casa les habían indicado que, aunque hacía años que
no se usaba, esa pieza estaba bien provista de sábanas y colchas como para
soportar un invierno sin calefacción. Antonio dejó las maletas en el suelo y
abrió todas las puertas del armario hasta encontrar las frazadas, sacó dos y
las extendió sobre la cama matrimonial, entonces vio que frente a esta había un
hermoso toilette con espejo, cubierto de una fina capa de polvo –como todo lo que había en la casa –y se
acercó para limpiar la superficie del vidrio con la manga del jersey. –Vas a
poder peinarte frente al espejo –le dijo, mirándola sonriente, pero justo en
ese momento, ella se había llevado las manos al rostro para cubrir un gesto de
angustia. -¿Qué pasa? –le dijo y se apresuró a llegar a su lado para abrazarla.
Durante todo el viaje hasta la casa, Alicia se había mostrado bien dispuesta de
ánimo, por eso no entendía por qué de repente había cambiado su actitud.
-¡Pero!…si
es solo un anillo, nada más.
Alicia
no contestó, Antonio intentó husmear su rostro, pero ella todavía se lo tapaba
con las manos -¿Estás llorando? –preguntó sigiloso, pero ante su persistente silencio,
decidió retomar el asunto del anillo. -¿Por qué no lo buscamos? Quizás lo
dejaste en la maleta y no te diste cuenta, ¿Lo buscamos? Dale. –dijo, contento de
ver que por fin levantaba la cabeza y lo miraba.
Puso
cada uno su bolso y maleta sobre la cama, eran pequeños y no contenían muchas
cosas, solo lo necesario para una escapada de último minuto, ya que ese viaje a
Uruguay no había estado en sus planes, ni siquiera a futuro. Comenzaron a
hurgar todo, la muda de ropa, los pocos elementos de higiene personal, los
documentos, la plata y, en el caso de Alicia, algunas fotos y objetos con valor
sentimental que había alcanzado a manotear antes de salir, pero el anillo no
aparecía por ninguna parte.
-No
pasa nada, no pasa nada. –Le repetía a cada momento Antonio, y por ningún
motivo dejaba de sonreír. –Seguro se cayó al piso en alguna sacudida, –le decía
y se arrodillaba para mirar debajo de la cama o de otro mueble –pero está tan
lleno de tierra que no lo veo. –Entonces Alicia fruncía sus labios finos, y no
decía nada.
No
pasó mucho tiempo hasta que su búsqueda los llevó al gabinete del patio en el
que se guardaban los trastos de la limpieza. Mientras Antonio iba por las
piezas con un lampazo viejo, Alicia lo seguía con un plumero y algún trapo,
pero solamente sacudía en las zonas donde él se lo pedía. Al cabo de una hora,
ya no quedaba habitación que no hubiesen recorrido, la casa entera era un
ajetreo, cualquiera que hubiese pasado frente a ella en ese momento habría
jurado que la casona estaba habitada por más gente de la que en realidad había.
-¡Mirá
esto! ¿Cuántos años tendrá? Debe ser más viejo que la injusticia…-decía
Antonio. Se habían detenido en una de las habitaciones donde se guardaban viejas
pertenencias de los dueños. A él no le importó abrir unos cuantos cajones y
sacar todo lo que había en ellos, pero Alicia, que no estaba muy cómoda con la
situación, permanecía parada a unos pasos suyos sin tocar nada, todavía con un
gesto de desagrado en el rostro y con las ojeras más marcadas que nunca.
-Qué
jóvenes estaban acá. ¿Esto es Italia? No tenía idea de que habían estado ahí…
-Antonio.
-Acá
hay fotos del carnaval, tenés que ver estos disfraces, Alicia.
-¡Antonio!
–dijo ella con dureza. Por fin, él hizo a un lado todas las fotos y la miró.
–El anillo no está acá, no está. Lo olvidé en la casa… nuestra casa. –Se
apresuró a aclarar –Cuando salimos... lo dejé en la mesita de luz. –Hundió de
nuevo su cara entre sus manos con un prolongado sollozo. -No alcancé a traerlo…
-las palabras apenas le salían. –Y ahora… nunca más vamos a…a poder volver a
buscarlo.
Antonio
se levantó y la abrazó una vez más, ahora las ojeras estaban en su cara. Alicia
hipaba entre sus brazos y vomitaba todas esas palabras que la habían estado
enfermando.
-Marita…
¿Qué va a ser de Marita? ¡Tiene 10 años nada más! ¿Por qué se los tuvieron que
llevar? Si nos hubiesen avisado antes que ellos venían… -Alicia continuaba
deshaciéndose en lágrimas y Antonio la apretaba más contra su pecho -…si nos
hubiesen ido a buscar primero a nosotros... ¿Cómo podemos irnos así, sin más y
dejar todo atrás? ¡Dejarlos a todos! Yo no puedo, Antonio, no puedo…
Se
quedaron así abrazados hasta que ella se calmó. Mientas tanto, al este, el
horizonte clareaba y las nubes se teñían de dorado, anunciando la proximidad
del amanecer, y un poco más al sur, por la calle de tierra, dos autos se
dirigían a gran velocidad hacia la casa iluminada, Antonio solo veía la lejana polvareda
que levantaban, por la ventana.
-Perdón
–dijo Alicia –Por mi culpa no pudimos dormir nada.
-No
pasa nada –repitió Antonio por enésima vez –. Por lo menos, cuando Ernesto y
Marcela vuelvan, van a encontrar la casa limpia. –Y sonrió.
1.Jun.2007
R.
M. L. Avena