miércoles, 20 de mayo de 2015

Rabieta de otoño

   El día estaba lindo. Era un otoño caluroso, el sol parecía de verano y en la sombra, el aire fresco era muy agradable. Ya se había cansado de llorar. Se había quedado esperando que alguien viniera a buscarla, pero parecía que todos habían pensado que era mejor dejarla correr, dejarla esconderse y dejar que la rabieta se le pasará sola. 
   Había pasado un rato y ya se estaba aburriendo. Allá en la casa ¿Que estaban haciendo? ¿Empezarían algún juego sin ella? ¿Servirían algún postre? Pero no quería ir todavía. Que rabia tenía. Se puso a juntar hojas secas, mientras pensaba en su hermana, con la que había peleado. Algunas hojas eran más claras y otras más oscuras, algunas eran amarillas otras rojas y muy pocas, todavía verdes. Decidió separarlas por color. Pensó en su papá, que se había puesto del lado de su hermana y la había retado a ella. Enojada, desparramó todo lo que acababa de clasificar. Lo abrazo con furia y lo arrojó al aire.
   ¡Lluvia de hojas! La mitad de la tierra que guardaban se le había metido en los ojos, pero que hermoso había sido. Quería hacerlo de nuevo. Mientras juntaba todo otra vez, ¿en que pensaba? Ah sí, en la vergüenza que le había dado cuando la retaron frente a todos los primos más grandes y los abuelos. ¡No había necesidad! Encima su madre justo había entrado.. Y vio que algunas hojas tenían formas extrañas. ¡Encontró un corazón! Y Está.. Podría ser cualquier cosa.. Podían ser las alas de un hada. ¡Eso! Construiría un hada. Necesitaba más hojas como vestido, necesitaba palos para el cuerpo.. 
   Pero su madre.. las madres aparecen en el peor momento. Vio que la retaban y también la quiso retar, ¡por cosas que ni siquiera había hecho ese día! Le dieron ganas de llorar de nuevo, pero la pena se esfumo al instante. Había encontrado lo que buscaba. Estos palitos con forma de Y, en vez de formar un hada, podían hacer una casita. Los enterró en el suelo formando un cuadrado imaginario, le puso otros palos encima formando un techo y lo lleno de hojas. El postre, los juegos, no podía ir a ver sí habían empezado. Su construcción recién comenzaba.
   Dos horas después, el abuelo cruzaba el patio y la encontraba con el vestido nuevo lleno de tierra, rodeada de hojas y palos y mugre.
   -Hola princesa, ¿A qué estás jugando?
   - ¡Abuelo, mirá! Hice un barrio ¿Te gusta?
   -¿Ya no estás enojada?
   Pero la niña no lo escuchaba, con una sonrisa enorme seguía señalando casas y plazas y muchos lugares más hechos de plantas. El abuelo pensó, ojalá a mi también se me olvidaran los problemas como se le olvidan a ella. La tomo de la mano y se la llevo de vuelta a la casa prometiéndole dulces, cuentos y lugares más calentitos para jugar.

R. M. L. Avena


Seven years, de Norah Jones


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