Temprano, cuando la luz es diáfana y el sol aún no se
muestra, la mujer del servicio abrió la pesada puerta de madera y salió, con
abrigo de piel y escoba en mano, a barrer la entrada de la cocina del castillo.
Afuera, todo era blanco y virgen. Entre
las montañas nevadas, apenas tocadas por la luz del alba, sintió la inmensidad
de aquella naturaleza abriendo un camino frente a ella, uno por nadie tomado,
hacia aventuras posibles. Se sintió insignificante, pequeña, pero no impotente,
capaz de tirar la escoba hacia atrás y correr por la nieve dejando sus pisadas
marcadas como signos de libertad. El sol asomó por el horizonte y ella
espabiló. Miro sus manos callosas que estaban moradas por el frío, las calentó
con el vapor de su aliento y todo lo barrió.
Julio.2016
R. M. L. Avena
No hay comentarios:
Publicar un comentario