domingo, 24 de julio de 2016

Preludio

   Temprano, cuando la luz es diáfana y el sol aún no se muestra, la mujer del servicio abrió la pesada puerta de madera y salió, con abrigo de piel y escoba en mano, a barrer la entrada de la cocina del castillo. Afuera, todo era blanco y virgen.  Entre las montañas nevadas, apenas tocadas por la luz del alba, sintió la inmensidad de aquella naturaleza abriendo un camino frente a ella, uno por nadie tomado, hacia aventuras posibles. Se sintió insignificante, pequeña, pero no impotente, capaz de tirar la escoba hacia atrás y correr por la nieve dejando sus pisadas marcadas como signos de libertad. El sol asomó por el horizonte y ella espabiló. Miro sus manos callosas que estaban moradas por el frío, las calentó con el vapor de su aliento y todo lo barrió.

Julio.2016
R. M. L. Avena


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