-Benja, ¿Podemos hablar?
Benjamín la siguió hacia otra
habitación, lejos del bullicio de la juntada. Cuando Daniela se aseguró de que
nadie los había seguido y de que allí no serían molestados, cerró la puerta.
Benjamín se sintió incomodo por un momento, mil suposiciones le pasaron por la
cabeza, pero como “no daba” adelantarse a los hechos, se limitó a
exteriorizar su ansiedad:
-¿Qué pasa? ¿Para qué me trajiste
acá?
-No es nada grave, no te asustés…
-¿Qué pasa?
-¿Viste eso de “Las paredes oyen”
y toda esa onda?
-Uh, no me digas ¿Qué te dijeron
ahora?
-No, no, no me entendés. No es
que me han dicho algo, pero mirá, prestá atención…
-¿Qué?
Se hizo un silencio.
-No escucho nada.
-No es algo que tengas que
escuchar… A ver… ¿Cómo lo explico? Empezó hace unos días, me he dado cuenta de
que no estamos solos.
-Oh... no me digas que ahora
estás vos con ese rollo de lo paranormal, dejáme de joder, ya tengo bastante
con la otra.
-¡Pará! Escucháme un poquito, nos
escuchan, ¿Ves? Ahora mismo, cuando hablamos. Por eso te traje acá, ni siquiera
con la puerta y las ventanas cerradas, ni siquiera escondiéndonos por ahí nos
libramos de que nos espíen. Fijate. ¿Te das cuenta? ¡Fijate!
Benjamín miró despacio hacia
todos lados, recorrió cada esquina de la habitación. Un poco escéptico, aunque
sin querer admitir que su amiga se había vuelto loca, miro hacia el techo,
escuchó, pero solo sintió la bulla de los que se habían quedado en la otra sala
y los ruidos normales de afuera de la casa.
-No sé a qué te referís –le dijo,
elevando los hombros. Ella le hizo un gesto con los ojos y entonces lo supo.
Escuchó una respiración que no
era ni la suya ni la de ella, otros ruidos que venían de quien sabe dónde y la
mirada, una miraba que pesaba. Sintió un escalofrío por la espalda. Nada estaba
a salvo de esa mirada escrupulosa, ni de esos oídos capaces de palpar lo
inaudito, la realidad era absorbida por ellos a través de todos sus sentidos al
mismo tiempo. Si Daniela no se lo hubiera dicho, él nunca habría sido consciente
de la situación, ahora jamás podría ignorarlo.
Se sintió expuesto, ya no podría
confiar ni en la propia intimidad de su mente, todo era conocido por ese ser.
¿Había un límite de lo que podían saber? ¿Cómo podría vivir ahora que se había
dado cuenta? Hizo acopio de todo su valor y su orgullo y lanzó su propia mirada
hacia arriba, más allá del techo de la casa, más allá de ese cielo azul
inexpresivo, más allá de ese espacio infinito, más allá de la nada, más allá de
las letras en el blanco de la hoja, su mirada se fugó de la historia hasta toparse
limpiamente con esos ojos, los ojos que lo leen... Vos.
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