martes, 27 de enero de 2015

El nido


   El hombre se miraba en su reflejo y se encontraba igual que el día anterior, eso pudo apreciar, sin embargo no se sentía igual. Había entrado al baño y se había puesto frente al espejo porque tenía la idea absurda de buscar las siete diferencias, como en los juegos del mismo nombre, pero el único resultado era que no había siete diferencias, ni siquiera una sola, y aquel descubrimiento lo abrumaba sobremanera.

   Aunque la persona que lo miraba era aquel que él hubiese visto ayer y con quien se sentía uno, ahora no podía más que molestarse al sentirse otro y verse exactamente igual. Se apartó irritado y confuso del espejo.

   Durante el resto del día, este hombre evitó todo objeto en el que se viese reflejado, mientras en su interior aquello que lo molestaba crecía a pasos agigantados y teñían sus acciones y palabras de oscuras hipocresías, pues todavía se desenvolvía como el que era ayer.

   Esa misma noche, cuando intentaba dormir, sentía como en su interior se revolvía y se agitaba algo que había llegado a su máximo tamaño, incubado con emociones nunca antes sentidas, el hombre se estremecía y agitaba a su vez entre las sábanas. Aquello que naciera esa mañana, despertó y desde su interior lo devoró.

   A la mañana siguiente, todos, hasta el indiferente espejo que usara alguna vez para descubrir sus emociones, ahora notaban algo diferente de lo que era él, solo que… ya no era él.


Fin

R. M. L. Avena
Sept.2012 - Ene.2015

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