lunes, 28 de septiembre de 2015

Soneto II


J. I. C.

¡Qué paciencia me tenía, usted! Cuando
el alma a tropezones, por la boca
me salía y le exigía, cual loca,
que me quiera y no me vaya cambiando.

¡Qué paciencia me tenía, usted! Cuando
la vida se volaba y me era poca
y ciega a lo que este anhelo provoca,
otra vez, a cumplir lo iba apurando.

Entonces, poco entendía yo su amor,
que lucía pensado y calculado,
pero era, del sol más brillante, el calor.

Usted que todo me lo ha enseñado,
ignorará que ha pintado de color
mi alma por haberme, sin prisa, amado.



28.Sept.2015
R. M. L. Avena

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