martes, 8 de septiembre de 2015

Nostalgia

La sirena comenzó a sonar.

El eco de una voz artificial de mujer, que anunciaba la inminencia de un desastre, retumbó por toda la central. Esa voz, ese anuncio, se abrió paso por las vibraciones del aire, perforó su cráneo y sacudió su cerebro con la fuerza de un proyectil. Sin demora, corrió a las plataformas, directo a la número 55, abrió la escotilla y abordó su nave que la esperaba a punto para cualquier despegue.

Todavía aturdida, oía la sirena sonar en la cabina, aunque hacía rato que esta se había apagado. Las voces de su madre pidiendo que la ayudara con la mesa, los gritos de sus hermanos, su padre imponiendo orden, se mezclaban en su cabeza junto con la de su jefe que le ordenaba que abortara el despegue y regresara a la estación.

Golpeó con fuerza el panel de control. De la rabia, apretaba con fuerza los dientes. Al instante, se modificó la trayectoria, se abrieron algunos compartimentos y se rayó la pantalla. ¿Qué estaba haciendo? Iba a romper la nave. Los dientes le dolían, aflojó la mandíbula y reconfiguró la trayectoria.

Una luz roja en el panel de control parpadeaba incesantemente. En la pared, un sistema de video-llamadas había sido arrancado, los cables colgaban como tripas; los micrófonos habían sido inutilizados; la navegación automática, bloqueada y pasada al viejo sistema manual.

El tiempo la endiablaba. No importaba cuánto accionara los propulsores, la velocidad no era suficiente. No iba a llegar. Los minutos se estiraban… se aletargaban terriblemente, se le escurrían entre los dedos. Maldecía la ilusión que distorsionaba el tiempo y lo hacía avanzar más lento, como si los minutos mismos decidieran retrasarse y estirar unos dedos sierpes a la nave, que trataba de escaparse y no lo lograba, anclándola a su propia velocidad. Aún así, insistía en presionar botones, jalar palancas y producir de ese modo, un nuevo impulso que la llevara más rápido y más lejos.

A pesar de que la distancia con la Colonia se reducía, sentía que tras de sí iba dejándolo todo. Ese viaje no hacía más que imponer un olvido tajante. Así era como por última vez pensaba en las caminatas nocturnas bajo las lunas, en los sabores de helado que detestaba, en las tardes naranjas en casa de sus abuelos, en las peleas con sus hermanos, en sus primeras lecciones de vuelo en aeronave, en los años de academia, en sus deberes como piloto, en sus nuevos reclutas, en lo encerrada que había sido su vida en la colonia y lo feliz que se había sentido cuando la habían transferido a la Tierra…   

Aún en aquella lejanía, una onda que se expandió por la oscuridad del espacio alcanzó la nave y la hizo temblar.

La muchacha recibió la turbulencia petrificada frente a los controles. No se sentó ni se ajustó el cinturón de seguridad como habría hecho en cualquier otra situación, o como les enseñaba a sus reclutas que se debía hacer. Caían cosas de los estantes y rodaban por el suelo, pero para sus oídos, eran los cuadros de la casa de su infancia y los libros de hojas amarillas en la biblioteca de su pieza los que caían y se trisaban en sus pensamientos.

A esa altura del viaje, mientras duraba la sacudida que la onda expansiva había dejado, la Colonia ya habría sido consumida por el fuego incandescente del impacto y junto con ella, todos sus habitantes también.

La nave se estabilizó y ella cayó de rodillas en el suelo, con la mirada perdida. Entonces todo el sistema de navegación y las luces se apagaron, lo único que permaneció encendido fue la parpadeante lucecita roja en el panel de control. Alguien dijo, desde algún micrófono perdido en la estructura metálica, que se habían visto obligados a inutilizar los generadores del cohete y que este vagaría a la deriva en la espesura hasta que un transbordador especial la rescatara, de acuerdo a las coordenadas que se habían enviado automáticamente antes de la desconexión.

Ella veía caer las lágrimas en el reflejo de su casco. Cada gota que resbalaba por su cuello era una nueva resolución que la poseía. Arrancó con furia las mangueras de aire de su traje. La relatividad del tiempo ahora la favorecía y le otorgaba horas vacuas antes de que la vinieran a buscar. ¿Qué era de ella sin una Colonia de la cual huir?

Mientras tanto, le anunciaban que su licencia había sido removida y que no podría volver a ejercer como piloto hasta que se llevaran a cabo los procedimientos judiciales correspondientes. Después de eso, la voz calló y por fin, todo en la nave se silenció. 


Sept. 2015
R. M. L. Avena



Endless Love, de Two Mix

2 comentarios:

  1. Atrapante... pero descubrí algo mío!!!! je je con que usando mis ideas!!! Mami te las presta.

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    1. Jajaja gracias ma, aunque en realidad son ideas mías. Yo también leí en tus cosas ideas mias, pero sé que no las tomaste de mi. Creo que es más bien una coincidencia de contextos y vivencias compartidas.

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