-Disculpe, ¿Puede decirme como
hago para llegar a la Luna?
-¿A la Luna?
-Sí, señor, a la Luna.
-Eh... Veamos... Siga dos cuadras
más abajo, doble a la izquierda. Verá una farola con luz anaranjada al lado del
tronco de un árbol, frente a un café, habrá llegado cuando vea a la Luna justo
sobre la farola.
-Muchas gracias, caballero. -Con
una elegante reverencia, el hombre se saco el sombrero en señal de gratitud y
caminó hacia donde le habían indicado.
Era evidente que su respuesta
había sido una burla, pero el hombre vestido de frac no se había dado por
enterado, ¿A la Luna? Debía estar loco, nadie puede ir a la Luna, a menos que
fuese un lugar llamado La Luna del cual él no tuviese noticias, tal vez un restaurante
o un bar, a juzgar por la hora, pero le resultaba extraño, conocía la zona y
sabía que no había nada de eso allí.
Ojeó su reloj de pulsera, 11:57
pm. Avistó al hombre a dos cuadras doblando donde le había indicado. Sintió
curiosidad, apresuró el paso tras el hombre, preguntándose si lo perdería de
vista, si no era a él a quien le estaban haciendo una broma pesada… vaciló. ¿Le
estaba devolviendo la broma? No podía saberlo.
Al final, la curiosidad fue más
grande. Camino con prisa y en un ratito ya estaba doblando la esquina, un poco
ansioso, un poco receloso.
Y allí estaba el hombre, con su
elegante esmoquin azul, un sombrero de copa y el bastón tallado en la mano,
parado bajo la farola. Qué escena más extraña le resultaba. Lo veía cada tanto
mirar al cielo nocturno buscando la Luna, y otras tantas, mirar su reloj de
bolsillo.
¡El hombre realmente le había creído!
Se apoyó en una pared, medio oculto en las sombras, mirando a aquel personaje.
Se rió para sus adentros. Aquello le resultaba muy divertido.
Luego de media hora transcurrida,
ver a un hombre bien vestido esperando que ocurriera algo imposible comenzó a
perder su gracia. Bostezaba tan seguido que apenas podía mantener los ojos
abiertos para mirarlo, así que decidió irse de allí. Recordó de pronto cual era
su propósito antes de cruzarse con el del bastón, y este le provocó un
repentino nuevo interés.
Estaba huyendo silenciosamente por
una vereda cuando sucedió algo que lo dejó boquiabierto.
¡La Luna! ¿Será posible? La luz
de la Luna había inundado tan de golpe el lugar como si se tratase de un
reflector, de hecho, realmente creyó que eran las luces de un auto, así que
cuando se volvió a mirar casi tropezó con sus propios pies: Allí estaba, una
enorme Luna que parecía caer hacia la Tierra, justo sobre el lugar donde él
había dicho que estaría.
El vértigo que le dio verla solo
fue comparable con la incredulidad que le produjo lo que ocurrió a
continuación. Muy sonriente, el caballero guardó su reloj en el bolsillo y
comenzó a trepar por lo que parecía una soga muy gruesa, como las de las
embarcaciones, que colgaba de la supuesta Luna. Él caballero era muy ágil,
pocos minutos le bastaron para perderse en el brillo que lo cegaba.
Luego, la luz se fue disipando y el satélite de la Tierra
recupero su tamaño normal en el cielo. O eso le había parecido, en realidad, se
negaba a creer que aquello había ocurrido realmente. Parecía más una
alucinación, tal vez, todo eso lo había imaginado. Pero… ¿Dónde había ido a
parar aquel hombre tan extraño, entonces? Ya no se veía por ningún lado.
Frunció el ceño. Se arregló la manga de la camisa bajo el saco y maldijo por lo
bajo. No volvería a dar indicaciones a ningún loco en la calle otra vez.
Dio media vuelta, retomando sus obligaciones. ¿Qué cosa
importante había estado pensando antes de que todo ocurriera? Ah… ahora lo
recordaba, ¿Debía apostar en el juego de cartas de esa noche o comprar una
botella de buen vino? Encendió un cigarrillo y caminó en la oscuridad, con la
Luna siguiéndole detrás.
Enero.2016
R. M. L. Avena
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