sábado, 16 de enero de 2016

Direcciones a la Luna

-Disculpe, ¿Puede decirme como hago para llegar a la Luna?
-¿A la Luna?
-Sí, señor, a la Luna.
-Eh... Veamos... Siga dos cuadras más abajo, doble a la izquierda. Verá una farola con luz anaranjada al lado del tronco de un árbol, frente a un café, habrá llegado cuando vea a la Luna justo sobre la farola.
-Muchas gracias, caballero. -Con una elegante reverencia, el hombre se saco el sombrero en señal de gratitud y caminó hacia donde le habían indicado.
Era evidente que su respuesta había sido una burla, pero el hombre vestido de frac no se había dado por enterado, ¿A la Luna? Debía estar loco, nadie puede ir a la Luna, a menos que fuese un lugar llamado La Luna del cual él no tuviese noticias, tal vez un restaurante o un bar, a juzgar por la hora, pero le resultaba extraño, conocía la zona y sabía que no había nada de eso allí.
Ojeó su reloj de pulsera, 11:57 pm. Avistó al hombre a dos cuadras doblando donde le había indicado. Sintió curiosidad, apresuró el paso tras el hombre, preguntándose si lo perdería de vista, si no era a él a quien le estaban haciendo una broma pesada… vaciló. ¿Le estaba devolviendo la broma? No podía saberlo.
Al final, la curiosidad fue más grande. Camino con prisa y en un ratito ya estaba doblando la esquina, un poco ansioso, un poco receloso.
Y allí estaba el hombre, con su elegante esmoquin azul, un sombrero de copa y el bastón tallado en la mano, parado bajo la farola. Qué escena más extraña le resultaba. Lo veía cada tanto mirar al cielo nocturno buscando la Luna, y otras tantas, mirar su reloj de bolsillo.
¡El hombre realmente le había creído! Se apoyó en una pared, medio oculto en las sombras, mirando a aquel personaje. Se rió para sus adentros. Aquello le resultaba muy divertido.

Luego de media hora transcurrida, ver a un hombre bien vestido esperando que ocurriera algo imposible comenzó a perder su gracia. Bostezaba tan seguido que apenas podía mantener los ojos abiertos para mirarlo, así que decidió irse de allí. Recordó de pronto cual era su propósito antes de cruzarse con el del bastón, y este le provocó un repentino nuevo interés.
Estaba huyendo silenciosamente por una vereda cuando sucedió algo que lo dejó boquiabierto.
¡La Luna! ¿Será posible? La luz de la Luna había inundado tan de golpe el lugar como si se tratase de un reflector, de hecho, realmente creyó que eran las luces de un auto, así que cuando se volvió a mirar casi tropezó con sus propios pies: Allí estaba, una enorme Luna que parecía caer hacia la Tierra, justo sobre el lugar donde él había dicho que estaría.
El vértigo que le dio verla solo fue comparable con la incredulidad que le produjo lo que ocurrió a continuación. Muy sonriente, el caballero guardó su reloj en el bolsillo y comenzó a trepar por lo que parecía una soga muy gruesa, como las de las embarcaciones, que colgaba de la supuesta Luna. Él caballero era muy ágil, pocos minutos le bastaron para perderse en el brillo que lo cegaba.
Luego, la luz se fue disipando y el satélite de la Tierra recupero su tamaño normal en el cielo. O eso le había parecido, en realidad, se negaba a creer que aquello había ocurrido realmente. Parecía más una alucinación, tal vez, todo eso lo había imaginado. Pero… ¿Dónde había ido a parar aquel hombre tan extraño, entonces? Ya no se veía por ningún lado. Frunció el ceño. Se arregló la manga de la camisa bajo el saco y maldijo por lo bajo. No volvería a dar indicaciones a ningún loco en la calle otra vez.
Dio media vuelta, retomando sus obligaciones. ¿Qué cosa importante había estado pensando antes de que todo ocurriera? Ah… ahora lo recordaba, ¿Debía apostar en el juego de cartas de esa noche o comprar una botella de buen vino? Encendió un cigarrillo y caminó en la oscuridad, con la Luna siguiéndole detrás.


Enero.2016
R. M. L. Avena

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