Un crujido sonó al otro lado de la
ventana. El viento arreciaba y los árboles alrededor de la casa se zarandeaban
con tanta violencia que parecía que sus raíces no conseguirían aferrarse a la
tierra ni un segundo más. A causa de esto, una rama baja se golpeaba contra el
marco y los cristales; quizás ese crujido provenía de allí, porque daba la
sensación de que el viento solo buscaba arrancarla.
Mientras tanto, en el interior de la
pequeña habitación, levemente iluminada por unas candelas y un brasero, una
mujer tejía a dos agujas, arrodillada sobre sus piernas. Imperturbable, apenas
parecía notar el vendaval que anunciaba la tormenta que ya estaba encima de
ella…
Aquel crujido se coló por las hendijas
de la madera y la habitación entera se sacudió con el viento.
“Moroso anudado.
Inacabado.”
Susurró una tenue voz muy cerca de su
oído. La mujer siguió tejiendo como si no la hubiese escuchado, solo el ondular
de unos mechones de pelo negro que caían sobre su cara fueron el único indicio
de que algo había ocurrido, como si alguien los hubiese soplado.
La voz rozó su otra mejilla y como el
beso furtivo de un amante, otra vez susurró:
“Si el tiempo se
acaba,
mi ofrenda es dada.”
Los labios rojos de la mujer se abrieron
un poco, las manos enlazaban la lana con firmeza, pero su voz temblaba cuando
le contestó:
-Todavía no se ha cumplido el plazo, por
favor… tenga paciencia.
El terror daba vueltas en la pequeña
habitación, se posaba en cada esquina oscura, pero lo que más le gustaba era
envolver a la mujer y danzar en el aire que respiraba. Se acercaba mucho,
demasiado, cuando quería hablarle. Las cosas que el miedo decía, solo
pertenecían a sí mismo y a la mujer.
“El hijo perdido
la hundió en olvido.”
Luego de esas heladas palabras que se
escurrieron por la nuca de ella, la tempestad se fue de la habitación por donde
había llegado, llevándose consigo el candor de las velas y el crujido de la
habitación. Afuera, el viento por fin había amainado, dejando paso a una
apacible lluvia. Y en la habitación, la mujer, que seguía tejiendo, manchaba la
prenda con unas silenciosas lágrimas.
Los días se sucedían uno tras otro, la
mujer apenas abandonaba la piecita para cumplir con sus necesidades más
básicas. Su familia, que compartía la casa con ella, la cuidaba con devoción,
pero al igual que la gente del pueblo, estaban convencidos de que había
enloquecido, ya que cada día con sus noches, ella tejía fervorosamente esa colcha,
como si su vida se fuese en ello.
Aunque constantemente habían intentado
hacerla desistir de sus caprichos, nada de lo que dijeron hizo que la mujer
abandonara su faena, por lo que poco a poco, se cansaron de insistir, quedándose
la mujer, cada vez más sola.
En ocasiones, en su mutismo y reclusión
le llegaban algunos fragmentos de sonidos del exterior, las risas de los niños,
los pasos de sus padres o hermanos, los susurros… pero era como si formaran
parte de un mundo al que ella no podía pertenecer.
-Escuché a papá y a mamá que hace mucho
hubo alguien.
-Está ahí…
-…venía un niño, pero lo perdió y desde
entonces …está así.
-Shh… ¡Te va a oír!
-No pasa nada, es como si no escuchara.
Y ella realmente no escuchaba.
-¡Niñas! –Gritó de pronto, la madre -¡A destender
la ropa, se viene una tormenta!
Los pasos se alejaron a prisa, risueños,
y ella se estremeció.
De nuevo, el viento llegaba a la casa
más fuerte que de costumbre, queriendo arrancar los árboles y los techos; se
atosigaba el cielo con nubes y la oscuridad llegaba sin ocasos. Todo crujía,
pero más lo hacía su ventana, y ella, después de mucho tiempo, volvía a sentirse
acompañada.
“Nunca hubo tal amor.
Vuelca ese dolor.”
Unos dedos largos acariciaron la piel de
su rostro, lentamente recorrieron su perfil y se posaron en sus labios secos.
Luego, tomaron los mechones blancos de su pelo y los acomodaron detrás de su
oreja, con delicadeza.
“Hálito de vida,
alma hecha mía.”
La mujer revoleó con desesperación una
mano contra su cara, tratando de alejar la odiosa caricia que el terrible le
hacía, pero en lugar de apartarlo, chicoteó el aire y solo consiguió golpearse
a sí misma. Le daba asco sentir su aliento tan cera de su rostro.
-Nunca debí… nunca debí habértelo
pedido.
Aquella resolución que la había
mantenido tantos años aferrada a sus agujas, se desvanecía como los copos de
nieve frente al sol del invierno. Así derrotada, por primera vez en mucho
tiempo, hizo a un lado el tejido y se llevó las manos a la cara para sostener
sus lágrimas. El extraño serpenteaba a su alrededor, esa abnegación era la
ofrenda que había estado esperando por tan largos años.
-¡Lo lamento tanto, hijo! –Gritó la
mujer entre sollozos. Un sonido parecido a una tétrica risa se apropió de la
habitación, mientras tanto, afuera, la tormenta se lanzaba atropelladamente
contra la tierra. Podía sentirse como las personas correteaban alrededor de la
casa, tapando aberturas y protegiendo su hogar.
El insidioso no contenía su regocijo y,
siguiendo el ritmo del balanceo de la mujer, había comenzado a bailar en la
habitación.
“Mujer
despechada,
Visión nublada.
La dejó en
olvido
Su amor perdido.
Un niño se gesta
Ahogado en pena.
La vida de
ambos,
Se habría
quitado…”
Totalmente excitado con su llanto, el
obscuro se arremolinaba en cada recodo, inflaba su pecho hasta el cielo raso, o
se enredaba como un ovillo frente al rostro tapado. En aquel ambiente
enrarecido por su presencia, su felicidad era casi palpable.
“Yo, dios benévolo,
quité su dolor.
Ríndeme culto,
rendida al luto”
Entonces, el atroz se hizo madeja de
hilos negros frente a ella. El momento de la inmolación había llegado. Pero justo
cuando comenzaba el último dístico, la mujer extendió sus brazos a ambos lados con
presteza y golpeó sus palmas con demasiada rabia frente a su nariz.
¡PAF!
El golpe resonó muy fuerte en el silencio de
la habitación. No había llanto, las arrugas de la mujer estaban totalmente
secas. Al cabo de un rato, comenzaron a sentirse unos pasos que avanzaban con
prisa por el pasillo y se detenían frente a la habitación. La puerta se abrió y
un hombre apareció en el umbral.
-Mamá, ¿Está bien? –dijo. –Sentí un
golpe, ¿Qué pasó?
-No ha sido nada, hijo. Una mosca solamente.
Su hijo sonrío, aliviado.
-La estábamos esperando para cenar, ¿Ya
viene?
Ella asintió. Se asió de la mano que le
ofrecían y con mucha dificultad, se puso en pie. Sus piernas estaban
entumecidas, como si hubiese pasado años sentada sobre ellas. De ese modo,
salieron de la habitación hacia el comedor y mientras el hombre le daba la
espalda, la vieja refregó la palma de sus manó contra sus nalgas, limpiándoselas
con la tela de la falda.
FIN
5.Oct.2017
R. M. L. Avena
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