J. I. C.
En el canto de los
grillos; en el salto pausado de los sapos; en los charcos helados y en los
bichitos nocturnos que vuelan buscando luz, en ellos vivía el viejo. Vivía en
la noche misma del bosque. Un día, reposando tranquilamente en su hogar,
cantando entre dientes una serenata a la luna, el viejo del bosque vio llegar
hasta su nido, entre los huecos de los árboles caídos, un farol.
El farol se mecía
de un lado a otro en lo alto de un palo, que no era tan alto como él, y al
llegar a su lado le oyó decir:
-Estoy perdida,
¿Puede usted ayudarme a encontrar mi hogar?
El viejo se
sorprendió al escuchar hablar al farol, hipnotizado por la llama naranja que
chisporroteaba en su interior, replicó:
-Estoy viejo y
cansado. Vete a molestar a alguien más.
El farol se acercó
al viejo y lo iluminó, el viejo entrecerró los ojos con desagrado y gruñó.
El farol dijo:
-Usted no es viejo.
Si apenas me lleva unos años. Los viejos verdaderos tienen el pelo despintado y
la piel toda arrugada.
-Mi vida se cuenta
en lunas, farol. –le contestó el viejo.
El farol seguía
meciéndose con el ritmo de su respiración, con el viento a veces y con el
movimiento de sus pies otras.
El viejo rara vez
tenía compañías que no fueran las cigarras, las culebras o algún otro animal
que pasara por donde estuviera. Se sintió a gusto con aquella visita sin
embargo y la dejó estar un rato más a su lado.
-Tengo frío y
hambre, ¿Me lleva con mis padres? –el farol insistía. Su voz era suave y aguda,
al viejo le parecía que hacía ya mucho tiempo que no escuchaba nada similar,
tan placentero.
-¿No me tienes
miedo? –le preguntó.
-Yo a usted le
conozco aunque nunca lo viese antes. Usted es la noche del bosque y es la
oscuridad y es también quien cuida a los viajeros en ellas porque es la luna y
las estrellas además. Mi papá me ha hablado de usted desde pequeña.
El viejo no
esperaba semejante respuesta y si el farol hubiese estado más cerca, quien lo
sostenía habría notado que el pálido rostro del hombre se había teñido con un
tímido rubor.
El viejo se
levantó, era una cabeza más alto que el farol, dos más alto que sus pies.
-Sígueme –solo dijo, y lentamente se encaminó a través de todo el bosque en compañía del farol, que
ahora le caía bien. El farol no decía nada, pero la muchacha que lo sostenía,
muy contenta, tarareaba canciones desconocidas para el viejo.
Después de un paseo
largo entre la maleza, charcos u árboles de espeso follaje que no aceptaban a
la luna, el viejo le señaló al farol una resplandecencia a lo lejos. El farol
contento, le dio las gracias, le regaló un pañuelo bordado y corrió
zarandeándose hacia todos lados con alegría, hacia los faroles que colgaban en
las entradas de las casas.
El viejo la vio
saltar a los brazos de sus padres como hechizado, luego volteó y sin salir
nunca de su casa, caminó y caminó tarareando melodías nuevas a la luna.
R. M. L. Avena
Ene.2012
Ene.2012
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