La sirena comenzó a sonar.
El eco de una voz artificial de
mujer, que anunciaba la inminencia de un desastre, retumbó por toda la central.
Esa voz, ese anuncio, se abrió paso por las vibraciones del aire, perforó su
cráneo y sacudió su cerebro con la fuerza de un proyectil. Sin demora, corrió a
las plataformas, directo a la número 55, abrió la escotilla y abordó su nave
que la esperaba a punto para cualquier despegue.
Todavía aturdida, oía la sirena
sonar en la cabina, aunque hacía rato que esta se había apagado. Las voces de
su madre pidiendo que la ayudara con la mesa, los gritos de sus hermanos, su
padre imponiendo orden, se mezclaban en su cabeza junto con la de su jefe que
le ordenaba que abortara el despegue y regresara a la estación.
Golpeó con fuerza el panel de
control. De la rabia, apretaba con fuerza los dientes. Al instante, se modificó
la trayectoria, se abrieron algunos compartimentos y se rayó la pantalla. ¿Qué
estaba haciendo? Iba a romper la nave. Los dientes le dolían, aflojó la
mandíbula y reconfiguró la trayectoria.
Una luz roja en el panel de control
parpadeaba incesantemente. En la pared, un sistema de video-llamadas había sido
arrancado, los cables colgaban como tripas; los micrófonos habían sido
inutilizados; la navegación automática, bloqueada y pasada al viejo sistema
manual.
El tiempo la endiablaba. No importaba
cuánto accionara los propulsores, la velocidad no era suficiente. No iba a
llegar. Los minutos se estiraban… se aletargaban terriblemente, se le escurrían
entre los dedos. Maldecía la ilusión que distorsionaba el tiempo y lo hacía
avanzar más lento, como si los minutos mismos decidieran retrasarse y estirar
unos dedos sierpes a la nave, que trataba de escaparse y no lo lograba,
anclándola a su propia velocidad. Aún así, insistía en presionar botones, jalar
palancas y producir de ese modo, un nuevo impulso que la llevara más rápido y
más lejos.
A pesar de que la distancia con la
Colonia se reducía, sentía que tras de sí iba dejándolo todo. Ese viaje no
hacía más que imponer un olvido tajante. Así era como por última vez pensaba en
las caminatas nocturnas bajo las lunas, en los sabores de helado que detestaba,
en las tardes naranjas en casa de sus abuelos, en las peleas con sus hermanos, en
sus primeras lecciones de vuelo en aeronave, en los años de academia, en sus
deberes como piloto, en sus nuevos reclutas, en lo encerrada que había sido su
vida en la colonia y lo feliz que se había sentido cuando la habían transferido
a la Tierra…
Aún en aquella lejanía, una onda que
se expandió por la oscuridad del espacio alcanzó la nave y la hizo temblar.
La muchacha recibió la turbulencia
petrificada frente a los controles. No se sentó ni se ajustó el cinturón de
seguridad como habría hecho en cualquier otra situación, o como les enseñaba a
sus reclutas que se debía hacer. Caían cosas de los estantes y rodaban por el
suelo, pero para sus oídos, eran los cuadros de la casa de su infancia y los
libros de hojas amarillas en la biblioteca de su pieza los que caían y se trisaban
en sus pensamientos.
A esa altura del viaje, mientras
duraba la sacudida que la onda expansiva había dejado, la Colonia ya habría
sido consumida por el fuego incandescente del impacto y junto con ella, todos
sus habitantes también.
La nave se estabilizó y ella cayó de
rodillas en el suelo, con la mirada perdida. Entonces todo el sistema de
navegación y las luces se apagaron, lo único que permaneció encendido fue la
parpadeante lucecita roja en el panel de control. Alguien dijo, desde algún
micrófono perdido en la estructura metálica, que se habían visto obligados a
inutilizar los generadores del cohete y que este vagaría a la deriva en la
espesura hasta que un transbordador especial la rescatara, de acuerdo a las
coordenadas que se habían enviado automáticamente antes de la desconexión.
Ella veía caer las lágrimas en el
reflejo de su casco. Cada gota que resbalaba por su cuello era una nueva
resolución que la poseía. Arrancó con furia las mangueras de aire de su traje.
La relatividad del tiempo ahora la favorecía y le otorgaba horas vacuas antes
de que la vinieran a buscar. ¿Qué era de ella sin una Colonia de la cual huir?
Mientras tanto, le anunciaban que su licencia
había sido removida y que no podría volver a ejercer como piloto hasta que se
llevaran a cabo los procedimientos judiciales correspondientes. Después de eso,
la voz calló y por fin, todo en la nave se silenció.
Sept. 2015
R. M. L. Avena
Endless Love, de Two Mix
Atrapante... pero descubrí algo mío!!!! je je con que usando mis ideas!!! Mami te las presta.
ResponderEliminarJajaja gracias ma, aunque en realidad son ideas mías. Yo también leí en tus cosas ideas mias, pero sé que no las tomaste de mi. Creo que es más bien una coincidencia de contextos y vivencias compartidas.
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