jueves, 10 de noviembre de 2016

9/ Nov/ 2016 - Lluvia de primavera

Cuento 5 -"Lluvia de primavera"


Ya había pasado una hora casi, desde que el silencio había germinado como una niebla entre ambos. Las esféricas gotas de lluvia seguían la cartografía de las hojas y caían a la tierra desde acá, desde allá, desde sus pestañas incluso. El brujo, que caminaba alrededor de los pinos mirando los dibujos de la corteza como si en ellos pudiese leer la historia pasada o el porvenir –ella creía que de hecho, sí podía hacerlo –, se sentó también en las raíces del cedro, cerca suyo.

-¿Qué pasa?

-Nada –Su cara volteó hacia el lado contrario. No entendía por qué él no podía comprenderla, tal vez, porque venían de distintos mundos, o mejor dicho, de distintas formas de pensar ese mismo mundo. Estaba segura de que ya le había dicho lo que la tenía mal, así que no quería tener que estar explicándoselo a cada rato.

-Mirá…

Ella no le prestó atención, ya se imaginaba que haría algún truco mágico para hacerla olvidar, pero no quería olvidar. Lo que sea que le dijera, no haría pasar su tormenta.

Algunos pájaros empezaban a cantar en la lejanía, a la altura de las nubes, sumergidos en las copas de los frondosos árboles. Los rayos del sol, solo algunos, atravesaban el bosque por donde veían la oportunidad y exponían a la vista las diminutas partículas de polvo. Luego de la lluvia, todo el bosque olía mejor.

-Dale, miráme…

Está bien. Tampoco le gustaba resistirse demasiado a él, así que lo miró como le pedía. Hubo un momento en el que el tiempo no avanzó, en el que se miraron mutuamente, ella pensando constantemente. Esperaba oír de nuevo el pedido de que le contara lo que le pasaba, pero no podía saber cómo iba a tratar de convencerla para que se lo dijera esta vez, y también, se debatía si se lo diría, si valía la pena seguir enojada, triste, nublada, borascosa. Luego, él no dijo nada, pero ¡Nada! Y sonrió, con esa sonrisa que se cuela entre la frondosidad del alma algunas veces, y expone a la luz las partículas de uno mismo. Así, arreboló las cumulo nimbus frente a él y ella en respuesta -qué difícil era resistirse- sonrío también.

-¿Ves? Así me gusta que sea. –Le dijo, descaradamente.

Y ella contestó: “¡Qué molesto sos!”, con ceño fingido, porque ya no podía seguir enojada como recién. Una vez más, ella se descuidaba y el brujo, como buen brujo, soltaba su magia.


R. M. L. Avena

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N. de la A.: Léase mientras se escucha a Cecile Corbel. No pude decidirme por ninguna canción, así que lo dejo a su criterio.

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