jueves, 30 de marzo de 2017

30/Mar/2017 - Desde el suelo

   Cuento 10: Desde el suelo


  -¿Qué estás haciendo? –dijo la mujer, mirándolo enojada. Se la veía tan amenazadora que el chico no se atrevió a seguir rasguñándose el brazo. -¡Echa leña al fuego! –ordenó despiadadamente, quizás así se le quitaba las ganas de hacer tonterías.

   El chico hizo caso de mala gana, ya que no podía negarse. Se miró el brazo donde se había estado arañando, la piel estaba enrojecida y le ardía, pero el tatuaje estaba intacto. Fue a buscar leños afuera de la cabaña, arrastrando los pies. No le gustaba caminar, por eso casi nunca caminaba si podía evitarlo, pero la vieja había atado muy bien sus cadenas y no sabía cómo romperlas.

    -¡Haz bien tu trabajo! –Gritó desde adentro la voz enfurecida de la mujer. –¡Y ni se te ocurra hacer algo para escapar! ¡No vas a llegar muy lejos con esos tatuajes!

   El muchacho estaba enrabiado, pero la vieja tenía razón y eso era lo que más le molestaba. Miró el cielo ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Semanas? ¿Un mes? Extrañaba mucho mojarse con las gotas de las nubes o dormir la siesta desde la copa de algún árbol muy alto y frondoso. ¿A sus compañeros? A ellos no los extrañaba mucho, siempre había sido bastante solitario.

   Luego de dar la vuelta a la cabaña, se dirigió al tacho donde arrojaban los leños recién cortados, pero no había ninguno, “Vieja bruja,” pensó el chico, “ya sabías que no había nada”. Siguió arrastrándose hasta un pequeño cobertizo donde guardaban las herramientas, buscó un hacha pequeña y caminó a duras penas hacia el bosque.

   La mujer siempre lo castigaba haciéndole buscar la leña porque sabía que él odiaba el trabajo duro. En realidad, lo odiaba porque nunca lo había necesitado para vivir, vivía como los pájaros, haciéndose nidos en los árboles y comiendo los frutos que ellos daban, así que su contextura era pequeña y delgada, no apta para esas labores, pero la vieja era bastante egoísta, como cualquier humano, y si podía ahorrarse el trabajo, se lo ahorraba.

   El muchacho llegó hasta una zona donde los árboles caídos formaban un claro, busco todas las ramas pequeñas y las apiló, pero cuando se acabaron, no le quedó otra que tratar de hachar un tronco más grande. Tal hazaña le costaba horrores y le tomaba siempre toda una tarde hacerlo, porque no tenía mucha fuerza. Sin embargo, en todo ese tiempo la mujer nunca iba a controlar si se había escapado, parecía que confiaba mucho en sus artes, aunque él tampoco había intentado escapar en realidad, le daba un poco de miedo que la vieja se enterara y tomara represalias, pero cada vez tenía más ganas de hacerlo, y algún día, quizás, lo hacía.

   En eso ocupaba sus pensamientos cuando fue interrumpido:

   -¡Hey! –gritó alguien desde arriba. -¿Qué estás haciendo?

   El muchacho miró hacia donde venía la voz y vio a una chica de más o menos su edad deslizándose por las ramas de un árbol con la gracia de un felino. Sintió un poco de envidia, ella podía, pensó, él también quería eso. -¡Oh, no! –Gritó la chica cuando estuvo cerca de él. -¿Qué tienen tus alas? ¡Están muy descuidadas! ¿Y qué son estas cosas? -Dijo, refiriéndose a todos los tatuajes que le rodeaban las piernas, los brazos y la base de las alas.

   Las alas de la chica se desplegaban y se cerraban cada vez que lanzaba exclamaciones de asombro.

   -No es nada, unas marcas que me hice. –dijo indiferente. No quería su lástima, no tenía por qué decirle a qué se debían. Ella podía ir por el cielo, saltar de rama en rama, y él tenía que soportar a la vieja que lo amarraba al suelo como si fuese un vulgar humano.

   -Déjame ayudarte, acá tengo algo para las plumas, esto las va a limpiar un poco. –Sacó un frasco con un bálsamo de una bolsa que colgaba de sus caderas.

   -¡No me toques! –gritó enojado, aunque no era enojo en realidad, sino frustración. Ella se apartó un poco asustada, mirándolo con lástima, justo lo que él no quería que hiciera. Sintió más rabia por eso, pero entonces se le ocurrió algo y esta se le pasó. –Bueno… sí hay algo con lo que podrías ayudarme. –le dijo, timidamente.

   -¿Qué es?

   -Tengo que llevar estos leños a una cabaña de por aquí, pero estoy muy débil y enfermo y no puedo cargarlos a todos, ¿Podrías ayudarme a llevarlos? Así me ahorraría de hacer dos viajes, y podría descansar mejor mis alas.

   -¡Claro! –dijo ella, muy contenta de poder serle útil de alguna forma, e hizo una pila de troncos y la levantó; el chico recogió lo que quedaba y se dirigieron hacia la cabaña. Durante el trayecto, la chica se contuvo de preguntar para qué quería los leños o cuál era esa enfermedad que le impedía extender las alas, ya lo había hecho enojar bastante y ella solo tenía buenas intenciones.

   Por suerte, la cabaña no estaba muy lejos. Cuando llegaron, la chica se posó en un pino lejós de aquella y miró todo lo que la rodeaba con sumo cuidado, nunca había estado tan cerca de un nido de humanos. El chico notó la cautela con la que ella se movía, la misma que a él le había faltado tiempo atrás, y pensó que sería divertido asustarla un poco, así que la instó a avanzar.

   -No pasa nada, la mujer que vive aquí me da frutos rojos a cambio de leña. Es buena persona.

   -¿Seguro?

   -Sí –dijo él con una firmeza y una sonrisa de lo más falsa. Ella no se dio cuenta de que mentía, bajó del árbol y dejó los troncos junto a los suyos.

   -¡Volví! –Gritó el chico –¡Traje lo que me pedía, salga por favor!

   La puerta de la cabaña se abrió de golpe y la vieja salió cojeando echa una furia, creía que le había enseñado al muchacho a no andar haciendo barullo fuera de su casa, pero cuando vió que el chico no estaba solo, una siniestra sonrisa se le dibujó en su rostro.

   No les dio tiempo de reaccionar. La bruja corrió hacia la chica mientras recitaba unas palabras en otra lengua, formando una ventisca que la arremolinaba frente a ella, impidiéndole escapar. La muchacha, totalmente asustada, aleteaba frenéticamente y extendía los brazos hacia el chico, que también miraba aterrado lo que estaba pasando y en el frenesí, había caído al suelo.

   -¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! –gritaba entrecortadamente.

   El muchacho solo miraba con profundo horror como se repetía su desgracia. Se había sentido incapaz de moverse hasta que notó que sus tatuajes se desteñían un poco, mientras que la chica iba marcándose con unos exactamente igual. Parecía que la magia de la bruja no era tan poderosa como ella creía, pensó, esta era su oportunidad. No quiso desperdiciarla, solo tenía que alejarse lo suficiente para que el alcance de su magia ya no lo afectara. Salió corriendo hacia el bosque antes de desplegar sus enormes alas con gran regocijo. Ni siquiera se volteó a mirar a la chica. Era un pequeño sacrificio, ella a cambio de mi, pensó, la bruja iba a estar contenta, él libre, y la chica… bueno, se acostumbraría, como debió acostumbrarse él.

   Sintió el viento, las gotas de las nubes, el vértigo de la altura, todas las sensaciones que tanto añoraba lo invadieron en un segundo, pero también, en un segundo se desvanecieron. Comenzó a perder altura, no entendía que pasaba, miró hacia atrás y vio que iba dejando un rastro. ¡Sus alas se estaban desplumando completamente! La impresión fue tan grande que se desmayó mientras caía en picada entre unos pinos.

   Despertó una cuantas horas más tarde, ya era pasada la media noche, tardó un rato en acostumbrarse a la luz de una farola que lo alumbraba. La chica que había querido ayudarlo más temprano, la sostenía cerca de su cara y lo miraba inexpresiva.

   -Te dije que no ibas a llegar muy lejos si escapabas –dijo la vieja socarronamente. Lo agarró del talón y se lo llevó arrastrando hasta la cabaña. Atrás los seguía la chica con la farola, solo desde el suelo él pudo ver que del rostro sin expresión de ella caían gruesas lágrimas, iguales a las suyas.

Marzo.2017
R. M. L. Avena

1 comentario:

  1. Es un estilo muy interesante, parecido a J. K. Rowling. Genera intriga y ganas de seguir leyendo. Me gusta!!!!

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