Cuento 9 -"Albor"
Las noches nunca habían sido tan claras como esa noche.
Las noches nunca habían sido tan claras como esa noche.
Pero
no era la luna “como un farol” de los poetas, ni las estrellas que escapaban a
la contaminación lo que la provocaban. Eran aquellas enormes esferas que
crecían como pústulas en el firmamento. Al principio, la gente había creído que
las estrellas “se veían más brillantes esa noche” y más de una se había dejado
encandilar por las palabras tan bien pronunciadas que venían a continuación,
aún sabiéndolas irresponsables. Pero con el pasar de los días, estas
luminiscencias habían ido creciendo hasta un punto alarmante en el que era
imposible seguir confundiéndolas con estrellas. Fue entonces cuando llegó la
alerta a las ciudades y consumió a sus habitantes en una histeria colectiva.
Sin
embargo, en ese pueblito donde las primicias llegaban con demora y si alguien
se interesaba en ellas era por casualidad, la intranquilidad era tan sosegada
que la gente había terminado por aceptar los bólidos como un mero detalle en el
paisaje. Por eso, esa noche no era más que otra noche de verano, aunque en
pleno julio.
Mariano
prácticamente había huido de casa de sus padres con el pequeño Julián. Claro
que su hermana, totalmente resignada a sus caprichos, no hubiese puesto
resistencia si simplemente le hubiese dicho que se lo llevaba al campo, pero
avisar le quitaba la gracia a un buen rapto.
Caminaron
entre las plantaciones de manzanos un buen trecho. Cada tanto, Mariano cortaba
pequeñas manzanitas verdes que brotaban de los árboles trastornados que los
jornaleros se empeñaban en seguir cuidando –a pesar de ser una cosecha perdida-
y las arrojaba lo más lejos que podía, al otro lado del vallado; por su parte,
Julián había encontrado una rama y la asestaba contra todos los yuyos altos que
se le cruzaban.
-Es
la primera vez que salgo a esta hora –decía emocionado. -¿Dónde vamos?
-Voy
a mostrarte el amanecer.
-Ahh…
–Eso no era algo que entusiasmara mucho a un niño de 8 años, pero la idea de salir
tan tarde de la casa y sin permiso de su madre era suficiente para mantenerlo
caminando como un perrito faldero tras su tío.
Cuando
llegaron a una zona donde las plantaciones se habían terminado y se extendía,
frente a ellos, un descampado desde el que podía divisarse el horizonte sin
ninguna hilera de álamos que se interpusiera, Mariano detuvo la marcha y se
sentó en una champa de chipica. Con un gesto de la mano, le indicó a Julián que
hiciera lo propio a su lado.
-¿Qué
son? –Le dijo Julián, cuando se cansó del silencio.
-Quién
sabe.
-La
seño dice que son otros soles que Dios mandó porque con uno solo no era
suficiente.
Mariano
soltó una risita burlona, pero respondió –No sé, quizá tu seño tenga razón.
El
calor era agobiante, por la cara de los dos muchachos habían comenzado a caer
gotas de sudor que se evaporaban antes de tocar la tierra seca.
-¿Qué
hacías cuando tenías mi edad? –parecía que Julián no soportaba mucho tiempo
callado.
-Nos
íbamos al río y nos tirábamos desde el puente. Era genial para los días
calurosos como el de hoy.
-¡Podríamos
hacer eso mañana! ¿Creés que mi mamá me deje? Le voy a preguntar. Si no, vos
podés convencerla, nunca te dice nada.
-Hey,
hey, hey, bajá un cambio, no vamos a poder ir mañana.
-¿Por
qué no? –dijo, haciendo pucheros. –¿Te volvés a la ciudad?
Mariano
lo miró un momento y se lo pensó mejor. –No, ya no voy a volver. Bueno, está
bien, mañana vamos.
-¿Por
qué no vas a volver? ¿Ya terminaste de estudiar?
-No…
pero me hubiera gustado terminar de estudiar. –Y antes de que Julián pudiese
volver a preguntar, señaló el horizonte y distrajo su atención. -¡Mirá! Está amaneciendo.
Ahora
sí, Julían dejó que se hiciera el silencio. Algo parecía salir por el
horizonte, pero era difícil verlo, la luz de las pústulas cegaban su vista, se
restregó el brazo por la cara, como si eso pudiese hacer que su visión mejorara; Mariano pasó el suyo por la frente, el calor había
comenzado a quemar la punta de los yuyos, le dijo algo a Julián, pero no se
escuchó. Un destello verde se vislumbró durante un segundo en el horizonte y
amaneció.
Los
días nunca habían sido tan oscuros como lo fue aquel.
R.
M. L. Avena
Marzo.2017
"Chepica". Búscalo. Me lo enseñó tu padrino. Me cuentas la última oración????
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