viernes, 3 de marzo de 2017

Sputnik

Cumplidas dos hora del despegue, un estimativo 22 de febrero de 1965, Alexei K. controlaba que todo el sistema operara acorde al plan de los ingenieros. No había nada de qué preocuparse, él tenía todo bajo control. De ese modo se limitaba a responder en las escuetas interacciones con la base, ya que se le exigía dar prioridad a los informes sobre su salud y el mantenimiento del transbordador durante el periodo de comunicación radial. Cubrir él solo esas obligaciones de incisivo chequeo, que hubieran correspondido a dos personas, quedó bajo su entera responsabilidad luego de que la cosmonauta que debiera acompañarlo fuera removida de la misión a último momento, a causa de una súbita enfermedad, sin dar tiempo a los científicos de buscarle un sustituto.

Gradualmente, el transbordador había dejado la blancura de la Tierra y había comenzado a penetrar en una inmensa extrañeza enajenadora. Las agujas, como siempre, marcaban los números esperados. La oscuridad adquiría un nuevo significado en la inmensidad del espacio exterior, como si la Tierra fuera ajena al universo circundante y la que en ella se manifestara fuera en realidad, una especie de terror infantil. El cosmonauta miraba por el ojo de buey como el planeta se alejaba y recordaba las palabras de Gagarin, la vista era hermosa, en efecto, pero lo que podía ver en torno al planeta, no tenía nombre.

12 horas transcurrieron con él respetando una impecable rutina, sin ningún desperfecto apreciable. Los físicos, ingenieros y el mismo Alexei K. estaban orgullosos del desempeño de la Voskhod; todo marcha a buen puerto, pensaba extasiado, los vientos imaginarios del espacio les eran favorables. Gracias a esa tranquilidad que le traía el cumplimiento adecuado de su deber, la certeza del éxito y la soledad del viaje, pasaba cada nueva hora divagando sobre aspectos filosóficos de su vida o del género humano. Y así, su primer “día” en órbita concluyó y satisfecho, se fue a dormir.

Si bien era difícil inducirse el sueño al no haber cambios de iluminación, el entrenamiento especial en los simuladores de la Tierra lo habían preparado para esta nueva situación y luego de unos momentos, estaba sumido en el mundo onírico.

TONC.

Alexei despertó bruscamente. La chapa de metal había transmitido claramente el sonido de un golpe en la escotilla. Se dirigió al sitio para hacer los escrutinios correspondientes dentro de la cabina, sin embargo, no encontró nada fuera de lugar y puesto que, pasado unos minutos, el eco del ruido empezó a perder fuerza en su cabeza, se fue a dormir preguntándose si no lo habría soñado. Al despertar, desestimó el suceso y no se molestó en informarlo a la base.

Pero ocurrió que, cumplidas las 37 horas del lanzamiento, cuando estaba nuevamente por dormirse, el ruido metálico volvió a repetirse en el mismo lugar.

Esta vez, azorado, convencido de que no había imaginado ni soñado aquel ruido, revisó todo el armatoste con la mayor escrupulosidad, pero aún sin encontrar la causa. Lo único que le quedaba por considerar era que el golpe hubiese venido de afuera. Seguramente, algún resto de los cohetes auxiliares se había quedado adherido a la cobertura en el momento del desprendimiento, o tal vez, en esos momentos se encontraba atravesando una ruta de asteroides y alguno pequeño había golpeado el lado derecho de la nave. Se convenció de los hechos y dado que no tenía como constatarlos, trató de descansar un rato más antes de que lo contactaran de la Tierra.

Pero ya no hubo forma de que pudiera dormir.

TONC TONC TONC, resonaba insistentemente en la escotilla. El ruido se repitió en una serie de cuatro intervalos de 15 minutos cada uno y era tan parecido al que hacían las visitas en la puerta de su casa en la Tierra, que empezó a sospechar que el efecto anecoico de la nave lo estaba perturbando. Afortunadamente, tras la cuarta repetición, los golpeteos se cortaron tan bruscamente como habían empezado y Alexei pudo dormir en paz.

Despertó un par de horas después con el pitido de la radio y la titilante luz roja en el panel. Maldijo entre dientes y corrió a contactarse con la agencia espacial. No sabía desde cuando habían estado tratando de comunicarse con él. Lo primero que hizo fue notificarlos sobre los extraños ruidos que había estado sintiendo, con la esperanza de que desde la base pudieran brindarle alguna explicación, pero todo lo que le dijeron fue que la Voskhod no mostraba ninguna anomalía. Le hicieron algunas preguntas sobre las características del ruido y otras cosas más y le pidieron que conservara la calma, llevaba muchas horas en la soledad e ingravidez y lo más probable era que se tratara de un pico de estrés.

Él también lo creyó así, ya que el sonido no había vuelto a oírse. ¿Y si realmente había sido un producto de su mente cansada? Su examen físico y el rendimiento de su cuerpo a las exposiciones adversas habían sido tan favorables que le extrañaba estar sufriendo tan pronto los trastornos espaciales, como si fuera un novicio. Se volvió a su asiento y se ajustó los cintos de seguridad, se propuso continuar el viaje practicando algunas técnicas de relajación.

Justo en el momento en que expiraba, exhalaba y trataba de dejar su mente en blanco, la titilante luz roja y el pitido volvieron a producirse en el panel, y el cosmonauta se desabrochó los cinturones y saltó de su asiento casi al instante. Era la base otra vez, llamándolo para avisarle que habían encontrado un desperfecto, pensó. Pero cuando activó la comunicación, apenas pudo escuchar lo que le decían a causa de una inusual interferencia.

No era la base: podía oír la voz ahogada de una mujer dando algunas indicaciones.

-¿Hola? Hay demasiada interferencia –Él le decía.

-Tod- ba-…La velocidad-…sup-.. –respondía la mujer.

Se oía bastante mal, y no parecía que ella lo escuchara en realidad.

-¿Puede repetir? –Le decía una y otra vez, pero la mujer continuaba dando detalles del estado del transbordador que apenas se escuchaban. Finalmente, la comunicación se cortó y Alexei quedó con los auriculares en la mano, sin entender que había ocurrido.

Trató de continuar con lo que había estado haciendo antes de ser interrumpido, pero esa no fue la última vez que la inusual sintonización se produjo. Durante las siguientes 7 horas, la inexplicable llamada vino a reemplazar el molesto ruido metálico. Alexei no podía discernir cuándo se trataba de la base y cuando de la mujer, lo que lo ponía cada vez más nervioso. De nada le servía pedir ayuda a los científicos, que aseguraban con firmeza que sus registros radiofónicos no habían captado nada de lo que él afirmaba escuchar. ¿Estaba enloqueciendo? No, los sistemas de grabación que habían instalado no debían de estar funcionando bien, tenía que recordar notificar eso en la próxima comunicación con la agencia.

De pronto, en algunas llamadas de la mujer, a veces la interferencia menguaba y era capaz de entender claramente frases cortas que ella repetía con asiduidad. Algunas sin mucho sentido como “Hace demasiado calor” “Algo se mueve” “No está funcionando”, y otras preocupantes como “Misión Voskhod” “Aquí Duscha ¿Me oyen? …” “Aborten la misión”, que lo conmocionaban.

¿Había oído bien? Él sabía quién era la mujer. Duscha era la compañera que debía acompañarlo en el viaje. ¿Duscha era? Tal vez se equivocaba, no estaba seguro, ¿era Duscha realmente? Quizá la mente le jugaba una mala pasada y en realidad se llamaba Dasha o Dascha. Pero no era eso lo que más lo angustiaba, sino que ella decía estar ahí, en la Voskhod que él mismo abordaba. ¿O era otra Voskhod? Eso no era posible. Esas conjeturas solo lograban dejarlo más intranquilo. ¿Y por qué quería que abortaran la misión?

Tantas preguntas sin respuestas lo estaban extenuando. De repente, ya no estaba seguro de nada y se preguntaba si ese no era algún otro efecto no registrado del síndrome de adaptación ¿O era un principio de ebullición?.... Probablemente no, pero revisó su traje por la dudas.

Cumplidas las 98 horas del lanzamiento, el transbordador había alcanzado el punto culmine del viaje y comenzaba a dar la vuelta hacia la base terrestre. El cosmonauta ya no sabía qué más hacer para mantener el estrés a raya. Ahora, su mente imaginaba que algo provocaba ruidos en el módulo de instrumentos y servicios, los objetos parecían moverse solos, e incluso en la propia cabina las cosas se caían sin motivo. Alexei se esforzaba por ignorar todas aquellas cosas, atribuyéndolas al excesivo cansancio, ya que le costaba mucho conciliar el sueño a causa de la aberrante oscuridad, aún cuando en un inicio ese no había sido un problema. El cambio de ciclo lo estaban desgastando, pensaba. Pero la verdad era que cada vez que lograba dormirse, era atormentado por terribles pesadillas donde Duscha aparecía en la cabina rogándole por ayuda y antes de que él pudiera hacer algo, esta moría por la descompresión, entonces él despertaba ardiendo en fiebre y ya no podía volver a dormir.

Eventualmente, dejó de responder a la luz roja y pitidos de la radio, perdiendo  el contacto con la agencia espacial. Estaba completamente aterrado, creyéndose gravemente enfermo, apenas podía discernir la vigilia del sueño y sus pesadillas habían comenzado a producirse a cualquier hora: en un rincón de la cabina, la figura de una mujer se manifestaba como una sombra y caminaba hacía el panel de control, él solo podía gritarle desde un rincón opuesto que lo dejara solo.

Finalmente, la Voskhod aterrizó en la estación terrestre luego de 196 horas de viaje. En la agencia espacial, todo el personal la esperaba expectante. La muerte del cosmonauta era algo que no podían permitirse, atentaba contra futuros proyectos. Para evitar la prensa indeseada en el momento de abrir el transbordador, emitieron un comunicado anunciando que la Voskhod había formado parte de una misión no tripulada a la que llamaron Kosmos 57, y que lamentablemente, había padecido un desperfecto y se había destruido mientras orbitaba el planeta. Nadie volvió a mencionar a Alexei K., pero no faltaba quién se preguntara que había sido de él y qué hallarían en el interior de la nave al abrir la escotilla.

Por fin, la chapa de metal corroída un poco por la atmósfera, cayó y dejó ver a los científicos, el interior del transbordador. Era un desastre. Todos los objetos estaban desparramados, algunos cables habían sido arrancados, todo estaba muy maltratado, como si en su interior se hubiese librado una batalla, y en una esquina, acurrucado en posición fetal, el cosmonauta dado por muerto.

El hecho provocó que la gente corra de un lado a otro por la estación, pidiendo médicos, haciendo llamadas, constatando registros, todos estaban sorprendidos, ya que cuando se había cortado la comunicación, las esperanzas de hallarlo con vida habían dado de bruces contra el suelo.

Lograron sacarlo con dificultad de la cápsula, ya que no quería salir, lo único que hacía cuando le hablaban era preguntar por Duscha.

-Duscha Duscha –decía y lanzaba un borbotón de murmullos inentendibles.

Un joven pasante que había tenido la fortuna de asistir la llegada de la Voskhod, pasó justo por su lado cuando lo llevaban para asistirlo y lo escuchó mencionar a la mujer.

-¿La señorita Duscha V. era su compañera, verdad? Usted estaba en la misión cuando la velaron. Lo siento mucho.

Alexei K. ni siquiera lo escucho, siguió mirando al frente inmutable y murmurando quién sabe qué cosas onerosas sobre una tal Duscha en una oscuridad aberrante.


R. M. L. Avena

2.Marzo.2017

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