Cumplidas
dos hora del despegue, un estimativo 22 de febrero de 1965, Alexei K.
controlaba que todo el sistema operara acorde al plan de los ingenieros. No
había nada de qué preocuparse, él tenía todo bajo control. De ese modo se
limitaba a responder en las escuetas interacciones con la base, ya que se le
exigía dar prioridad a los informes sobre su salud y el mantenimiento del transbordador
durante el periodo de comunicación radial. Cubrir él solo esas obligaciones de
incisivo chequeo, que hubieran correspondido a dos personas, quedó bajo su
entera responsabilidad luego de que la cosmonauta que debiera acompañarlo fuera
removida de la misión a último momento, a causa de una súbita enfermedad, sin
dar tiempo a los científicos de buscarle un sustituto.
Gradualmente,
el transbordador había dejado la blancura de la Tierra y había comenzado a
penetrar en una inmensa extrañeza enajenadora. Las agujas, como siempre, marcaban
los números esperados. La oscuridad adquiría un nuevo significado en la
inmensidad del espacio exterior, como si la Tierra fuera ajena al universo
circundante y la que en ella se manifestara fuera en realidad, una especie de terror
infantil. El cosmonauta miraba por el ojo de buey como el planeta se alejaba y
recordaba las palabras de Gagarin, la vista era hermosa, en efecto, pero lo que
podía ver en torno al planeta, no tenía nombre.
12
horas transcurrieron con él respetando una impecable rutina, sin ningún
desperfecto apreciable. Los físicos, ingenieros y el mismo Alexei K. estaban
orgullosos del desempeño de la Voskhod; todo marcha a buen puerto, pensaba
extasiado, los vientos imaginarios del espacio les eran favorables. Gracias a
esa tranquilidad que le traía el cumplimiento adecuado de su deber, la certeza
del éxito y la soledad del viaje, pasaba cada nueva hora divagando sobre
aspectos filosóficos de su vida o del género humano. Y así, su primer “día” en
órbita concluyó y satisfecho, se fue a dormir.
Si
bien era difícil inducirse el sueño al no haber cambios de iluminación, el
entrenamiento especial en los simuladores de la Tierra lo habían preparado para
esta nueva situación y luego de unos momentos, estaba sumido en el mundo
onírico.
TONC.
Alexei
despertó bruscamente. La chapa de metal había transmitido claramente el sonido
de un golpe en la escotilla. Se dirigió al sitio para hacer los escrutinios
correspondientes dentro de la cabina, sin embargo, no encontró nada fuera de
lugar y puesto que, pasado unos minutos, el eco del ruido empezó a perder
fuerza en su cabeza, se fue a dormir preguntándose si no lo habría soñado. Al despertar,
desestimó el suceso y no se molestó en informarlo a la base.
Pero
ocurrió que, cumplidas las 37 horas del lanzamiento, cuando estaba nuevamente
por dormirse, el ruido metálico volvió a repetirse en el mismo lugar.
Esta
vez, azorado, convencido de que no había imaginado ni soñado aquel ruido,
revisó todo el armatoste con la mayor escrupulosidad, pero aún sin encontrar la
causa. Lo único que le quedaba por considerar era que el golpe hubiese venido
de afuera. Seguramente, algún resto de los cohetes auxiliares se había quedado
adherido a la cobertura en el momento del desprendimiento, o tal vez, en esos
momentos se encontraba atravesando una ruta de asteroides y alguno pequeño
había golpeado el lado derecho de la nave. Se convenció de los hechos y dado
que no tenía como constatarlos, trató de descansar un rato más antes de que lo
contactaran de la Tierra.
Pero
ya no hubo forma de que pudiera dormir.
TONC
TONC TONC, resonaba insistentemente en la escotilla. El ruido se repitió en una
serie de cuatro intervalos de 15 minutos cada uno y era tan parecido al que
hacían las visitas en la puerta de su casa en la Tierra, que empezó a sospechar
que el efecto anecoico de la nave lo estaba perturbando. Afortunadamente, tras
la cuarta repetición, los golpeteos se cortaron tan bruscamente como habían
empezado y Alexei pudo dormir en paz.
Despertó
un par de horas después con el pitido de la radio y la titilante luz roja en el
panel. Maldijo entre dientes y corrió a contactarse con la agencia espacial. No
sabía desde cuando habían estado tratando de comunicarse con él. Lo primero que
hizo fue notificarlos sobre los extraños ruidos que había estado sintiendo, con
la esperanza de que desde la base pudieran brindarle alguna explicación, pero
todo lo que le dijeron fue que la Voskhod no mostraba ninguna anomalía. Le
hicieron algunas preguntas sobre las características del ruido y otras cosas
más y le pidieron que conservara la calma, llevaba muchas horas en la soledad e
ingravidez y lo más probable era que se tratara de un pico de estrés.
Él
también lo creyó así, ya que el sonido no había vuelto a oírse. ¿Y si realmente
había sido un producto de su mente cansada? Su examen físico y el rendimiento
de su cuerpo a las exposiciones adversas habían sido tan favorables que le
extrañaba estar sufriendo tan pronto los trastornos espaciales, como si fuera
un novicio. Se volvió a su asiento y se ajustó los cintos de seguridad, se
propuso continuar el viaje practicando algunas técnicas de relajación.
Justo
en el momento en que expiraba, exhalaba y trataba de dejar su mente en blanco,
la titilante luz roja y el pitido volvieron a producirse en el panel, y el cosmonauta
se desabrochó los cinturones y saltó de su asiento casi al instante. Era la
base otra vez, llamándolo para avisarle que habían encontrado un desperfecto,
pensó. Pero cuando activó la comunicación, apenas pudo escuchar lo que le
decían a causa de una inusual interferencia.
No
era la base: podía oír la voz ahogada de una mujer dando algunas indicaciones.
-¿Hola?
Hay demasiada interferencia –Él le decía.
-Tod-
ba-…La velocidad-…sup-.. –respondía la mujer.
Se
oía bastante mal, y no parecía que ella lo escuchara en realidad.
-¿Puede
repetir? –Le decía una y otra vez, pero la mujer continuaba dando detalles del
estado del transbordador que apenas se escuchaban. Finalmente, la comunicación
se cortó y Alexei quedó con los auriculares en la mano, sin entender que había
ocurrido.
Trató
de continuar con lo que había estado haciendo antes de ser interrumpido, pero esa
no fue la última vez que la inusual sintonización se produjo. Durante las
siguientes 7 horas, la inexplicable llamada vino a reemplazar el molesto ruido
metálico. Alexei no podía discernir cuándo se trataba de la base y cuando de la
mujer, lo que lo ponía cada vez más nervioso. De nada le servía pedir ayuda a
los científicos, que aseguraban con firmeza que sus registros radiofónicos no
habían captado nada de lo que él afirmaba escuchar. ¿Estaba enloqueciendo? No,
los sistemas de grabación que habían instalado no debían de estar funcionando
bien, tenía que recordar notificar eso en la próxima comunicación con la
agencia.
De
pronto, en algunas llamadas de la mujer, a veces la interferencia menguaba y era
capaz de entender claramente frases cortas que ella repetía con asiduidad. Algunas
sin mucho sentido como “Hace demasiado calor” “Algo se mueve” “No está
funcionando”, y otras preocupantes como “Misión Voskhod” “Aquí Duscha ¿Me oyen?
…” “Aborten la misión”, que lo conmocionaban.
¿Había
oído bien? Él sabía quién era la
mujer. Duscha era la compañera que debía acompañarlo en el viaje. ¿Duscha era?
Tal vez se equivocaba, no estaba seguro, ¿era Duscha realmente? Quizá la mente
le jugaba una mala pasada y en realidad se llamaba Dasha o Dascha. Pero no era
eso lo que más lo angustiaba, sino que ella decía estar ahí, en la Voskhod que
él mismo abordaba. ¿O era otra Voskhod? Eso no era posible. Esas conjeturas
solo lograban dejarlo más intranquilo. ¿Y por qué quería que abortaran la
misión?
Tantas
preguntas sin respuestas lo estaban extenuando. De repente, ya no estaba seguro
de nada y se preguntaba si ese no era algún otro efecto no registrado del
síndrome de adaptación ¿O era un principio de ebullición?.... Probablemente no,
pero revisó su traje por la dudas.
Cumplidas
las 98 horas del lanzamiento, el transbordador había alcanzado el punto culmine
del viaje y comenzaba a dar la vuelta hacia la base terrestre. El cosmonauta ya
no sabía qué más hacer para mantener el estrés a raya. Ahora, su mente
imaginaba que algo provocaba ruidos en el módulo de instrumentos y servicios,
los objetos parecían moverse solos, e incluso en la propia cabina las cosas se
caían sin motivo. Alexei se esforzaba por ignorar todas aquellas cosas,
atribuyéndolas al excesivo cansancio, ya que le costaba mucho conciliar el
sueño a causa de la aberrante oscuridad, aún cuando en un inicio ese no había
sido un problema. El cambio de ciclo lo estaban desgastando, pensaba. Pero la
verdad era que cada vez que lograba dormirse, era atormentado por terribles
pesadillas donde Duscha aparecía en la cabina rogándole por ayuda y antes de
que él pudiera hacer algo, esta moría por la descompresión, entonces él
despertaba ardiendo en fiebre y ya no podía volver a dormir.
Eventualmente,
dejó de responder a la luz roja y pitidos de la radio, perdiendo el contacto con la agencia espacial. Estaba
completamente aterrado, creyéndose gravemente enfermo, apenas podía discernir
la vigilia del sueño y sus pesadillas habían comenzado a producirse a cualquier
hora: en un rincón de la cabina, la figura de una mujer se manifestaba como una
sombra y caminaba hacía el panel de control, él solo podía gritarle desde un
rincón opuesto que lo dejara solo.
Finalmente,
la Voskhod aterrizó en la estación terrestre luego de 196 horas de viaje. En
la agencia espacial, todo el personal la esperaba expectante. La muerte del cosmonauta
era algo que no podían permitirse, atentaba contra futuros proyectos. Para
evitar la prensa indeseada en el momento de abrir el transbordador, emitieron
un comunicado anunciando que la Voskhod había formado parte de una misión no
tripulada a la que llamaron Kosmos 57, y que lamentablemente, había padecido un
desperfecto y se había destruido mientras orbitaba el planeta. Nadie volvió a
mencionar a Alexei K., pero no faltaba quién se preguntara que había sido de él
y qué hallarían en el interior de la nave al abrir la escotilla.
Por
fin, la chapa de metal corroída un poco por la atmósfera, cayó y dejó ver a los
científicos, el interior del transbordador. Era un desastre. Todos los objetos
estaban desparramados, algunos cables habían sido arrancados, todo estaba muy
maltratado, como si en su interior se hubiese librado una batalla, y en una
esquina, acurrucado en posición fetal, el cosmonauta dado por muerto.
El
hecho provocó que la gente corra de un lado a otro por la estación, pidiendo
médicos, haciendo llamadas, constatando registros, todos estaban sorprendidos,
ya que cuando se había cortado la comunicación, las esperanzas de hallarlo con
vida habían dado de bruces contra el suelo.
Lograron
sacarlo con dificultad de la cápsula, ya que no quería salir, lo único que
hacía cuando le hablaban era preguntar por Duscha.
-Duscha
Duscha –decía y lanzaba un borbotón de murmullos inentendibles.
Un
joven pasante que había tenido la fortuna de asistir la llegada de la Voskhod,
pasó justo por su lado cuando lo llevaban para asistirlo y lo escuchó mencionar
a la mujer.
-¿La
señorita Duscha V. era su compañera, verdad? Usted estaba en la misión cuando
la velaron. Lo siento mucho.
Alexei
K. ni siquiera lo escucho, siguió mirando al frente inmutable y murmurando
quién sabe qué cosas onerosas sobre una tal Duscha en una oscuridad aberrante.
R. M. L. Avena
2.Marzo.2017
Interesante. Me gusta.
ResponderEliminar