sábado, 5 de noviembre de 2016

5/ Nov/ 2016 -No fue fácil elegir vivir

Hoy mi única restricción es no escribir poco, lo único que quiero es alcanzar a un público especial.


Cuento 2: "No fue fácil elegir vivir"

Para Vir.
Para Fer.

   Cuando aún era joven y todavía no pensaba que haría con mi vida en el futuro, por un lado porque parecía que nunca me alcanzaría y por el otro, porque tampoco importaba lo que quisiera hacer, ya que todo sería posible de lograr; solía sentir que era feliz cuando enterraba los pies en la arena caliente de la playa o cuando me tiraba en el pasto del parque y me encandilaba con el sol. Pero no sé en qué momento, aquello que fue tan propio de mí, se volvió una ilusión infantil y yo dejé de encontrar momentos que me hiciesen sentir de esa manera. Tal vez, pienso, todo comenzó esa vez que fui con Carla al cine…

   Carla era mi mejor amiga durante mi época de secundaría. Recuerdo que ese día era comienzos de primavera y queríamos hacer algo como festejo por el día del estudiante. Yo había salido tarde de mi casa pero todavía podía llegar a tiempo a nuestro punto de reunión. Si corría, podía tratar de alcanzar el micro. A ninguna de las dos nos gustaba entrar después de que hubiesen empezado los trailers, pero no pude evitarlo, por algún motivo, el calor quizá, me había sentido cansada todo el día y mis piernas y brazos no me querían acompañar en el apuro. Como resultado, caí y perdí el micro. Llegué una hora más tarde de lo acordado. Carla se preocupó por mis rodillas raspadas, pero estaba notablemente molesta, la cola en el cine era impresionante y ni con la mejor de las voluntades íbamos a alcanzar nuestra función. Ese día discutimos bastante y nos volvimos temprano a nuestras casas, sintiéndonos cada una un poco culpables por la situación.

   Quizá, si las cosas hubiesen sido de otra manera, habríamos podido seguir siendo amigas, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, yo sentía menos deseos de salir de mi casa y ella poco a poco, había empezado a hacer cosas por su cuenta. Por si fuera poco, con el ingreso a la universidad, las posibilidades de vernos también se habían reducido. Una vez, el mismo día que me quedé totalmente ciega del ojo derecho, me había pedido que nos juntáramos a hablar sobre nuestras diferencias. La discusión fue larga y no llegamos a nada, ese fue el último día que la vi.

   Después de eso, todo se fue sucediendo rápidamente. La primera vez que me internaron estaba bastante asustada, aunque no había querido confesárselo a mi mamá. Me hacía la superada y solo me quejaba de la horrible comida del hospital. Ya ni siquiera me acordaba de mi amiga… excepto esas veces, cuando algunas noches me invadía una angustia incontrolable y pensaba que sería lindo poder llamarla y conversar tranquilas sobre nuestras vidas, como si nada hubiese pasado.

   Así fue como llegó un punto en mi vida en que estudiar se volvió difícil, así como la convivencia en mi casa. Mis papás y mi hermano debían estar pendientes de mí y eso me hacía sentir una carga, pero tampoco veía una solución a este sentimiento. Ahora, en mi agenda no había bailes, citas o salidas como en la de cualquier otra chica, sino que guardaba lugar solo para el psicólogo, la neuróloga y el fisioterapeuta.

   Me estanqué con mi carrera, dejé de ver a mis amigos, me sentía frustrada todo el tiempo. Los días en que veía sinfines de posibilidades en mi futuro, habían quedado muy lejos ya. Mis papás se preocuparon por mí y, por recomendación de mi psicólogo, me llevaron a la playa de vacaciones. Hacía mucho tiempo que no íbamos, tuve que comprarme una maya nueva incluso, pero por primera vez en mucho tiempo, estaba algo entusiasmada.

   Hay quienes dicen que el mar puede curar heridas, que así como alisa la superficie de las piedras, puede hacerlo con las cuitas de las personas. Cuando accedí a ir, nunca imaginé que justo allí, al otro lado del país y tan lejos de mi hogar, cuando mis papás me dejaron sola en la playa por unos momentos, me encontraría de nuevo con Carla.

   Al principio fue un poco incomodo, pero ella se sentó a mi lado y antes de que me diera cuenta, charlábamos de nuestras vidas como si nuestra amistad acabara de empezar. Atardecía y la marea nos mojaba los dedos de los pies. Había llegado un punto en la conversación en el que podíamos reírnos de las locuras de secundaria, entonces, sin previo aviso, comencé a llorar desconsoladamente.

   Carla se quedó de piedra, sin saber qué hacer. Algunas personas pasaban por la orilla y le preguntaban si estaba bien, y yo solo hipaba sin parar. Al final, ya que no podía responderle, me abrazó largo rato hasta que me calmé. Después de eso, me vino al pecho un sentimiento de alivio muy grande, suspiré y me reí de mi misma; Carla, que se había asustado, no me hizo ninguna pregunta y siguió como si nada hubiese pasado.

   Después de que nos despedimos llegaron mis papas. Por suerte, no se dieron cuenta de lo que había pasado, creyeron que mis ojos colorados se debían a la sal del mar y al sol que había tomado. Me pasaron una latita de gaseosa que habían comprado y me dijeron que era hora de irnos. “Ya voy” dije, y enterré los pies en la arena, que esta vez no estaba caliente, sino fresca y acendradora, igual que el mar.


R. M. L. Avena

2 comentarios:

  1. Tenés una manera muy dulce de narrar. Me encanta el tempo de tus narraciones y la armonía. Muy bonito, Ro.

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