Cuento 5 -"Lluvia de primavera"
Ya había
pasado una hora casi, desde que el silencio había germinado como una niebla
entre ambos. Las esféricas gotas de lluvia seguían la cartografía de las hojas
y caían a la tierra desde acá, desde allá, desde sus pestañas incluso. El
brujo, que caminaba alrededor de los pinos mirando los dibujos de la corteza
como si en ellos pudiese leer la historia pasada o el porvenir –ella creía que
de hecho, sí podía hacerlo –, se sentó también en las raíces del cedro, cerca
suyo.
-¿Qué pasa?
-Nada –Su cara
volteó hacia el lado contrario. No entendía por qué él no podía comprenderla,
tal vez, porque venían de distintos mundos, o mejor dicho, de distintas formas
de pensar ese mismo mundo. Estaba segura de que ya le había dicho lo que la
tenía mal, así que no quería tener que estar explicándoselo a cada rato.
-Mirá…
Ella no le
prestó atención, ya se imaginaba que haría algún truco mágico para hacerla
olvidar, pero no quería olvidar. Lo que sea que le dijera, no haría pasar su
tormenta.
Algunos pájaros
empezaban a cantar en la lejanía, a la altura de las nubes, sumergidos en las
copas de los frondosos árboles. Los rayos del sol, solo algunos, atravesaban el
bosque por donde veían la oportunidad y exponían a la vista las diminutas
partículas de polvo. Luego de la lluvia, todo el bosque olía mejor.
-Dale, miráme…
Está bien.
Tampoco le gustaba resistirse demasiado a él, así que lo miró como le pedía.
Hubo un momento en el que el tiempo no avanzó, en el que se miraron mutuamente,
ella pensando constantemente. Esperaba oír de nuevo el pedido de que le contara
lo que le pasaba, pero no podía saber cómo iba a tratar de convencerla para que
se lo dijera esta vez, y también, se debatía si se lo diría, si valía la pena
seguir enojada, triste, nublada, borascosa. Luego, él no dijo nada, pero ¡Nada!
Y sonrió, con esa sonrisa que se cuela entre la frondosidad del alma algunas
veces, y expone a la luz las partículas de uno mismo. Así, arreboló las cumulo nimbus frente a él y ella en
respuesta -qué difícil era resistirse- sonrío también.
-¿Ves? Así me
gusta que sea. –Le dijo, descaradamente.
Y ella
contestó: “¡Qué molesto sos!”, con ceño fingido, porque ya no podía seguir
enojada como recién. Una vez más, ella se descuidaba y el brujo, como buen
brujo, soltaba su magia.
R. M. L. Avena
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N. de la A.: Léase mientras se escucha a Cecile Corbel. No pude decidirme por ninguna canción, así que lo dejo a su criterio.
A ese brujo lo conozco. Es muy lindo.
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